Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

lunes, 23 de abril de 2018

Apocalipsis zombi

Ilustración: Miguel. B. Núñez

Un enjambre compuesto por elementos resilientes a toda actuación y grotescamente caníbales se estaba apoderando de todo lo que habíamos sido capaces de construir. Una turba cegada por la proximidad de la fuente alimentaria hacía imposible pensar en algo más que el día a día. Una multitud que amenazaba ruina y devastación se imponía rauda a lo que construimos para protegernos. Un tropel de miedo y desesperación que indicaba la proximidad de la hecatombe nos hacía temer lo peor de lo peor. La legión de muerte marcaba su paso dejando una sombra negra de miseria liderada por la santa compaña. Las hordas avanzaban sin control y no teníamos dónde escondernos.

El prestigioso Last Days Aluvion College acabada de publicar el Zombi Identification Program auspiciado por la poderosa Organization Towards Earth. Como suele suceder, y para ahorrar tiempo a la hora de referirse a este babélico libro, aunque se piense que fue debido a otra cosa, que de mal pensados está el mundo lleno, en su definición se impuso el nombre popular que acabó teniendo un mayor uso en la desesperada población. De esta forma quedó como el Manual “ZIPOTE”, por sus siglas en inglés. Este compendio de sabiduría altamente condensada definía tres tipos esenciales de comunidades zombis. Amén de multitud de recomendaciones, usos y costumbres, folclore e iconografía de cada zona. Sin embargo, las tres comunidades, aparte de vestiduras y abalorios, en zonas incluso sin, se repetían de una forma altamente normalizada en todo el mundo conocido.

La primera, la más común y menos peligrosa, estaba compuesta por individuos torpes y escasamente organizados. Sin cabeza pensante identificable y degradados hasta tal extremo de ser casi incapaces de dar dos pasos seguidos sin tropezar y caer. Lo que hacía que la población no afectada hiciera un sinfín de chistes y chascarrillos, muchos de ellos de carácter claramente zombófobo, que también hay que decirlo. Sin embargo, por su abundancia y persistencia se proferían molestos y ruidosos. Eran poseedores de una elevada ansia mordedora aunque carecieran de los apéndices adecuados, muchos de ellos perdidos como consecuencia de su torpeza, que era digno de ver el camino que dejaban a su paso sembrado de dientes y molares, incluso hasta de estructuras mandibulares completas. Como virtud había que destacar el hecho que eran fáciles de destruir y controlar.

Cuando estas elementales estructuras se organizan aparece la segunda tipología. Aquella que está compuesta por un conjunto que forma manadas de individuos que se reconocen entre ellos, y que se desplazan juntos buscando víctimas de forma ansiosa y desesperada. Curiosamente no se atacan entre sí, tal vez por la escasez nutritiva de su propia composición, tal vez por la propia estupidez que hace que el individuo, al pasar a conformar parte de un grupo, acabe siendo todavía más estúpido. Tal vez porque como evolución, en la mayoría de los casos, de la primera de las comunidades, y por lo tanto de la carencia de atributos que pudieran dedicarse al desgarro, se manifiestan incapaces de arrear un bocado en condiciones. Y por qué no, tal vez por el efecto de aborregamiento, que también se da. Suelen ser violentos y de difícil control.

Finalmente tenemos la tercera comunidad. La más peligrosa. La que es verdaderamente preocupante. Aquella que está constituida por una muchedumbre de organismos que se comportan como normales pero que en realidad son zombis. Conservan todos sus atributos y no hay signos de pérdida cognitiva ni funcional. No los ves venir, no impresionan ni andan haciendo ruiditos grotescos. No te persiguen en manada y no expresan una violencia excesiva. Pueden actuar tanto de forma individualizada como conformando colectivos diversos. Son letales e incontrolables.

Haciendo uso de las recomendaciones establecidas en el capítulo octavo del Manual ZIPOTE, ¿Cómo contener zombis? y bajo un estricto seguimiento de los procesos definidos pudimos diezmar a los enjambres caníbales. Aniquilar a las turbas ansiosas. Reducir a la nada a la multitud devastadora. Conducir a su propia hecatombe al tropel de miedo y furia. E incluso llegar a  parar a la legión apocalíptica.

Sin embargo, a la horda que se nutre de los que no lo parecen no fue posible controlarla.

Se da la circunstancia que, aunque la definición originaria del glorioso Manual estaba referida en exclusividad al género homo, se fue extendiendo progresivamente a toda la comunidad de organismos vivos. Hasta tal punto que tuvo un importante procedimiento entre la comunidad de plantas carnívoras. Con el paso del tiempo se hizo tan extensiva que no quedó organismo que no tuviera afectación. Esto nos debería haber hecho sospechar, pero…

Todo había empezado de forma normal y sin apenas llamar la atención. Un día fueron dos o tres bajas, al día siguiente treinta y al tercero treinta mil. Al cuarto día no quedaba un solo individuo vivo. Sin tiempo de reacción, sin capacidad de entender lo que sucedía, sin posibilidad de obrar acción alguna, sin puñetera idea de por qué o cómo había pasado aquello, al quinto día, el desastre se hizo global y la sombra negra de la miseria se hizo dueña de la instalación.

El virus zombi progresaba tan rápidamente entre la población de rodaballos que lo más probable es que no quedase ni uno vivo al finalizar la semana.

El nombre no era gratuito ya que las biopsias que se fueron realizando a los muertos, indicaban que el único órgano afectado era el cerebro. Este órgano había quedado reducido a una masa informe y licuada y, en medio de esa amalgama nutritiva, proliferaba la putrefacción. Al microscopio podía observarse como miles de nuevos virus zombi emergían buscando nuevos cerebros. Lo más curioso es que no parecían lo que en realidad eran, auténticos asesinos.

Ilustración:
The one that came from beyond Susón Aguilera
Unos años antes de la apocalipsis zombi, tal y como la conocemos hoy en día, tuvo cierta relevancia una noticia que hacía referencia a un grupo de científicos rusos que habían encontrado, sepultado entre el permafrost siberiano, un virus que había permanecido más de treinta mil años intacto. Lo más curioso era que este virus, al que asociaron con un zombi por estar aparentemente muerto, presentaba una extraordinaria similitud con otro que habitualmente se encontraba relacionado con el rodaballo, por lo que lo llamaron Scophtalmivirus sibericum. No se volvió a saber nada de este hallazgo. Nada hasta que nuevamente resurgió atacando y matando. Pero lo realmente curioso era la adaptación que había sufrido, volviéndose exitosamente resistente a… ¿las drogas, los antibióticos? ¡No! Resistente a la estupidez humana.

La zona siberiana en cuestión había sido un inmenso lago salado donde convivió una gran diversidad biológica, con importantes y exclusivos endemismos. Esta área era tan rica y específica porque fue una zona de elevada concentración de mastodontes, y se dio la consecuencia temporal que muchos de ellos acabaron exterminados súbitamente. La elevada acumulación de materia orgánica sufrió dos periodos, uno en el que las temperaturas moderadas hicieron que se produjera una rápida descomposición de los cuerpos y una proliferación masiva de microorganismos. Otra segunda de colonización de extrañas especies marinas, como por ejemplo rodaballos, ya que se han encontrado restos, y una tercera de súbita y brusca bajada de temperaturas, a modo de glaciación salvaje, que ocasionó la formación del permafrost y la conservación de todo lo que en esos momentos existía. Allí, escondido y refrigerado, esperaba nuestro virus su vuelta a la vida.

Hoy sabemos que muchos de estos virus permanecen congelados hasta que se derrite el hielo que los cubre, haciéndolos potencialmente activos. Entones también se sabía, pero ya hemos dicho que esto va de lo estúpida que es la humanidad, o mejor dicho de la cantidad de estúpidos que existen, independientemente de dónde se esté, lo que se sea o lo que se haga. Que hasta por eso hay un insigne libro que lo explica con detalle y precisión. Poco leído por cierto.

Ante la preocupante sequía consecuencia de la explotación intensiva de artemia salina en un lago cercano, formado de la disgregación en multitud de reservorios menores de lo que antaño fue uno del tamaño de la Alpujarra, se tomó la decisión de habilitar varios canales para que el agua del lago menor pasase al permafrost y, poco a poco, lo fuera deshaciendo. De esta manera se iba produciendo una continua lámina de agua que alimentaba al lago sobreexplotado con el objetivo de incrementar la producción de artemia. Contenía sal y abundancia de nutrientes, justo lo que necesita este virus.

La artemia salina es un crustáceo usado para alimentar a las larvas de rodaballo en las primeras fases del cultivo, cuando todavía la larva no es capaz de capturar los gránulos de pienso inerte. La artemia siberiana era la estrella de la temporada. Se estaba vendiendo como churros y se decía poseedora de unas virtudes extraordinarias. Era el Bálsamo de Fierabrás.

Había que hacer cola para conseguirla e incluso pagar por adelantado mediante depósito bancario en la sucursal suiza de la principal comercializadora y casi poseedora de la exclusividad de su venta. En ocasiones incluso se hacía pago sin garantías, ya que el precio se fijaba en un mercado de futuros y quien más pagaba, se la quedaba.

El comercial de la empresa ANWU (Aquaculture Not Well Understood) puso sobre la mesa una muestra de esta maravillosa artemia y dijo: “Tengo toda la que queráis, pero hay que darse prisa, ya que los precios suben descontroladamente y no sé yo si… Ahora bien como clientes especiales que sois… ¿cuánta?”.

A lo que respondimos interpelando: “¿Tiene garantías sanitarias?”. Nos respondió: “Todas”.  Le dijimos: “Ah, bueno, si es así”. Y él ofendido: ¿Acaso os he fallado yo alguna vez? Nosotros: “¡Nunca! Bueno, excepto cuando nos dijiste que la cepa era del Gran Lago Salado y luego resultó que venía de China. También cuando nos colocaste aquel producto líquido que usaban los astronautas en las misiones espaciales y que resultó ser leche de camella. Ah, y cuando nos vendiste aquel artilugio que trajo Ripley…, por ciento dónde anda”.

Una pausa. El comercial respiró profundamente y dijo: “Os lo dejo por la tercera parte de su valor”. “Hecho”, dijimos. “Hecho” dijo él, “Y que conste que…” no siguió. Seguramente por el efecto disuasorio de nuestra mirada. Posiblemente porque se acordó de lo que le aconteció a su colega, el tal Ripley, unos años antes y consideró que los atributos propios de su sexo todavía eran importantes.

Dos semanas después llegaron dos toneladas de la artemia siberiana. Sólo se ha consumido un kilo. El de la prueba de eclosión y que sirvió para ver como las larvas de rodaballo daban cuenta de su voracidad. Los restantes mil novecientos noventa y nueve kilos están guardados en el almacén a la espera de que las autoridades sanitarias y el comité de crisis zombi mundial se hagan cargo de ellos. Tampoco importa demasiado no queda ni un rodaballo vivo. El virus zombi ha triunfado. La estupidez humana lo ha devuelto a la vida. El apocalipsis productivo ha cerrado nuestra planta y ha empezado a afectar a la humanidad. No se sabe cómo ha pasado la barrera interespecífica, pero se cree que un periodista fue alcanzado por un lefazo de un reproductor de rodaballo afectado mientras hacía un reportaje de los métodos de reproducción.

Sin embargo la comunidad científica está encantada. Ha descubierto que este virus zombi vive en simbiosis con una ameba que es la que, en realidad, ayuda al virus a llegar al cerebro del rodaballo. En un momento determinado, justo después de llegar a la zona diana, el virus empieza a devorar a las amebas para poder replicarse, a pesar de que aparenta estar muerto, que es por eso que la ameba no lo asocia a un peligro. Cuando se ha cargado por completo a las amebas, y ha adquirido la masa crítica necesaria, empieza a buscar otro tipo de células, esta vez las neuronas, a las que anula las conexiones. De esta forma el virus zombi vuelve zombi al rodaballo, y lo mantiene así hasta que acaba con las reservas. Por eso que se observa un cerebro hecho puré. Momento en el que explota y sale al exterior en busca de nuevas amebas.

Se está proceso de estudio para ver cómo se reproduce en otras especies, aunque se tienen dudas de que sea así en las plantas carnívoras, ya que carecen de cerebro propiamente dicho y en humanos, por lo mismo.

La búsqueda del comercial de ANWU no da resultado. Está huido. Se dice que anda por Brasil y que vive como una ameba, arrastrándose sigilosamente. El Manual ZIPOTE no recogía qué hacer en estos casos y la apocalipsis zombi es hoy una realidad que afecta a todo el mundo. Posiblemente estas sean mis últimas líneas, acabo de comerme un rodaballo con almejas y me siento algo indigesto.


El ilustrador
http://miguelbn.blogspot.com.es/
Miguel B. Núñez (Madrid, 1970) es un tío auténtico y de palabra. Una conversación fugaz, un cruce de ideas, un venga vale claro que sí, y se nos descuelga con esta ilustración, meritoria toda ella de una entrega exclusiva de Has.

Echad un vistazo a su blog, destila virtuosismo en un formato único. Líneas sencillas que generan un autouniverso instrumental de una complejidad excepcional. Se nota que ha mamado del simplismo de los tebeos de los noventa. Ha publicado en algunos de los más icónicos como El Víbora y Mondosonoro. Se aburría y fundó cómics Recto con Paco Alcázar, como si nada. Debe seguir aburriéndose, y se pone a elucubrar haciendo rock instrumental, pero como es un tío de palabra, nos ha hecho este regalo en forma de ilustración.


Lo dicho, un tío auténtico.