Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

sábado, 6 de mayo de 2017

La reina del mar

Ilustración: Esta ilustración de Susón Aguilera participa en la V edición del Premio Internacional de Ilustración Científica en http://illustraciencia.info/

Millón y medio de huevos translúcidos flotaban en el acuario después de haber sido recolectados por el técnico acuícola responsable de cuidar a los reproductores. Energético y brioso. Lozano de juventud.

Apenas si habían pasado un par de horas desde la fecundación y ya empezaban a verse las primeras divisiones celulares. Sin embargo, de entre los cientos de miles de huevos destacaba una especialmente brillante, que empujaba con fuerza y vehemencia al resto para ascender en la columna de agua y situarse en la superficie.

Fue de las primeras en pasar al tanque de incubación, ansiosa por revolotear dentro del crisol de agua limpia y desinfectada. Dejándose mecer por el suave cosquilleo del aireador de piedra que generaba volutas de vida encapsulada. A veces, se rozaba suavemente contra la malla que impedía que los millones de proyectos, en forma de huevo, se escapasen. El roce le producía una agradable sensación, otro modo de cosquilleo, agradable y placentero, pero sin duda diferente al de las burbujas.

Aunque era suave y delicado, tanto o más que el corion que la protegía, notaba cierto regusto de peligro. Quería y no quería.

Transcurridas las doce primeras horas ya se apreciaba su embrión primigenio, y unos livianos ojos empezaban a marcarse claramente. El esbozo de la columna vertebral permitía al embrión arquearse y forzar breves movimientos fugaces.

Veinticuatro horas después estaba a punto de lanzarse al mundo exterior, sin la protección que le había brindado su coraza orgánica. En apenas unas horas estaría acompañada exclusivamente por la mochila alimentaria de su saco vitelino. Un atisbo de vértigo genético le recorrió el espinazo, que era casi lo único que tenía bien conformado.

A las cinco de la madrugada luchaba por nacer junto a otros cientos de miles de huevos. Apenas si necesitó unos cinco minutos para completar la eclosión y desprenderse de su cáscara protectora. Ahora nadaba torpe y libremente en un medio acuoso que le parecía inabarcable.

Un fogonazo de luz intensa le hizo aflorar un resorte interno inexplicable, seguido de un impulso irrefrenable de ir hacia la luz, hacia la superficie donde se apelotonaban sus hermanas. Apenas si podía moverse. Sin embargo se encontraba confortable, segura, y le encantaba la comunión creada.

Una leve presión, suave y frágil, acompañada de un brusco movimiento hizo que se pusiera alerta. Súbitamente se vio impulsada a nadar graciosa y ensimismada en un océano inexplorado. Ahora estaba sola, tremendamente sola.  Acababa de ser transferida a un tanque de cultivo de veinte metros cúbicos, provenía de un tanque de quinientos litros.

Sus primeros movimientos fueron autónomos, innatos y tentativos, dejándose llevar por el movimiento ondulatorio que a su alrededor se generaba. Como si se tratase de la espiral de acogida de un agujero negro emergió en una nueva dimensión. Perteneciente a la galaxia calmada de un agua verdosa repleta del maná más preciado. Un contingente de apetitosos rotíferos que esperaban a ser consumidos. Riquísimos y golosos.

Se lanzó como loca a su captura. Fracasó varias veces. Volvió a intentarlo. Erró de nuevo. Empezó a desesperarse, el hambre la atenazaba. Giró sobre sí misma, ensayó el efecto saetero que le emergió de su acervo génico y se lanzó en un nuevo intento. Tras un breve periodo de afinado terminó siendo una experta y voraz cazadora. Su forma sagitada era de gran ayuda y su cuerpo se contorsionaba con una extraordinaria facilidad, proyectándose como un fogonazo contra sus presas. Percibió que millones de años de evolución la ayudaban y se sintió gratamente satisfecha.

En el entorno calmado y embriagador que la acunaba fue creciendo lentamente, muy cómoda. De vez en cuando se encontraba con alguna de sus congéneres que, despistadas, hacían vida de contemplación y sosegado devenir, pero no se molestaban.

Pasó un mes y fortaleció su esqueleto. Se le estilizó aún más la figura y las escamas acabaron imbricándose de forma que escupía el agua. La masa muscular era sólida y potente. Las aletas, que apenas eran unos esbozos días antes, acontecieron elementos funcionales altamente efectivos que proporcionaban una potencia natatoria inigualable. Su mandíbula se había endurecido y ajustado en la caja craneal. Los ojos escrutadores se adaptaron a la semipenumbra acabando de configurar una eficaz maquinaria de caza. No se le resistía ni la más enérgica artemia.

De súbito observó un nuevo elemento en el tanque. Eran unos seres inertes que flotaban en la superficie y que ejercían un poderoso efecto de atracción. Desprendían un aroma imposible de eludir. Impulsada por el ansia se lanzó como loca y abrió, todo lo que pudo, su boca. La cerró con fuerza y apreció la dureza del elemento que tal poder de atracción ejercía sobre ella. Paladeó gustosa y lo tragó. Al instante se sintió plenamente satisfecha. Acababa de consumir su primer gránulo de pienso.

Cada nuevo gránulo ingerido impulsaba su metabolismo a una velocidad asombrosa. Se notaba crecer cada día. Se estaba fortaleciendo tanto que, a los dos meses de vida, ya se aventuraba a explorar los confines inmensos de su entorno, que apenas unas semanas antes creía interminable, inabarcable e infinito.

Llegado el tercer mes, el espacio que le confería el tanque de veinte metros cúbicos se le quedaba pequeño. No fue por mucho tiempo ya que una mañana, mientras estaba a la espera de la ceba que hacía las veces de desayuno, se vio de nuevo transportada, como cuando de larva recién nacida.

Forcejeó contra una rara estructura que la obligó a estirarse para pasar por un espacio angosto y opresivo, y que tras franquear mientras luchaba, aleta con aleta, con unas cuantas de miles de sus hermanas, la hizo caer en un nuevo mar. Un espacio que se apreciaba más fresco y luminoso, donde el agua manaba con fuerza.

Al apreciar el contacto con el nuevo elemento, un impulso vigoroso proveniente de su torrente sanguíneo, hizo que su aleta caudal y pectoral la impulsaran para salir disparada a una velocidad rayana a la de la luz. Estaba en mitad de un bálamo conformado por miles de peces que se movían sincrónicamente en un majestuoso ballet de pasos nunca antes ensayados.

De nuevo la percepción de un aroma irresistible la obligó a girar y dirigirse rauda a un punto concreto del tanque. La pulsión aromática la obligaba y no respetaba nada. Se adivinó punta de lanza y observó como la seguían. Con la irresponsabilidad que proporciona el hambre se lanzó a comer el pienso que caía intermitente del cielo. Miles de compañeras hicieron lo mismo. Bullía el agua, que no aflojó en su burbujeo hasta que la total saciedad de las necesidades básicas trajo la paz y el sosiego a la población.

El nuevo tanque invitaba a su reconocimiento. Así que empezó la exploración y vio que, de forma genérica, era como el anterior sólo que mucho más grande. Mientras nadaba atrajo poderosamente su atención la igualdad clónica que imperaba en todas sus compañeras. Ya no podía disfrutar del placer de comerse a las más pequeñas, degustando del canibalismo, pero tampoco necesitaba huir despavorida de las mayores, evitando ser canibalizada. La uniformidad traía aburrimiento pero también proporcionaba tranquilidad.

Un día, sin preaviso, se descubrió sumergida en un extraño líquido que de inmediato la hizo adquirir un estado de embriagadora semiinconsciencia. Se avistó nadando en un mar hipersalino y sobresaturado de oxígeno. Percibió el arropo de una fina tela verdosa que la transportó más allá de los confines de la superficie del agua. Para acabar despertando, poco a poco, en un baño denso y desagradable en el que una sustancia viscosa, pero a la vez protectora, la impregnaba de salud y resistencia.

Cuando recobró la consciencia, de nuevo en su tanque, se encontró poderosa y protegida. Tras un rápido vistazo a su alrededor para cerciorarse del entorno, fue suficiente para darse cuenta que aquellas compañeras, que nadaban quejosas y desaliñadas, habían desaparecido.

Tenía apenas un gramo y ya era la reina del mar.

Los siguientes tres meses los pasó yendo de un tanque a otro y en cada cambio, el mismo elemento desagradable que la hacía luchar y estirarse, pelear y empujar, porfiar e imponerse. Una lucha sin cuartel contra el resto de compañeras para acaban en un entorno igualitario, limpio y calmado.

Tras cada cambio se sucedía un largo periodo de plena placidez, que solo se vía alterado por la amenazadora sombra alargada que se prolongaba en forma de tubo con una gran boca desdentada. Sabía que tenía que huir de él, ya que al contactar con el suelo desprendía las asquerosas deposiciones que tanto irritaban sus frágiles lamelas branquiales. Lo bueno es que cada vez que la sombra desaparecía y el artilugio dejaba de alborotar, la calidad del entorno aumentaba y desaparecía, de inmediato, ese regusto ácido de un pehache descompensado y ligeramente nitrogenado.

Y así, día tras día, hasta que una mañana dejó de caer el maná del cielo. Desde luego que era extraño, ya que las horas de alimentación estaban perfectamente ajustadas a sus necesidades biológicas. De todos modos no le importó mucho ya que se sentía inapetente. Había notado un bajonazo en su actividad como consecuencia del frío que, poco a poco, se había ido adueñando del entorno en el que vivía plácidamente. Sin apenas percibirlo, la temperatura había pasado de los cálidos veintidós a unos heladores quince grados centígrados. Apreciaba el efecto que causaba en su nadar alegre y desenfrenado, ahora apático y pausado.

Su actividad metabólica estaba congelada, casi como ella misma. ¿Es que esto no iba a acabar nunca?

Veinticuatro horas después, de madrugada, justo cuando a la noche se le acababan las fuerzas, un nuevo empujón en la masa de agua la hizo activarse. Una potente succión la arrastró hacia un embudo que la aspiró violentamente. Caracoleaba sin poder hacer nada dentro de un tubo translúcido sin fin que la escupió contra una superficie helada y lisa. Porfiaba sobre una placa metálica cuando se produjo un fogonazo de luz cegadora y de repente, una oscuridad total.

Estaba dentro de un tanque minúsculo y sin apenas espacio. Chocaba continuamente con el resto de compañeras. No ayudaba el exceso de oxígeno que notaba que se iba incrementando en el agua, pero lo necesitaba ya que su ventilación branquial se había acelerado en exceso.

Advertía que el agua no era la misma. Notaba que el espacio era ínfimo. Percibía que estaba constreñida y acompañada de muchos más peces de lo habitual y que no conocía. Tras una enérgica vibración, un brusco empujón del volumen de agua y se dejó acunar en la densa oscuridad del nuevo entorno. Ayudaba esa sensación de embriagadora semiinconsciencia que recordaba de veces anteriores. No era agradable pero este estado y la baja temperatura la hacían estar tranquila. Lo cierto es que tenía más curiosidad que miedo.

El confinamiento duró unas dieciocho horas. El tránsito necesario para que el camión de transporte acondicionado la llevara a su nuevo hogar. Una jaula de quince metros de diámetro en mitad del mar Mediterráneo.

De nuevo una tenaz aspiración la obligó a entrar en un tubo alargado. Al final del tubo había luz, cada vez más luz, hasta que el sol le explotó en sus ojos. Se dejó arrastrar por la vigorosa corriente al fondo de una jaula inmensa. Recobró la compostura y se liberó del exceso de anestésico. Degustó un agua nueva y ligeramente más salada, cálida, acomodaticia y se dejó acunar tranquila por la suave corriente.

Una potente punzada de hambre, feroz como no recordaba, hizo que mirara golosa a las compañeras que mostraban cierta debilidad, y se lanzó furiosa sobre sus partes blandas. Mordió ojos, abdomen, colas… lo que pudo. De inmediato se desató un frenesí devorador a su alrededor al que se unieron varias decenas de compañeras con los ojos inyectados en sangre. En un minuto sólo quedaba la raspa. El último recuerdo de lo que no hace nada era un pez de diez gramos debilitado por el transporte.

Casi no había saciado el hambre, y ya estaba dispuesta a lanzarse sobre otra compañera, cuando miles de gránulos de suculento y sabroso pienso empezaron a rebotar en la superficie del agua calmada para hundirse lentamente. Con las mandíbulas desencajadas se precipitaron en su persecución. El agua espumaba consecuencia del amasijo provocado por miles de doradas hambrientas comiendo en el mismo sito que, tan pronto se saciaban, desaparecían sin dejar rastro.

Recuperada y cómodamente instalada en el nuevo ambiente, empezó a explorar los confines infinitos del nuevo reducto. No encontró paredes sólidas, como en otras ocasiones, sino una maraña de tela que le permitía adivinar el más allá, aunque no la dejaba precipitarse a lo desconocido. ¡Lástima!.

Los recuerdos procedentes del periodo que vino a continuación eran de calma sosegada, de paz, de suave devenir, de placentera convivencia. Cierto, pero no olvidaba lo sucedido en un par de veces que la sacaron del agua. En ambas ocasiones la rejonearon con una aguja finísima que inyectaba un líquido que provocaba un ligero escozor, pero que, al volver al agua, proporcionaba una fuerza extraordinaria. ¡Y qué sensación de protección!

En un momento postrero la desdicha se apoderó de ella. Un aguijonazo brutal y doloroso dejó incrustado un cuerpo extraño en la zona posterior de su lomo superior derecho. Eso pasó cuando alcanzó los doce meses de vida y era una lozana dorada de cien gramos de peso. También le quitaron un pedacito de una de sus aletas, no le molestó en absoluto, pero le dio rabia por sentirse tratada de esa manera. ¡Maldita desigualdad de género!

Se produjeron unas cuantas operaciones menores, aunque esta vez fueron extremadamente cuidadosas. Siempre bajo el efecto de esa agua milagrosa que la tranquilizaba. No entendía por qué tanto movimiento, ni a qué se debida esa atención. Medir, pesar y hasta fotografiar. De derecha, de izquierda y hasta de frente. ¿Acaso era una convicta patibularia?

Habían pasado dieciocho meses y ya era una dorada adulta, enérgica y poderosa. Resaltaba por la esbeltez de su cuerpo alargado y perfectamente comprimido. Tenía una cabeza grande y redondeada, que proyectaba una boca adornada por labios gruesos. Labios que escondían una fila de dientes  puntiagudos sujetos a una mandíbula que se intuía ferozmente agresiva. Pura artillería pesada. Un brillo metalizado cubría la línea dorsal ligeramente convexa, que destacaba entre unas escamas perfectas, ligeramente verde azuladas y que adquirían connotaciones plateadas hacia el vientre. Todo ello le daba un aspecto atigrado. Desplegaba una aleta dorsal robusta coronada de espinas estilizadas. La aleta caudal, majestuosa, se adornaba con una banda negra, muy negra, que contrastaba con la opercular. Pero, sin duda, lo que le confería la singularidad que la delataba era la imponente y reluciente franja amarillenta sobre sus ojos que,  junto con las irisaciones anaranjadas de la parte posterior de su cabeza, hacía que fuera imposible no fijarse en ella. Desprendía autoridad y, aun sin ser plenamente consciente, destacaba sobre el resto.

Una dinámica presión que provenía de la parte baja de la jaula obligaba a los peces hacia la superficie, cada vez más cerca del borde acuoso, casi fuera del agua. Mientras que esos desagradables seres oscuros a los que les burbujeaba la cabeza, las miraban con los ojos planos y vidriosos. Otra vez la desagradable sensación de impotencia que da el no poder escapar de la masa apelotonada, y que la obligaba a pasar por la aspiración y el tubo que la arrastra hasta el infinito.

Pero mira como beben...
No llegó tan lejos. En esta ocasión acabó en una cinta trasportadora que se dirigía a una extraña máquina. Chapoteaban al lado de una centena de doradas. Los ojos fuera de las cuencas. Forzando el opérculo hasta los límites que la física y la fisiología permitía. Abriendo y cerrando la boca. Agotando las reservas de glucógeno que contraían fuertemente sus músculos. Cuando le tocó su turno se adentró en un escáner. Se iluminó una luz verdosa, sonó una alarma, se abrió una trampilla y… cayó dentro de un tanque con agua fresca.

Estaba sola. Tan sólo acompañada por el leve burbujeo que emanaba de un difusor de oxígeno. Empezaba a preocuparse cuando, tras unos segundos inacabables, cayeron un par de doradas más.  Y así hasta conformar una veintena. ¿Dónde estaría el resto?

Un toro mecánico elevó el contenedor en el que estaban para depositarlas en la plataforma de un camión que iba a transportarlas a un criadero próximo.

¡Había sido escogida de entre más de un millón de peces!

De nuevo de vuelta a un estanque menor. Era cómodo, moderno y muy funcional. Disponía de diversos tipos de adminículos que resultaban interesantes. Pero cuando, llevada por la curiosidad, se acercó a mordisquearlos notó que eran duros e incomibles. Los ignoró.

El principal cambio fue el alimento. El nuevo pienso era un gránulo grueso, esponjoso y deliciosamente sabroso. Una mezcla de sabores que lo hacían irresistible, que devoraba con pasión. Y, varias veces por semana, disfrutaban de un premio extra, calamares enteros.

¡Eso sí que era vida!

El tiempo pasaba lentamente y seguía creciendo. Se aproximaba a un kilo de peso cuando empezó a notar cambios importantes en su interior y una irresistible necesidad de agregarse con el resto de los peces del tanque.

La dorada y el sexo
Estaba extraña. A veces, se lanzaba en persecución de sus compañeras, y otras se dejaba perseguir. Siempre había hecho gala de su independencia y aunque quería mantenerla, no podía evitar ese comportamiento gregario y programado genéticamente que tiraba ancestralmente de ella. La pulsión por fecundar a hembras mayores la alteraba. No podía explicar la sensación de querer y no poder ser. Se saber que se es pero no permitirlo su naturaleza. Y empezó a resistirse. Decidió ignorar las sensaciones, hacer caso omiso del impulso sexual y dejarse llevar por la confortable asexualidad que le había sido regalada. Su cuerpo se acomodó y permitió que las gónadas iniciaran el proceso de cambio, para conferirle el propósito al que estaba destinada.

Y así estuvo hasta el día en que la volvieron a sumergir en el líquido que emula el nirvana de las doradas y volvió convertida en toda una hembra. Una hembra magnífica, reina del harén, reina del mar, una majestuosa ponedora que, trascurridos seis meses, produjo millones de huevos.

Millón y medio de huevos translúcidos flotaban en el acuario después de haber sido recolectados por el técnico acuícola responsable de cuidar a los reproductores. Tal vez con algún que otro achaque. Cosas de la edad que no perdona.