miércoles, 27 de mayo de 2020

(D74) Hasta aquí hemos llegado...

... aunque no quiere decir que esto se haya acabado.

Poco a poco vuelve el agua a su cauce. Es cierto que las riadas han sido tan intensas que el devenir del curso ha generado meandros dónde no existían, atajos donde antes había trochas imposibles de sortear e incremento de caudal en ocasiones imposible de controlar.

Pero ya se sabe que el agua es vida.

Muchos dirán que hemos asistido a una tormenta de verano y que las riadas ocasionadas no son más que un ejemplo de lo terribles que son las construcciones y lo mal cuidadas que están las canalizaciones. Tal vez otros hablen acerca del uso inadecuado que hacemos de los cursos naturales y que nuestra tendencia "humana" a ocuparlo todo no es más que un uso absurdo de lo que en realidad no nos pertenece.

Muchos empezarán a pensar que hay que rehacer las aceras, limpiar las calles, poner muros más altos, aislarnos de los agentes y, si es posible, rezar para que llueva cuando la sequía es persistente y rezar, de nuevo, para que pare cuando la lluvia nos ahoga.

Espero que muchos otros, entre los que me encuentro, empecemos a ver la situación de una forma diferente. Nos gusta el río lleno de agua, de vida. Nos gusta ver como fluye libre e incluso algo descontrolado, pero dentro de su cauce natural. Nos gusta que vuelva la vida alrededor de ese espacio perdido, nos gusta que se naturalice lo que se había convertido en un sinsentido.

Poco a poco vuelve a fluir el tráfico, las ciudades se pueblan de gente, la velocidad empieza a dejarse sentir en el espacio-tiempo de esta nueva adecuación a la todavía inexistente "normalidad". No me gusta esta palabra, la temo. Creo que va a ser usada para no aprender, para no querer darse cuenta que hemos degustado esa sabrosa y cautivadora sensación de que las cosas pueden ser de otra manera. 

Hay que ajustar algunas cosas, por ejemplo, esa salida descontrolada de grandes volúmenes de agua inundando el campo en el que se cultivaban los empleos. Ahora reconvertido en una plantación de ERTES, esa fruta que no conocíamos y que ahora tenemos que comer a diario.

Por el contrario, en otros espacios poco explorados o que estaban dejados a la voluntad de lo que no se sabe, como son los campos donde crece el conocimiento, se ha visto que, si llega un poco de esa agua altamente encauzada y prohibida para estos pensiles, florecen con una fuerza extraordinaria, en forma de vergel primigenio, lo que nos tiene que dar de comer en un futuro, hoy presente.

Yo he decidido que hasta aquí llego en esta serie de quehaceres y requiebros que casi a diario he compartido. Me he tomado unos días de descanso para reflexionar y me ha brotado esta fuente metafórica. El agua es buena, la he probado y me gusta, estaba harto de tanta agua embotellada, pero no sé cuánto tardará en embarrarse, me gustaría que llegara lejos, muy lejos y que... el río nos lleve.


jueves, 21 de mayo de 2020

Crónicas mundanas de la desescalada (D68)

Un nuevo sentimiento empieza a apoderarse de mí en forma de un implícito desasosiego consecuencia del paso de los días. Es la emergencia de un querer y no querer, es la aceptación de la desaceleración para volver al no sé qué, es la incertidumbre de si me gustaría volver a la situación anterior o no y, al mismo tiempo, todo lo contrario.

A punto de cumplirse 10 semanas en las que, a marchas forzadas, hemos adaptado nuestro "modus operandi" a nuestro "modus vivendi", y tras pasar por las diversas etapas que, en general, todos hemos sufrido, estamos a punto de entrar en la aceptación de que esto, de una forma u otra se acaba y toca volver a asumir el quehacer anterior.

Pues, de lo que estoy seguro es de que no quiero volver a una modelo tan similar al anterior, sobre todo ahora que he degustado de las mieles de la tranquilidad del desempeño, mucho mejor que trabajo, casero.

Si desempeño es "el ejercicio de las obligaciones inherentes a una profesión, cargo u oficio", yo diría que lo he cumplido sustancialmente bien. Pero claro, esta es una percepción personal y tendrán que ser mis empleadores quienes, a posteriori, lo determinen en función de los resultados. 

Sin embargo, lo que se dice trabajar (del latín vulgar "tripaliâre" que es torturar) como efecto de estar ocupado en una actividad física o intelectual, ha sido más difícil de determinar si he cumplido con los estándares anteriores, especialmente si lo que determina esa ocupación es una relación directa con el tiempo utilizado.

No sé, en definitiva, si he trabajado más o menos, ya que ha habido días en los que he estado muy, pero que muy ocupado (especialmente en el momento álgido de las reuniones virtuales y su urgencia como única alternativa) y otros en que el nivel de ocupación ha sido menor.

Pero sí que creo que he desempeñado mi oficio de una forma mucho más efectiva y diría que satisfactoria. No he estado condicionado por un espacio, ni por un tiempo, más allá de los compromisos para coincidir con una, dos o cientos de personas. He visto que hay momentos del día en el que, si no te apetece trabajar, no pasa nada, porque habrá otro momento en el que tu desempeño te permitirá, como dice la RAE en otra de sus acepciones para esta palabra: "recuperar lo depositado en garantía de un préstamo (tiempo), saldando la deuda acordada (obligación)". Claro, a cambio de dinero.

Cierto que no todo el mundo tendrá la posibilidad de hacer esta reflexión, porque su trabajo implica un desempeño diferente, que es físico y está condicionado a un entorno diferente al obligado, o sencillamente porque no quiere y prefiere lo anterior, pero me parece que ha llegado el momento de que sea mucho más importante la calidad, el comportamiento y cómo incide en los resultados, que en la acepción latina del término "tripaliâre".




lunes, 18 de mayo de 2020

Crónicas mundanas de la Covid-19 (D65)

James Rhodes habla del valor de la lentitud: "Qué oportunidad tan profunda nos brinda este momento. No quiero volver a la normalidad. Quiero comenzar de nuevo, haciendo menos, mejor."

Estoy de acuerdo con él. Si algo he ido descubriendo es que me gusta hacer las cosas con un punto de calma que antes no tenía, o no podía, o no quería o simplemente no me cuestionaba. Aunque a decir verdad siempre decía que tenía que hacerlo, y sólo en aquellas cosas que me procuraban un disfrute extraordinario lo aplicaba.

Ahora es así con todo.

He empezado a darme cuenta que no por hacer más es siempre mejor, de hecho, creo que he entrado en el bucle en el que me cuestiono continuamente qué quiere decir “más”, siempre más. Más de todo, más de nada.

Y sin embargo aparecen unos “mases” olvidados que nos ayudan, como dedicar más tiempo a las cosas importantes e incrementar el grado de calidad. No quiero hablar de lo concreto, ya que la concreción es tan particular y privada que cada quien ha de decidir dónde quiera aplicarla, pero en la abstracción sí que creo que debe existir coincidencia.

No necesito ir más rápido para llegar al sitio que quiero llegar, me basta con llegar y disfrutar un poco más del entorno.

Coincido en que, nos habíamos vuelto tan adictos a la velocidad, a la maximización, al hecho de ser más productivos, más activos, más, más, más… que no nos dábamos cuenta de la dificultad que tiene hacer las cosas con una cierta lentitud. Básicamente porque te eleva el nivel de exigencia a un estado del que nos habíamos olvidado. Es como si nos hubiéramos vuelto ebanistas del tiempo.

Hoy tal vez hago menos, pero creo que lo hago mucho mejor y por lo tanto no necesito hacer más, porque lo que he hecho dura más. No estoy hablando estrictamente de cosas físicas, también lo aplico a aquellas que tienen un fuerte impacto intelectual, esencial, creativo, afectivo, emocional y claro, personal.

Me va a costar tanto, tanto, volver a la vorágine, si es que volvemos a ella, que creo que ya he decidido que no quiero volver. Esta decisión va a traer consecuencias, lo sé y soy consciente, pero es que lo he madurado lentamente, he tenido más de dos meses para pensarlo.


miércoles, 13 de mayo de 2020

Crónicas mundanas de la Covid-19 (D60)

¿Quién nos iba a decir hace dos meses que llegados a este punto estaríamos en la situación en la que nos encontramos? Desde luego que yo no. Y he de decir que los gurús y visionarios la han cagado totalmente. No hay mayor imprevisibilidad que la que procede de la incertidumbre y el desconocimiento.

No voy a entrar a valorar la cagada más gorda, porque ha habido muchas, algunas tremendamente dolorosas y terribles, que no deben ser olvidadas y que será necesario que las recordemos en un próximo evento, llámese elecciones, cuando pensemos y reflexionemos sobre el sentido que le damos al voto y lo que implica la representación que se otorga. Yo lo dejo ahí y que cada cual saque sus conclusiones. 

Pasados dos meses, sí dos meses, desde que iniciamos esta etapa de una impuesta reclusión variable, progresiva e incierta, han cambiado algunas cosas. A mí me interesan aquellas que afectan a lo cercano, a lo próximo, a lo de cada día, a lo mundano. Y es así porque son las que con más fuerza sentimos, bien a través de su disfrute, bien a través del padecimiento de su ausencia.

Hay algunas pequeñas cosas que se han relevado de una importancia gigantesca, como los roces, los abrazos, el contacto diario y la necesidad de vivir con y entre personas, que, aunque ni siquiera conozcas, curiosamente echas en falta. Aunque he de decir que se ha producido una mejora considerable al haber podido prescindir, casi en su totalidad, de aquellas que generaban un efecto tóxico en nuestro alrededor. Las auténticas perduran y, de hecho, han incrementado su autenticidad en este periodo, lo que se agradece, porque uno quiere estar rodeado de personas de verdad, no de imposturas.

Hay algunas grandes cosas que eran muy importantes y que, aunque tenemos la sensación que lo siguen siendo, tal vez haya que reconsiderar la importancia que ejercían en nuestra vida. Para los que podemos, la forma de trabajar y la importancia que tiene más allá del sustento económica que afecta a nuestra capacidad vital. Para los que no han podido se ha iniciado un proceso de angustia y reflexión, que nos llevará a, ¿dónde? no lo sé todavía, pero es un camino que habrá que recorrer juntos, evitando que los atajos y los caminos alternativos nos lleven al precipicio

Y hay muchas medianas cosas que están en el limbo, a la espera de recolocar en la escala de importancia que tenían y tendrán. Cada uno tendrá las suyas, posiblemente haya quien las suba de escala y quien las baje. Habrá quien piense en la estupidez que ha cometido durante años asumiendo valor y haciendo cosas intrascendentes. Habrá quien considere que no dar importancia a cosas medianas es consecuencia de que nos hemos vuelto tan exigentes que no somos capaces de disfrutarlas en lo que realmente valen.

Sean las que sean, se coloquen donde se coloquen y se les reasigne el valor o la importancia que cada uno crea adecuado, sólo espero que nadie piense que las suyas son las "más importantes", pequeñas, grandes o medianas, y que caiga en la absurda estupidez que nos ha llevado como humanos a este estado deplorable en el que nos encontramos. Aunque no es ninguna novedad, ya que creo que llevamos muchos años así, consecuencia del modelo de organización que nos hemos impuesto.

Y esto es así porque "siempre e invariablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo". Primera Ley Fundamental de la Estupidez Humana.

Esta entrada es un guiño para mis colegas del Fòrum del Talent. 

domingo, 10 de mayo de 2020

Crónicas mundanas de la Covid-19 (D57)

Tocamos con los dedos de una mano, y nos sobran, los dos meses del inicio de este periodo excepcional que nos está tocando vivir. ¿Quién nos lo hubiera dicho?

Mañana, algunos de nosotros, en nuestro caso así será, entramos en esta fase extraña de un poco más, pero ni mucho menos. Se abre un horizonte plagado de incertidumbre, tanto en aquellos que nos podemos asomar un tanto más allá, como en todos aquellos que todavía deben quedarse un paso atrás.

Nunca más que hoy es posible que esa sea una de las cosas más complejas, el seguir siendo conscientes de la necesidad de mantener una disciplina que nos obliga a doblegarnos a una realidad que no nos gusta. Pero que sigue existiendo y que está aquí.

Nos enfrentamos a unos momentos complejos e impredecibles, tanto como que ahora las ocho de la noche tienen un sentido muy diferente al de hace un par de semanas. Se siguen oyendo algunas actividades de resistencia, pero lo que sobre todo se hace es salir, salir a pasear, a correr, a ver, a impregnarnos de sociedad, a sentir y ser sentidos, a oler.

Porque es verdad que la ciudad se siente diferente. Ya no hay gente esquiva y que aparta huraña la mirada, ahora nos buscamos y nos saludamos hasta con cierto cariño, aunque no sepas quienes son. Es el placer de reencontrar cosas que se añoraban.

Me parece que las personas se han, nos hemos, vuelto más cálidas, como si se hubiera producido una vuelta a la humanización de ciertas conductas que se habían perdido. El saludo no forzado, la distancia no impostada, el interés no disimulado, el querer hacer sin trasfondo.

Mañana no sé con qué voy a encontrarme. Tengo previsto volver, puntualmente, a mi centro de trabajo habitual dos meses atrás. Me voy a reencontrar con personas a las que sólo he visto a través de una pantalla, tal vez incluso más de los que solía hacerlo cuando compartíamos espacio. Vamos a celebrar varias reuniones, porque, además de necesarias, que lo son, nos apetece vernos, aunque sea a dos metros de distancia y acorazados, sanitariamente hablando, pero desnudos de sentimientos sociales. Ya que nos enfrentaremos, por vez primera, a lo que seguramente será una constante en los próximos meses.


miércoles, 6 de mayo de 2020

Crónicas mundanas de la COVID-19 (D53)


Han pasado unos días desde que empezamos tímidamente a movernos en un entorno casi desconocido. Lo es por varias razones. Porque no sabemos a ciencia cierta el alcance de la situación actual y esto hace que la incertidumbre supere a las ansias que tenemos de hacer una cierta vida normal.


Porque eso de salir a determinadas horas y hacer lo que casi todo el mundo hace, con la pasión que se ha despertados por las actividades físicas, que no era yo consciente del elevado número de profesionales de los muy diversos deportes que existen, es un tanto artificiosa y cuesta. No lo hacíamos antes, así que esta nueva rutina puede suponer una mejora considerable en la calidad de vida de quienes ya eran sedentarios reconocidos y recalcitrantes, de aquellos a los que la actividad física era algo así como mentar al diablo.

Porque no nos acostumbramos a las mascarillas y guantes. Que sigue siendo difícil fumar con ella puesta, por lo que he visto a los que de este vicio padecen. Que es complicado habar porque se te traba la lengua en su rozamiento. Que es verdad que se empañan las gafas, los que las llevamos. Que es verdad que acabaremos acostumbrándonos porque a todo nos acostumbramos, y esto es de lo malo, muy poco.

Porque nos cuesta mantener la distancia, a todos los niveles. He visto grupetas de ciclistas seguidas de gregarios marchosos asociados a maratonianos y andantes de no sé qué. También es verdad que ha sido en el menor de los casos y que, aunque con dificultad, se tiende hacia ese mantenimiento de distancia social y vital que nos recomiendan.

Porque eso de pedir cita hasta para la ferretería, que tremenda demanda parece existir, o los talleres de bicis, eso sí que no me lo esperaba, estaba bien para las peluquerías, que parece ser que era de lo más exigido, curiosa relación entre el pelo y la salud mental y física.

Porque pasamos delante de los bares, restaurantes, terrazas, sitios de copeo y similares y al verlos cerrados parece que todavía tenemos más ganas de entrar a tomarnos algo, aunque fuéramos usuarios poco habituales, ¿cómo? Perdón que esto es casi como la gente de misa diaria.

Porque salir para hacer la compra es casi lo único que todavía, hoy en día, hacemos con total sensación de estar bien hecho.

Porque el trabajar en casa, para los que podemos, se ha impuesto como una forma un tanto adictiva y que hay que racionalizar. Claro, podemos decir que con casi dos meses ya deberíamos haber aprendido. Pero digo que no, que cuesta más que ese tiempo el hacerte a entornos que no eran, hasta el momento propios. Es como cuando empiezas un nuevo trabajo, los tres meses de prueba y adaptación no te los quita nadie. Todavía nos falta uno. Creo que pasado ese tiempo sí que podremos decir que ¡ya no volvemos más a la oficina!

Porque sigue siendo muy difícil no abrazar, no besar, no acercarse, no tocarse, no hablar, no sentir la proximidad.

Estamos en ello.

lunes, 4 de mayo de 2020

MayThe4thBeWithYou (D51)

Allá por noviembre de 1977 se produjo este fenómeno que dio en ser la saga de la "Guerra de la Galaxias", porque así se llamó aquí Star Wars. Fui ir verla a nuestro cine ya entrado el año siguiente. No lo recuerdo muy bien pero el precio de la entrada debería estar por las 100 pesetas (60 céntimos de euro). 

No, no era para nada caro y mucho menos por lo que a cambio obtenías. Que no es otra cosa que ver en sesión continua, porque no la vi de estreno, todavía no teníamos ese tipo de cine en nuestro municipio, había que trasladarse a la ciudad, una y otra vez en bucle hasta tres veces la película en una o dos tardes, que todo podía ser.

Tal vez llegase a nuestra cartelera tres o cuatro meses después de su estreno por lo grande y tal vez la viese en El Capitol o en El Principal. No creo yo que los otros cines que por entonces existían, El Savoy, El Lux y El Goya la pusieran, pero igual estoy equivocado.

Tal vez ese día se proyectase sola y no compartiera honores con una segunda cinta de medio pelo, creo que fue así ya que la memoria me dice que efectivamente la disfruté dos veces seguidas, no lo sé, porque no lo recuerdo con certeza.

Pasaron los años y la repetí en diversos formatos, primero en VHS, luego en DVD, posteriormente en BlueRay y finalmente en streaming en una plataforma en la que la calidad fue aumentando llegando ahora a no sé cuántas kas.

Al principio en soledad y luego con los dos frikis de mis hijos, que son peores que yo, y que gracias a este hecho se acuerdan de su padre de vez en cuando, así que es posible que esta noche sienta la necesidad de revisarla nuevamente.

Hoy hasta coincide con lo que seguramente en unos cuantos años recordaremos como el día en que la Fuerza estuvo con nosotros porque empezó la Fase 0, que viene a ser como el inicio de esta saga. Lo que todavía no sabemos es el orden que va a tener dentro de la serie de películas que vendrán.

Por cierto gracias a quienes se han acordado de esta efeméride.


domingo, 3 de mayo de 2020

Crónicas mundanas de la COVID-19 (D50)

Y llegó el día en el que desanclé mi vieja ALAN (1998) del rodillo y me aventuré a dar una vuelta por las pedanías del municipio. Contento como un niño chico que estrena bicicleta en el día de Reyes.

He salido con tanta ansia que me he olvidado que esta máquina no es una bici especialmente manejable, sinó que se hace dura de conducir y de dirección rebelde. Claro, como que en el rodillo no se mueve... Tanto que en el kilómetro 10,4 se me ha ido de delante y al suelo.

Increíble, más de tres años que no me caía, 50 días de rodillo y salgo el primer día y me despanzurro, como un pardillo. 

Como los profesionales me he lamido las heridas, por cierto livianas y he continuado, que no era cuestión de desperdiciar las horas que teníamos disponibles en el cuadrante.

He vuelto contento y dolorido. Y un punto abochornado.


Lo dicho, empieza mi desescalada.



sábado, 2 de mayo de 2020

Crónicas mundanas de la COVID-19 (D49)

Hemos salido a pasear a las ocho de la noche. Las calles estaban en su sitio. Especialmente limpias y sin coches. Lo más extraño, no ver a niños ni a personas mayores. Esto indica que no es normal. 

Día 49 de la Fase 0 Covid-19

Parece mentira cómo ha crecido la afición al deporte. Yo no era consciente la cantidad de personas con perros que existen en nuestro pueblo. Tampoco del tremendo número de parejas, que supera por goleada al singer. Hay que decir que también he observado parejas de tres y de cinco, ¿por qué no?

La gente, todos, con cara de medio bobo nos saludamos con una mueca rara, mezcla de susto, ignorancia, expectación y exaltación de un cierto triunfo. Todavía hay una cierto tufo a desconfianza. Mas impostada que real, pero desconfianza al fin y al cabo.

El aire sabía diferente, posiblemente consecuencia de la baja densidad circulatoria, casi inexistente, que hacía que las calles fuesen de los peatones. Me gusta poder andar por casi donde te de la gana sin estar pendiente de que te atropellen. 

No puedo decir que me haya emocionado ir más allá de los trescientos metros que hasta hoy determinaban mi distancia de subsistencia. Tampoco puedo decir lo contrario porque creo que sería falso.

Ver de nuevo la mar, a apenas trescientos y un poquito metros de casa, pero envuelta en un misterio que no podíamos atravesar con la mirada, es lo primero que hemos hecho y eso sí que nos ha producido un gusto especial. Ah, el olor.

Creo que hoy empieza mi desescalada.


viernes, 1 de mayo de 2020

Crónicas mundanas de la COVID-19 (D48)

Un amigo me envía una foto por el celular y me pregunta ¿qué esponja es esta? Se ve que ha salido de paseo, posiblemente con sus criaturas, vive justo en la línea de playa. Me ha dado el día.

Día 48 de la Fase 0 Covid-19

La foto
Ese pequeño placer que da el redescubrir cosas o el mirarlas como antes no lo habíamos hecho me ha impulsado a querer darle una respuesta, aunque mis clases de taxonomía de estos animalejos están más que escondidas en el baúl de las cosas que se guardan sin llave. No hace falta llave porque jamás volveremos a abrirlo.

Error. He tenido que recurrir a su apertura. Y vaya, tenía llave y la llave no sé dónde demonios estaba, así que lo primero ha sido realizar un extenuante ejercicio mental de búsqueda de la llave que da acceso a esa parte del cerebro que ha sido desterrada a la Isla de Santa Helena, más o menos.

El reto era interesante y creo que no era posible dejar sin respuesta lo que es una muestra de infinita confianza en uno. Que no siempre se sienten estas cosas, y para qué nos vamos a engañar, enarbola el ego y hace que te sientas como algo que importa. 

No ha sido fácil. Es increíble las vueltas y revueltas que tiene nuestra memoria. En un primer momento no he sido capaz de encontrar la vereda que me acercase al bosque de los recuerdos profundos, que es donde creo que se guardan estas cosas. he empezado por lo sencillo, mi sobrada soberbia. ¡Ni puta idea de lo que era!

Viendo que no iba a ser tan fácil he decidido que, siendo como es hoy 1 de mayo, día de la festividad del trabajo, iba a celebrarlo haciendo un poco de ello y me pondría con tesón a encontrar el nombre específico del individuo de la foto, aun a riesgo de cagarla y dar por sentado que es lo que no es. Pero ¿qué sería de la vida en estos momentos sin estos riesgos innecesarios y al tiempo tan trascendentes?

Recurro a la Història Natural dels Països Catalans, echo un ojo al capítulo correspondiente y me digo, ah, pues no lo sé, pero se parece a esto, así que debe serlo, y me digo que sí que es una esponja y que "seguramente" es tal.

Le respondo, al que me ha interpelado previamente, usando el mismo sistema de contacto que él ha utilizado conmigo.

Yo, ufano por haber resuelto el enigma, contento y orgulloso por mi rapidez y habilidad me digo, ¡es que...! Una luz intensa..., dejemos las florituras, algo me dice que no está bien, que eso no es eso, que la he cagado y bien.

Y en eso se me abre la maraña de neuronas excéntricas que, seguramente por efecto de despertarse de su sueño de años, han causado ese resplandor al conectarse. Me digo, yo no lo voy a descubrir por más que me empeñe, pero conozco a una gran experta que seguro que va a iluminarme. ¡Lo que hacen un par de neuronas bien conectadas!

Clik-clak. Envío de la foto. 10 segundos después la respuesta.

Albert, no es mía, es de Pat que amablemente y con la solvencia que da el saber de las cosas naturales me ha dicho que no es una esponja, que es una puesta comunal y masiva de varios individuos de Hexaples trunculus, y que algunas son espectaculares, muy, muy grandes. Menos mal que uno sabe dónde recurrir para solucionar las cosas importantes. Obsérvese aquí un leve encogimiento de ego consecuencia de la cura de humildad recibida.

Es un gasterópodo habitual de nuestras costas (corneta, cañadilla, cañaílla...) y del que estoy convencido que tú, seguramente y con tu habilidad, sabrás hacer que nos chupemos los dedos una vez alzado a los altares de la gastronomía que te corona.

Esto vale por una degustación (espero estar yo también invitado), que no vas a escaparte.