miércoles, 6 de mayo de 2020

Crónicas mundanas de la COVID-19 (D53)


Han pasado unos días desde que empezamos tímidamente a movernos en un entorno casi desconocido. Lo es por varias razones. Porque no sabemos a ciencia cierta el alcance de la situación actual y esto hace que la incertidumbre supere a las ansias que tenemos de hacer una cierta vida normal.


Porque eso de salir a determinadas horas y hacer lo que casi todo el mundo hace, con la pasión que se ha despertados por las actividades físicas, que no era yo consciente del elevado número de profesionales de los muy diversos deportes que existen, es un tanto artificiosa y cuesta. No lo hacíamos antes, así que esta nueva rutina puede suponer una mejora considerable en la calidad de vida de quienes ya eran sedentarios reconocidos y recalcitrantes, de aquellos a los que la actividad física era algo así como mentar al diablo.

Porque no nos acostumbramos a las mascarillas y guantes. Que sigue siendo difícil fumar con ella puesta, por lo que he visto a los que de este vicio padecen. Que es complicado habar porque se te traba la lengua en su rozamiento. Que es verdad que se empañan las gafas, los que las llevamos. Que es verdad que acabaremos acostumbrándonos porque a todo nos acostumbramos, y esto es de lo malo, muy poco.

Porque nos cuesta mantener la distancia, a todos los niveles. He visto grupetas de ciclistas seguidas de gregarios marchosos asociados a maratonianos y andantes de no sé qué. También es verdad que ha sido en el menor de los casos y que, aunque con dificultad, se tiende hacia ese mantenimiento de distancia social y vital que nos recomiendan.

Porque eso de pedir cita hasta para la ferretería, que tremenda demanda parece existir, o los talleres de bicis, eso sí que no me lo esperaba, estaba bien para las peluquerías, que parece ser que era de lo más exigido, curiosa relación entre el pelo y la salud mental y física.

Porque pasamos delante de los bares, restaurantes, terrazas, sitios de copeo y similares y al verlos cerrados parece que todavía tenemos más ganas de entrar a tomarnos algo, aunque fuéramos usuarios poco habituales, ¿cómo? Perdón que esto es casi como la gente de misa diaria.

Porque salir para hacer la compra es casi lo único que todavía, hoy en día, hacemos con total sensación de estar bien hecho.

Porque el trabajar en casa, para los que podemos, se ha impuesto como una forma un tanto adictiva y que hay que racionalizar. Claro, podemos decir que con casi dos meses ya deberíamos haber aprendido. Pero digo que no, que cuesta más que ese tiempo el hacerte a entornos que no eran, hasta el momento propios. Es como cuando empiezas un nuevo trabajo, los tres meses de prueba y adaptación no te los quita nadie. Todavía nos falta uno. Creo que pasado ese tiempo sí que podremos decir que ¡ya no volvemos más a la oficina!

Porque sigue siendo muy difícil no abrazar, no besar, no acercarse, no tocarse, no hablar, no sentir la proximidad.

Estamos en ello.

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