viernes, 17 de abril de 2020

Crónicas mundanas de la COVID-19 (D34)

Justo después de Navidad viajé a Perú durante unos días y era como descubrir el Potosí. A finales de enero estaba en Bolonia y me pareció una ciudad endiabladamente encantadora. Durante febrero fui a diferentes ciudades y todavía, a finales de febrero, nos reunimos en Madrid en la época en la que, inconscientemente, nos tomábamos el virus a guasa.

Día 34 de confinamiento Covid-19

¡Cómo podíamos ser tan descerebrados en aquellos días! 

Se hacían viajes trasatlánticos para trabajar, como era mi caso, y me cuentan que hasta se hacían ¡viajes por placer!

Íbamos a diversas ciudades europeas para empezar nuevos proyectos de investigación, con una ilusión desmedida y nos juntábamos en un sólo lugar hasta un centenar de personas. Parece ser que de una procedencia y diversidad espectacular y ¡muchas eran italianas!

Ilustración: Blanca Botey
Era habitual celebrar cenas con los colegas y pasar un rato hablando de otras cosas que no solo fueran asuntos laborales, dicen que había quien hasta hablaba de futbol, y ¡estábamos muy juntitos!

Cuando te encontrabas era normal darse un par de besos, si eras francés del norte hasta cuatro, entrelazar las manos cordialmente (no siempre) e ¡incluso abrazarse!

Al marchar, se repetía al procedimiento anterior (no siempre) y se decían cosas como ¡nos vemos! o ¡hasta luego! o ¡si eso, nos llamamos y quedamos! y ¡la gente se lo creía!

En algunos pueblos muy primitivos la gente quedaba a tomar "el aperitivo" y se metían en unos tugurios llenos de personas apretujadas y hablaban y ¡compartían comida de un mismo plato!

Los más osados, que siempre los ha habido, en su mayoría inconscientes que no tienen apego a la vida propia o ajena, se aventuraban a ir a ver imágenes en televisiones muy grandes (seguramente no tenía smarphone o tablet), o iban a las funciones que en directo representaban otras personas y que, a viva voz, a apenas un metro de distancia se aventuraban a compartir escenario.

Pero los peores, ¡ay!, estos sí que eran los malos de verdad, asistían apretujados como sardinas en lata a extrañas celebraciones litúrgicas, que según condición, lugar, acto o estructura organizativa solían denominar manifestación, evento deportivo, concierto e ¡incluso discoteca!

Menos mal que ahora estamos mucho mejor. Dónde va a parar. 

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