Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

sábado, 13 de octubre de 2018

Orígens: L’Avi de Sebastià


Un hilo negro y compacto ascendía desde un punto indeterminado entrecortando el horizonte. Un rallón al carboncillo, mal dibujado, sobre la tela virginal que era el cielo cristalino de la Badia dels Alfacs.

Casi la mitad de las escasas tres mil almas que habitaban San Carlos de la Rápita se asomaban, expectantes e incrédulas, al balcón natural de La Glorieta. Los más osados, unos cuantos cientos, se acercaron hasta las Coves de Pipi, que se abrían majestuosas a toda la bahía. Las obras de acondicionamiento del muelle y la instalación de la vía para el paso del tren que llevaba la piedra hasta el muelle, hacía que el acceso a las playas fuera peligroso.

El joven Sebastià se encontraba entre este grupo de osados, al lado de l’Avi, en primera fila. Un resorte interior adquirido, el que da el conocimiento profundo de las verdades antiguas, le impulsó a observarlo de reojo.


L’Avi alzó su cabeza hasta casi desnucarse, al tiempo que iniciaba un ligero movimiento, casi insinuado, de las aletas de su nariz. Mitad humano, mitad animal. Conocía de memoria ese gesto, el que hacía habitualmente para adelantarse a los acontecimientos naturales inesperados. El que lo ponía en alerta ante peligros potenciales.

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Olfateaba, siempre lo hacía, como le había dicho en multitud de ocasiones que debía hacerse, moviendo la nariz y arrugando el entrecejo, la brisa garbineada que traía los olores del mar desde más allá de la Banya. Al final de la hilera de humo, ahora en forma de una columna densa y desdibujada, emergía contra la quietud de las aguas, la imagen majestuosa de un vapor que, por el estado de su casco, había tenido mejores épocas.

Entre susurros, siempre era así, entre susurros l’ Avi dejó brotar palabras que fueron adquiriendo una estructura formal que Sebastià no acababa de entender.
  • Un altre ortegada
  • ¿Avi? Sebastià le estiraba de la manga de la chaqueta pidiendo explicaciones, abriendo mucho los ojos, como le decía que tenían que hacer los hombres que ansiaban conocimiento.
  • Són gent de poca escata Sebastià. O ho semblen. No conec pescador que tan vora mar faci una despesa així de llenya. Sotja el fum, espès i negre. Malament crema aquesta caldera. Gent que no coneix el preu de les coses. No tenen patiment. Le respondió l’Avi dándose cuenta que tantas explicaciones no ayudaban a su nieto, más bien al contrario.
Con la proximidad del vetusto vapor la humareda ocupaba la mitad del puerto. El poco viento que se dejaba sentir ayudaba a que la Ràpita se viera inundada de un aire mal quemado e insalubre, cargado de virutas de carbón. Dos barcas se desprendían ingrávidas del vetusto vapor que ya anclaba en la bocana, casi a tocar de la Punta del Galatxo.

El alcalde, que siempre llegaba tarde a todos los actos, especialmente si no contemplaban cierta dosis alcohólica, se abría paso a codazos entre la multitud. Llegó a la altura de l’Avi. Con una inocente naturalidad, casi familiar, mirándole severamente dijo:
  • ¿Eh?
  • Els de sempre. Ja tornen per demanar.
  • ¡Eh!
  • Els de la professó ¿no ho veus?
  • ¡Ah!
  • ¡Deu meu! Quin home més descantellat tenim. Esto último entre susurros, que sólo Sebastià supo entender.
  • ¿I?
  • Coi d’home. Pregunta’ls-hi.
  • ¿Què?
  • Com et foti una hòstia, ja en sabràs tu què preguntar.
L’Avi en estado puro. L’Avi que Sebastià admiraba. La persona que le hacía nortear cuando dudaba. Su punto de referencia vital. Su sustento y faro. L’Avi en estado puro.

Sebastià había perdido a su padre, cuatro años atrás, en una mala tormenta. De esas que tienen de todo, hasta adversidad y desgracia. Como fue la de 1916. Nadie esperaba que el torbellino de viento, extrañamente nuboso, que se empezó a formar a tres millas de la costa, en aquel verano tan caluroso, produjera tanta malura en apenas quince minutos. El único superviviente de las pocas barcas que faenaban ese día, describió la lluvia de peces que antecedió al embudo que unió mar y cielo, como si fuera el fin del mundo.

Són les coses de la mar, Sebastià, són les coses de la mar”, era lo único que l’Avi le decía. Triste, dolorosamente acontecido, cada dos de septiembre desde hacía cuatro años. No era necesario más.

El alcalde, dando un paso al frente forzado por las circunstancias estiró la mano, a medio camino entre un saludo formal y un apretón de morra, ofreciéndosela al extraño personaje suntuosamente engalanado que intentaba descender de la barca. Se veía de lejos que no era hombre de habilidades ni alardes físicos, no porque fuera barrigón y paticorto, que lo era, sino porque rápidamente, dos marineros, acudieron en su ayuda, con sobriedad y gesto hombruno. Recio que dirían muchos.

L’Avi dejó escapar una sonrisa que Sebastià interpretó burlona. Dando un paso al frente, entre susurros, siempre entre susurros, le dijo al alcalde.
  • Aquest capsot el conec jo.
  • ¿Eh?
  • És una cutxamandera de Barcelona
  • Una què?
  • ¡Coi d’home!
Resoplando, con todas las zarandajas colgándole, pero sin ningún indicativo claro de lo que era ni del mando que ostentaba se acercó al alcalde. Alegando de lo que cocía por allí el sol sacó un pañuelo grasiento, seguramente blanco en sus comienzos, y se lo pasó por la cara y el cuello, esparciendo el sudor más que eliminándolo. Se lo restregó ansioso entre las manos, como enjuagando algo imposible y tras guardarlo en el bolsillo de plastrón pespunteado de su casaca, le ofreció una mano desganada al alcalde.

Era evidente que no era marino.
  • Joer, que caló
  • ¿Eh?
  • Que e ehsagerao, coño. Que esto se parese a los Cayos de Florida
  • Vostè, no’s d’aquí, ¿oi?
  • ¿Eh?
  • Que vosté no es de aquí, ¿oi?
  • ¡Ah! Pues no mirusté. Más bien del sur, pero de mundo mu andado. Que si yo le dijera. Que…
  • I… ¿què fan per aquí?
  • ¿Eh?
  • Que, ¿qué hasen aquí?
  • ¡Ah! Pues mirusté. Que venimo en misión de reconosimiento.
  • ¿Reconosiii…?
  • Reconosimiento, coño. ¿Qué no hablo cristiano?
  • No, si ja l’he entès. Es que m’estraña lo que dise
  • Anda, pero usté también es del sur, ¿d’onde?
  • Aivà, quite, jo del sur. Sóc de aquí. ¿Y qué quieren reconoser?
  • ¿Seguro que no es del sú? Bueno, que nos mandan a explorá ehsta zona
  • ¿Qué los què?
  • A explorà. Seguro que usted…
La conversación se estaba embesuguenando de tal manera, que l’Avi no pudo aguantar más y apartando al alcalde, poniéndose en mitad de los dos marineros que lo festoneaban, mirando fijamente a los ojos del petulante personaje, le preguntó, esta vez sin susurros:
  • Són els de la companyia de caçadors de Barcelona, ¿a que sí? Los que nos vienen a fotre l’Encanyissada.
  • ¡Ostias! ¿Cómo sabe usté to eso?
  • Porque los que veo a estribor, son los señores que meses atrás van vindre a casar a l’Encanissaya. Que los tuve que atender en casa de picadas de mosquit, que venían hechos unos parias. Vostè s’havia marxat no sé on per unes coses d’una cabanya del Canadà.
  • ¡Ostias! Usté es el Avi. Con usté quería yo parlamentar. Que me han dicho que no hay naide que conosca mejor ehsto paraje. Que lo sabe tó. Que a lo mejó si montamo una casa en mitá de la laguna no hartamo a pegar tiro. Que de pato y pescaos no hay como aquí. Que aluego vendrán a montone. Que…
L’Avi miraba al alcalde que empezaba a salivar. Lo conocía desde crío, era de su sangre, de la parte mala, que todo hay que decirlo, y en ese momento estaba seguro que empezaba a imaginarse una Ràpita transformada en el maná de la zona. Las oportunidades del nuevo siglo, que decía de vez en cuando en la cantina cuando eran más de cinco las copas trasegadas. Pero sobre todo se dio cuenta cuando se le iluminó la incipiente calva y los ojos se transformaron en ilustraciones numéricas, como una de esas máquinas registradoras que había visto en Tortosa, cuando fue para regularizar su batea. Tampoco es que fuera tan listo, es que el alcalde se lanzó a preguntar ansioso:
  • ¿I quant diu vostè que són i què es el que necesitan?
L’Avi, mirando a Sebastià, atusándose la barba, dejando escapar un resoplido, le dijo:
  • Sebastià, tu pren nota. Que ja no cal que et dediquis a la mar. Escriu, escriu, que aquest poble ja no serà el que és ara. Ja veurem d’ací en cent anys, ja veurem…