Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

domingo, 5 de junio de 2016

Divine Bite Essential Oil

Ilustración: The Brilliant Susón Aguilera

Shinosuke Takahashi se había levantado con un tremendo dolor de cabeza al que acompañaba una boca pastosa que casi le impedía hablar, se le pegaba el paladar. No era la primera vez que esto le sucedía, ni mucho menos. Su condición de ryukyuense determinaba que sus niveles de alcohol deshidrogenasa en sangre fueran inexistentes, por decir algo, y aun a sabiendas de ello no podía evitar dejarse llevar por los efluvios que despedía el sake. No es que fuese un borracho empedernido, como solía decirle su padre, Takahashi San, cuando lo veía aparecer de esa guisa tras una noche de perdulario comportamiento, es que simplemente le bastaba olerlo para ponerse ciego perdido. Era la maldita carga genética heredada de un padre al que jamás llegaría a comprender y que le pesaba como una losa que no le dejaba hacer lo que más le gustaba, beber. Por este motivo, desde muy joven, quiso estudiar bioquímica.

La noche anterior había bebido demasiado, tal vez no más de lo habitual, lo reconocía, pero es que la recepción organizada por el consulado belga en Japón para que las empresas de biotecnología más prometedoras se presentasen ante un nutrido grupo de inversores procedentes de su país, lo valía.

Recordaba vagamente como un señor de nombre muy raro se le había presentado y le había empezado a hablar de acuicultura. Su inglés no es que fuese de Oxford, cierto, pero nunca había tenido dificultades para comprender y poder seguir una conversación normal. Sin embargo, cuando a los efectos narcóticos del sake se le sumaba aquel acento belga tan particular sentía que algo se había quedado por el camino. Era consciente de la existencia de una negrura espectacular en su memoria y se sentía descolocado tanto por este hecho como por el efecto que el consumo de alcohol había operado en su capacidad de comprensión y síntesis.

Se miró al minúsculo espejo que colgaba sobre el, todavía más pequeño, lavamanos de su laboratorio. No se gustó. Las marcas, casi tatuadas, de su cara evidenciaban muchos más excesos de los que recordaba. Se frotó los ojos con fuerza y se pasó un par de veces las manos por su cabeza con el pelo cortado a cepillo, aprovechó para masajear las sienes como si con ello consiguiera despertar a alguna de sus neuronas. Se echó un poco de agua fría y se palmeó los carrillos con las dos manos abiertas. Tuvo un nuevo recuerdo revelador de su padre, Takahashi San, cuando le aventuró que la idea de criar porquerías para que la gente se las comiese no era más que el efecto de una de sus muchas noches de consumo desmesurado. Como si su doble licenciatura en bioquímica e ingeniería industrial no hubiese servido para nada. Por no decir de su doctorado en biosíntesis de compuestos altamente ricos en ácidos grasos que le había valido el premio extraordinario de su Universidad y que estaba financiando su actual investigación y, ¿qué decir de la empresa recién creada, DPA Kaisha Inc, basada en una patente altamente novedosa consecuencia de la investigación anterior? Su padre, Takahashi San, no sólo le había transmitido una enzima defectuosa, seguramente la carga genética heredada era portadora de muchos más trastornos de los que podía imaginar, entre ellos su condición de pusilánime.

Echó mano al bolsillo en busca de la llave de la puerta de acceso al cuarto de biosíntesis, que siempre llevaba consigo, y palpó un papel duro y rugoso. Seguía con los mismos pantalones, con la misma camisa, chaqueta y corbata. Luego se ocuparía de ello, sobre todo por que los lamparones de la camisa le hacían parecer, de forma cierta, al perdulario que su padre decía que era. Miró el papel y se dio cuenta que era la tarjeta profesional que le había ofrecido el señor belga raro en la recepción, el de los pececitos. Patrick De Maesschaleck, General Manager of Nutri-fish-ion. Le dio la vuelta a la tarjeta y vio que estaba escrito “call me” y un número largo, demasiado largo como para ser de Japón. Lo guardó. No podía procesar con claridad. Estaba a punto de que su cerebro se cortocircuitara.

Cuando esto le sucedía sabía que lo único que le ayudaba era volcarse en sus ensayos para mejorar el crecimiento de los microorganismos productores de los ácidos grasos tan preciados por la industria. Llevaba medio año intentando saber por qué su preparado para la industria láctea no funcionaba y mira que hacía falta en Japón. Sigue adelante Takahashi Chan, le decía su mentor.

Se volvió a refrescar la cara, roja carmesí efecto de las catecolaminas acumuladas, antes de ponerse a revisar sus notas y un nuevo recuerdo le vino como una iluminación repentina. Por fin se conectaban las neuronas. De Maesschaleck San, esto… Monsieur De Maesschaleck le había dicho que le llamase por que el subproducto que él estaba obteniendo de su síntesis era exactamente lo que necesitaba para preparar un mejunje que quería dar de comer a los peces que se estaban produciendo en medio mundo. Que era dueño de una gran empresa de nutrición y que estaba dispuesto a pagarle una suma estratosférica por la patente y que si no lo llamaba en dos días se sentiría muy ofendido y que se cagaría en su muy apreciado padre San.

El sake y esta última expresión de amor fraternal incondicional era lo que había motivado que aceptase, quería demostrar a su padre lo equivocado que estaba. Ahora lo recordaba, y recordaba la cifra que el señor belga le había enunciado que estaría dispuesto a pagar por que le licenciase la producción del subproducto. No volvería a tener necesidad de financiación y a su padre San que le diesen.

Seis meses más tarde se encontraba en Bélgica para poner a punto el reactor biológico en el que se iba a llevar a cabo la primera gran producción. Un reactor de diez mil litros escalable a más del doble si todo salía como estaba previsto. Shinosuke estaba emocionado. Monsieur De Maesschaleck estaba expectante.

El reactor no era nada singular, uno de tantos de la industria de síntesis biológica, lo que sí que era diferente era el proceso por el cual el hongo (lisérgico para más señas) perdía su capacidad alucinógena y se transmutaba en un productor de ácidos grasos de alto valor nutricional. Era necesaria una segunda fase de despachurramiento y separación en doble fracción sólido-gaseosa del ansiado producto que, tras pasar por una filtración y secado en bandeja de gel activo, producía un polvillo cristalino, fino y blanquecino que hacía las delicias de los químicos de la empresa. Era sospechosa la euforia con que lo acogieron pero ya se sabe que cuando las cosas salen bien desde un principio…

Para evitar malentendidos con las autoridades decidieron que lo mejor sería emulsionar el producto resultante en un soporte aceitoso. Fue coser y cantar. Dos días después y tras varias pruebas de afinado tenían listo el primer lote experimental de “Divine Bite Essential Oil”. Ahora necesitaban un lugar donde probarlo.

La relación de Nutri-fish-ion con Pescahito, S.A. era extraordinaria así que Monsieur De Maesschaleck hizo valer sus contactos para proponer la realización de una prueba a escala industrial con el maravilloso producto que iba a revolucionar la producción de alevines de peces marinos. Su empresa corría con todos los gastos. Esta iba a ser una prueba de verdad. Dos semanas más tarde todo estaba a punto y Shinosuke aterrizaba en el criadero de Pescahito, S.A. para validar la incorporación de su producto al proceso de producción larvario.

El primer paquete de producto envasado al vacío lo abrió el técnico encargado del cultivo de rotíferos y no se le ocurrió otra cosa que acercar su nariz para ver cómo olía, cosa que solía hacer siempre y que a nadie extrañó. La aspiración fue profunda y larga. Alzó su cara para decir que sí, que le gustaba. Volvió a sumergir su nariz, ciertamente prominente, en el paquete y se oyó otra consistente aspiración. Vaya que si le gustaba. Los ojos se le empezaron a achinar y mostrar cierta brillantez. Se rascó la nariz e hizo un gesto de contracción del cuello como si le subiera un escalofrío desde la espalda a la cabeza que alzó como si buscase algo en el techo. Se encogió de hombros y sufrió una agradable agitación.

Volcó el líquido aceitoso del paquete en el depósito con agua que había preparado y empezó a batirlo con suavidad. Se sentía bien y se dijo que era una persona afortunada por tener el trabajo que tenía y poder conocer a ese señor japonés con nombre de dibujos animados tan simpático. Le dio ganas de abrazarlo. Se contuvo.

Shinosuke observaba con detalle todo el proceso. Notó cierta relajación en los modales del técnico sobre todo cuando se le acercó sonriendo con los brazos abiertos, pero dedujo que ese señor debía sentirse bien y que sin duda era una persona afortunada por tener un trabajo tan interesante. Menos mal que se había contenido. Sin duda debía tener un padre maravilloso que desde joven le habría mostrado todo su apoyo y cariño.

El técnico, haciendo uso de movimientos etéreos y graciosos, volcó el preparado en un tanque lleno de rotíferos y dirigiéndose a Shinosuke le dijo: “Ñam, ñam litel fis”.

Shinosuke no entendía por qué ese señor hablaba tan raro pero asintió y le sonrió. Seguro que era bebedor como él.

Dos horas más tarde el tanque con los rotíferos enriquecidos con el “Divine Bite Essential Oil” se estaba recolectando para poderlo trasladar a la zona de cultivo de larvas que, ansiosas, esperaban su primera comida. Con una jarra de litro y mucho cuidado, la responsable de cultivo larvario, una becaría que un año atrás había maravillado por sus extraordinarias dotes y capacidades, empezó a distribuir el alimento ante cuatro ojos atentos. Dos, muy abiertos y expectantes, eran propiedad de Shinosuke que no perdía detalle y los otros dos, extraordinariamente abiertos y brillantes, eran propiedad del técnico que no se separaba ni a sol ni sombra del japonés.

El líquido inició un proceso de expansión por la superficie del tanque y las primeras larvas empezaron a picotear. En poco tiempo todas las larvas habían subido a la superficie y mordían como locas a los rotíferos bañados en el producto milagroso en mitad de la nube provocada por su actividad. Sin embargo, se quedaron asombrados al observar cómo saltaban fuera del tanque al tiempo que se operaba un ligero cambio en su ojitos, ya de por sí brillantes y ahora color rubí.

Se miraron los tres sorprendidos. La responsable del cultivo le dijo que algo no iba bien. El técnico de alimento vivo dijo que él se sentía muy pero que muy bien. Shinosuke no sabía qué era lo que pasaba y por qué las larvas no estaban bien y en cambio el señor que no se despegaba de él sí. La responsable del cultivo le dijo que los peces estaban como ciegos. Como yo, dijo el técnico de alimento vivo. No, como tú, no. Está claro que no ven, no hay manera que atinen a una sola presa viva y saltan porque creen que el alimento está fuera y no dentro del tanque, dijo la responsable del cultivo. Siii… es verdad yo también lo veo, dijo el técnico de alimento vivo.

Se recogieron diferentes muestras de las larvas y del rotífero, del agua del tanque y del producto antes y después de la emulsión y por si acaso se le hizo un análisis de sangre al técnico de alimento vivo y también de orina, que se empeñó, que es que tenía mucha gana. Shinosuke se dijo que sin duda era bebedor y que tendría compañero para la noche, que también le estaba cogiendo cariño.

Shinosuke Takahashi no se hizo rico por las regalías procedentes de la licencia de su subproducto que había adquirido Monsieur De Maesschaleck, quien a punto estuvo de arruinarse. Shinosuke se forró con la venta de hongos “Divine Bite” como sustancias psicotrópicas entre los jóvenes japoneses aprovechando el vacío legal que rodeaba a su venta y consumo.

Takahashi San no sentía vergüenza de su hijo, pero sí resignación por el hecho de ser un borracho drogadicto que iba siempre acompañado de un señor de nariz prominente y ojos vidriosos. Así que resignado pensó que no se puede tener todo en esta vida pero tenía que reconocer que estaba rico ese “Divine Bite”. No, si al final su hijo...