Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

domingo, 29 de enero de 2017

Cogitus interruptus

Ilustración: Ergo Susón Aguilera
La tensión se palpaba en el ambiente. Nos encontrábamos cerca del colapso físico y emocional. Los nervios nos llevaban a equivocarnos una vez sí y otra también. La confianza daba asco por lo baja que estaba. No teníamos salvación.

Si las plagas bíblicas tuvieran su referente en la acuicultura, seguro que nos encontrábamos inmersos en pleno despliegue de la mala baba de un dios enojado y furibundo, creador del cielo y la tierra, tal vez, pero que había decidido abandonar la mar y a todas sus criaturas. No podía explicarse de otra manera que estuviéramos sufriendo sistemáticamente tantas desgracias en tan poco tiempo.

Un insulso parásito intracelular estaba diezmando los juveniles de rodaballo, una estúpida bacteria aniquilaba las larvas de dorada y un desgraciado virus se encargaba de las lubinas. Mirásemos donde mirásemos todo era desgracia y devastación. Un puto caos.

Nada de lo que se había hecho, o dejado de hacer, justificaba el encontrarse en una situación semejante.

Tres meses atrás, tras finalizar una temporada de producción extraordinaria que había superado las mejores expectativas, habíamos decidido abordar una renovación total y profunda de las instalaciones. No sólo una buena limpieza y desinfección, también obras que nos iban a permitir gestionar mejor y de forma más sencilla la cadena productiva.

Empezamos por una completa remodelación de los tanques de reproductores que contemplaba un nuevo sistema de recirculación, mejores aislamientos y una mano de pintura epoxídica y antifúngica en paredes y suelos. Puertas de doble entrada para evitar estrés. Una nueva iluminación inteligente y adaptativa que junto con una cámara de infrarrojos nos iba a posibilitar medir el comportamiento y detectar las puestas al momento. Sensores y alarmas de última generación completaban una obra de arte que emulaba a la Capilla Sixtina de la reproducción acuícola.

Aprovechamos la parada para revisar las bombas principales y desinfectar los mil quinientos metros de tubería que conectaba la sala de bombas con el depósito general. Un doble sistema de control de presión y llenado, permitía ajustar la cantidad de agua necesaria en cada momento minimizando el gasto y evitando que se produjeran desajustes en el bombeo. Como si un ligero brazo de mar primigenio entrase suavemente en nuestra instalación mecido por suaves olas.

Se desmontó toda la sala de larvas pieza a pieza. Tubos de entrada, de salida, torres degasificadoras, tubos de oxígeno y aire, piezas cerámicas y utensilios. Todas y cada una de estas piezas pasaron cuarenta y ocho horas en una emulsión de peróxido de hidrógeno con un ligero enriquecimiento metálico. Se limpiaron suelos y paredes, rincones escondidos y techos. Llegamos a zonas que ni sabíamos que existían y que descubrimos con gran alborozo en ocasiones y con gran pesar en la mayoría de las veces. Afortunadamente no apareció ningún cadáver y eso que hubo momentos de gravedad y tensión.

Procedimos con la instalación de un nuevo sistema de lámparas ultravioletas de nueva generación capaz de trabajar con agua turbia y agitada. Nos aseguraban que era capaz de matar a un muerto (esta estupidez no se la tuvimos en cuenta al comercial aunque sí que puso de manifiesto que tal vez la profesionalidad y la eficiencia no van de la mano). Instalamos a la salida un nuevo equipo fraccionador de espuma y un gran colector que eliminaba cualquier componente orgánico de más de tres moléculas.

Colocamos nano células solares ricas en compuestos siliconados que se activaban en presencia de desperfectos iniciando una autoreparación rápida e inmediata de cualquier superficie impidiendo que se instalasen bacterias y epizoontes indeseables.

Dotamos los suelos con sistemas de liberación de agua rica en midiclorianos que al anochecer se activaban permitiendo descargar una tremenda fuerza contra todos los insanos microbios que habían conseguido resistir, los muy ruines. Un sistema de plasma acompañado de rayos láser permitía detectar hasta una miserable bacteria escondida en un recodo perdido y tras emitir una señal indicativa, realizaba un disparo de protones para eliminarla.

Reforzamos los sistemas de seguridad con dos drones ultrasilenciosos que conectados a un simulador posibilitaban una visita virtual a las instalaciones. Los drones estaban dotados con sensores de movimiento y disponían de un bláster recortado que se activaba con sólo fruncir el ceño. Que ya estábamos hartos de robos y alimañas.

Adquirimos dos nuevos modelos de edición genómica portátil, del tamaño de un Smartphone que, partiendo de una muestra microscópica, posibilitaba modificar genes y transformar cualquier microbio cabrón en un producto homeopático.

El nuevo sistema de alimentación, previamente validado en la cabaña lechera de la zona, detectaba uno a uno los cincuenta millones de peces que nadaban en la instalación y, con independencia de su tamaño, los atraía mediante la emisión de luz fishícola.

Este haz mágico conseguía que se ordenaran uno tras otro, de manera que al estar dispuestos en una cola perfecta, administraba exactamente la cantidad de alimento que requerían haciendo uso de protuberancias dactiloides conectadas a microinyectores. Contaba a su vez con un dispositivo que colocaba un chip neuromórfico así como el número de lote seguido de su ordinal a cada uno de los peces.

La mecatrónica nos posibilitaba hacer maravillas. No había que cribar a los peces, ni utilizar sistemas de bombeo para trasladarlos de un sitio a otro, ni tan siquiera para cargarlos al camión. El software inteligente que controlaba los elementos mecánicos de todos los componentes activaba el chip neuromórfico haciendo que cada pez fuera al sitio prefijado del tanque y que, caso de ser necesario, esperase pacientemente a que el robot operario introdujera la tubería que lo llevaría a su lugar correspondiente.

Eso sí, siempre y cuando hubiera pasado previamente por el analizador de imágenes moleculares y se hubiera emitido el correspondiente informe de interacción genómica que iba a determinar su proceso biológico. Es decir si finalmente iba a quedar mejor a la plancha, al horno o tal vez a la sal. Y si le quedaría mejor un acompañamiento de salsa menier o una marinera.

–¡Eh! ¿Estas dormido? Parece que sueñas. Límpiate la babilla que te cae de las comisuras, escucha…

Cogitus interruptus.

–…que hay que dejar todo lo que estamos haciendo, que vamos tarde, que ya hay pedidos para dentro de tres meses y que no llegamos. ¿Qué no hay puestas? Sin problema, nos traemos huevos y larvas de dónde sea.

Pasados tres meses la tensión se palpaba en el ambiente. Nos encontrábamos cerca del colapso físico y emocional. Los nervios nos llevaban a equivocarnos una vez sí y otra también. La confianza daba asco por lo baja que estaba. No teníamos salvación.