Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

lunes, 29 de febrero de 2016

El viaje a ninguna parte

Ilustración: The Ironman Susón Aguilera
Johnny aparca su coche en la explanada frente al bar de diario, el de las cervezas, y se apea con la intención decidida de encaramarse a la escalera de acceso. Le grito haciéndome ver. Gira ligeramente la cabeza y deja el pie izquierdo apoyado en el primer escalón de acceso al bar. Parece dudar. Imagino que está valorando la posibilidad de dar el siguiente paso y olvidarse para siempre del viaje que tenemos planeado.

Pensé que no llegabas e iba a tomar un café mientras. Fue su respuesta al ver que efectivamente era yo y no un fantasma. Bueno, mejor nos vamos que el viaje es largo y ya vamos con algo de retraso, le dije en un intento de abstraerlo de lo que sin duda iba a ser un imposible si llegaba a cruzar la puerta de su Shangri-La diario. Bien, bien cuando quieras. 

Todavía echó la vista atrás un par de veces mientras nos dirigíamos a su coche y se podía apreciar como pasaba la lengua sobre sus labios una y otra vez como si intentase recordar ocultos placeres que ahora quedaban a sus espaldas. Era pronto, demasiado pronto, para empezar a degustar alguna que otra Estrella, su preferida. Lo del café, la excusa de siempre.



Yo llevaba mi bolsita de viaje. Poco más que un afiche del tamaño de un maletín de médico de pueblo. Un alarde de diseño que contenía lo justo para cinco días. Tal vez yo fuese un tanto espartano y considerase que con un par de mudas, dos camisas y lo elemental para el aseo diario era más que suficiente, ya que ante una urgencia siempre existía la posibilidad de un lavado de urgencia en el lavabo del hotel o de dónde cayésemos, que eso nunca se sabía.

No es que fuese de los de dar vuelta los calcetines o calzoncillos y así hacerlos durar el doble, ciertamente no, pero un enjuagón hacía milagros. Las camisas eran de lo más sufrido, así que por ahí nunca había problema y los pantalones, unos vaqueros a prueba de bombas capaces de resistir un mes en las peores condiciones. Tampoco íbamos de vacaciones. Nuestro objetivo era ir a buscar un lote de huevos de rodaballo en la Isla de Man. Así que con ir aseado y ligero, suficiente.

Me llamó la atención que Johnny fuese con las botas de agua. Generalmente las llevaba, pero siempre en horas de trabajo y en estos momentos lo que teníamos por delante era un viaje. No es que fuese del todo inusual que se olvidase quitárselas y fuera con ellas a casa. Pensé que eso era lo que había sucedido el día anterior y que en el coche llevaría el calzado de recambio.

Entramos en su vehículo y no hizo ademán de cambiarse nada, bueno tampoco era tan raro, seguro que al llegar al aeropuerto. Llegamos. Aparcamos y nos disponemos a ir hacia el embarque. Johnny, ¿no llevas nada? Pregunté iluso, ya que sabía la respuesta. Claro, dijo, lo llevo todo en la cazadora. 

Pero hombre, que nos vamos por cinco días y recuerda que vamos a estar metidos en harina, esto…, digo, en el agua. Dije. Sin problemas comentó, no ves que ya llevo las botas, por cierto ¿y las tuyas? Johnny, que seguro que nos dejan unas, les respondí. Ve tú a saber que botas nos van a dejar y quién ha metido los pies en ellas. Su respuesta, habitual, no dejaba de ser de una evidencia exagerada pero es que siempre era igual. Al menos, alguien como tú, le respondí. Ah, eso yo no lo sé, dijo y se echó mano a los bolsillos de su cazadora. Palpaba de un sitio a otro y yo temiéndome lo peor. Seguro que te has dejado el pasaporte, le observé. Que no, que lo llevo en el bolsillo trasero, lo sacó y sí allí estaba. En un estado lamentable pero allí estaba.

Estaba mirando si llevaba todo lo necesario, dijo. ¿Cómo? Pregunté un tanto descolocado. Sí, mira. Introdujo su mano en el bolsillo interior derecho y sacó un cepillo de dientes y medio bote de dentífrico arrugado. Volvió a guardarlo. Ahora se dirigió al bolsillo interior izquierdo y sacó unos calzoncillos. Ajá, menos mal que esta vez son limpios, dijo sonriendo. Yo puse cara de ¡Dios mío! Tranquilo, me dijo que aquí, señalando su bolsillo lateral derecho, tengo unos calcetines y en el otro, señalando el izquierdo, una camiseta.

¿Qué? ¿Vamos? Preguntó dirigiéndose a la incrédula estatua que lo miraba. Tanto asumí el papel de marmórea composición que ni palabras me salieron.

Por suerte el aeropuerto de salida era apenas un chamizo en el que la puerta de embarque iba a dar directamente a la de entrada del avión y los trámites de embarque se circunscribieron a enseñar la tarjeta y pasar por el arco, o al revés, para dar directamente a la puerta de pista y a unos diez metros de la escalera. Obviamente le hicieron quitarse las botas, por si acaso. Me lo temía, no llevaba calcetines. Los limpios son para la vuelta, me dijo. Yo asentí, claro, claro, cómo no se me había ocurrido. No se las volvió a poner y accedió directamente al avión descalzo y con las botas en la mano.

Hagamos un alto. Ya que en la explicación de su compostura hemos dejado de mencionar el curioso hecho de que la cazadora tenía el aspecto de haber participado en varias guerras, hasta tal punto que es probable que procediese de algún escamote de la primera guerra mundial y que, debido a la entropía reinante en el universo, acabase de alguna forma inimaginable en el mercadillo que solía regentar su padre allá en su tierra natal. Tal vez coincidiera, en la época de su loca juventud, la de su padre, digo, que un arrebato inimaginable le hiciera enamorarse de tan curiosa prenda. La mantuvo como oro en paño desde los veinte a casi los cincuenta años, momento en que decidió dejársela en herencia a su primogénito. De esto habían pasado ya unos treinta años. Hacía unos cincuenta años que la prenda ya había sobrepasado la consideración de artículo vintage.

Aun y con todo mantenía cierta compostura y si no fuera por algunos jirones laterales, remendados con parches procedentes de otras prendas similares se diría que incluso iba a la moda. Por cierto uno de los parches principales que remendaba todo el lateral izquierdo y parte de la espalda era la famosa imagen del álbum Piece of Mind de Iron Maiden que dio lugar al single “The Trooper”. Espectacular.

Justamente eso es lo que debió pensar la azafata al darnos la bienvenida ¡Vaya tropa!

Para ser franco y poner las cosas en su sitio y no dar el protagonismo exclusivamente a mi colega, he de decir que yo hacía de buen telonero. Con mejor planta, que todo hay que decirlo, calzoncillos y calcetines, que sí que los llevaba puestos y mi cazadora preferida. Herencia tardía de mi hermano mayor a la que por color y compostura bautizamos en casa como “El gargajo”. Esta prenda podría haber cumplido con las mismas prestaciones que la de Johnny, pero como bien queda dicho, yo, por pudor y respeto a mis progenitores, y consecuencia de una educación esmerada y respeto al resto de la humanidad hacía uso de una pequeña y útil maleta. Que todavía hay clases.

Nos dirigimos a nuestros asientos. Curiosamente y aunque teníamos asignados asientos diferentes más bien hacia la zona media y el avión iba medio vacío, la azafata, amablemente nos invitó a sentarnos delante, el embarque y la salida era por la puerta trasera, y colocarnos un tanto separados del resto del pasaje. ¡Qué amabilidad! Nos dijimos entre nosotros. La verdad es que no entendimos muy bien los cuchicheos de las auxiliares de vuelo ni el juego que hacían con unas pajitas, ni la cara de desconsuelo que puso la auxiliar que al parecer le toco atendernos. La de cosas raras que pasan en los aviones.

Johnny llamó a la auxiliar. Señorita, unas cervezas, por favor. La auxiliar, muy amablemente y con la cara descompuesta, nos dijo, lo siento señores pero todavía no hemos hecho el despegue y ya saben ustedes que… Pero si vamos en primera, dijo Johnny y yo asentí medio muriéndome de vergüenza pues aunque lo deseaba no me atrevía a decirlo. Maldita educación religiosa.

La auxiliar, cara de circunstancias y accediendo a soportar el peso divino que acababa de caerle encima, vio que la opción de negarse podría entrañar cierto riesgo. Dos cervecitas. ¡Qué gusto! ¿Y los cacahuetes?, pregunté. Los trajo. Gracias. De nada. ¿Y las patatas? Las trajo. Gracias. De nada. ¿Otra cerveza? La salvó la campana en forma de mensaje del comandante diciendo prepárense para despegar.

El vuelo, de apenas tres horas, dio para mucho y no hay que alardear pero creo que dejamos huella en la azafata que hasta lloró al despedirnos. No entendimos muy bien por qué con tanto desconsuelo y si realmente lo que nos decía era adiós o es que el dedo se le quedó rígido por algún mal gesto.

Llovía a cántaros. Como sólo sabe hacerlo en los aeropuertos de medio pelo del mar interior de la Gran Bretaña. Johnny miró al exterior al llegar a la puerta y decidió que era el momento de calzarse las botas de agua, que mejor uso que este, dijo. Cierto, asentí. ¿Los calcetines? Luego.

Fue curioso, pero nada más llegar sentimos que no éramos los únicos amantes de tan curiosa prenda de vestir, véase cazadora, sino que todo el hall del aeropuerto estaba lleno de personas que parecían ir o venir de las pruebas clasificatorias de un premio de Moto GP.

Nos esperaban. Hola, bienvenidos. Hola. ¿Una cerveza? Venga. ¿Otra? Bueno. Ese día no cuenta. Para mí que la levadura que contiene la cerveza me provoca un cierto déjà-vu. A Johnny simplemente le da por mear en cualquier sitio.

Despertarse no fue fácil, pero a las ocho en punto ya estábamos camino de la planta de producción, la gloriosa Mannin Sea Farm. Nada más llegar nos pusimos manos a la obra, nunca mejor dicho. Ahí están, fue la respuesta del responsable. Así que empezamos a revisar una a una las casi trescientas hembras de rodaballo que debían proporcionarnos el preciado lote de huevos que habíamos ido a buscar. ¿Unas botas? Pregunté e imploré, aquello era un fangal. No tenemos, fue su respuesta. Johnny soltó una carcajada. Yo miré a los pies de mi interlocutor y vi que calzaba unas magníficas botas. Dio un paso atrás como encendiéndose. Creo que pensó que lo iba a descalzar allí mismo. Espera, me dijo. Dio media vuelta y se fue andando hacia un almacén. Johnny seguía riendo. Vas a ver tú. Vaya que si lo vi. Venía con unas botas que seguramente debían haber pertenecido al mismo soldado de la primera guerra mundial y propietarios de la cazadora del padre de Johnny.

Mejor eso que nada, así que me las puse. Noté un frío glaciar en los dedos de los pies, posiblemente por que debían haber permanecido una suerte de permafrost en el almacén en los últimos cincuenta años. Con el frío no notaba el agua. Menos mal.

La temperatura del agua estaba ideal, ocho grados. Las manos, al cabo de un par de horas, insensibles. Los peces poco colaboradores. Paramos. Un café caliente obró maravillas. Decidimos empezar de nuevo. Johnny, dije, creo que esto no es muy buena idea. Este lote de reproductores está muy retrasado y… De acuerdo, ¿unas cervezas? Vale. Ahí acabó la jornada. El colega se nos unió. Yo no me quité las botas, faltaría más, ahora que las había atemperado.

La tarde transcurrió tranquila. Sentados en el bar del hotel con unas cervezas en la mano y viendo pasar motos y más motos. Qué pasión, si esta isla es una viaje a ninguna parte.
Amaneció y con los primeros rayos del día un alud de motoristas salió del hotel. Nos miramos extrañados. Camino a la planta le preguntamos a nuestro colega que por qué nos había tenido, el día anterior, más de dos horas revisando unas hembras que apenas si habían empezado a entrar en madurez. No lo sé, fue su respuesta. Bien.

Empezamos a echar un vistazo a un nuevo lote. Genial. Se encontraban perfectamente hidratadas, bien maduritas y a punto. Bastó con sacarlas del agua y colocarlas sobre la mesa para que empezaran a emitir un flujo continuado de huevos limpios, transparentes, perfectos y en cantidad considerable. Dos, tres, cuatro, cinco… y así hasta ocho magníficas ponedoras que nos proporcionaron casi cuatro litros de huevos que manteníamos como oro en paño en un acuario. Mientras yo los limpiaba y separaba alguna suciedad, que no siempre están bien ayunadas y algún que otro zurullo se les escapa, Johnny estaba seleccionando unos cuantos machos. Hubo suerte. Estaban fluyentes, casi deseando que se les ayudase a solventar ese trámite saciador que es consecuencia de las ganas aguantadas. Fluyo esperma a raudales, aquello era una orgía. Con mano de cirujano separamos la parte no contaminada de orina y procedimos a ser dioses. Fecundamos los cuatro litros de huevos. Al cabo de un minuto los huevos fecundados empezaron a flotar separándose de aquellos inanes. Extraje de mi maletín el tubo succionador y le coloqué la manguerita. Lo introduje hasta el fondo y pegué un chupetón. En ese mismo momento Johnny me preguntó no sé qué, me despisté y acabé con la boca lleva de huevos pasados y agua de mar sucia. Escupí. ¿Es que nunca aprendes? Dijo Johnny.

Después de dos o tres enjuagues continué con el proceso de limpieza. La brillantez de los huevos fecundados apuntando ya las primeras divisiones celulares nos hizo sentir una alegría inconmensurable. Ahora teníamos por delante apenas unas veinticuatro horas antes de llegar a nuestro destino con el preciado cargamento. Pero antes los desinfectamos y volvimos a limpiar con el cariño que se procesa a un bebe de días. Sólo nos faltó ponerles polvos de talco.

Los trasladamos a cuatros contenedores con agua limpia y esterilizada. Tamponamos para evitar sustos. Un poco de oxígeno y un abrazo de despedida. Nos vemos. Vale. Adiós. Vale.

Llegamos al aeropuerto. Seguíamos con la misma ropa y con la misma pinta. Bueno hay que decir que yo también llevaba las botas de agua. Con las prisas me las había dejado puestas y ya no era cosa de cambiarse.  Me di cuenta que para estos viajes no hacen falta alforjas. Con que una cazadora tenga bolsillos es más que suficiente. Me sorprendió el hecho que en ese mismo momento, justo antes de facturar los paquetes, Johnny sacó sus calcetines y se los puso. Le miré extrañado. No dijo nada. Yo no le pregunté. Hice lo propio, pero en mi caso me los cambié por unos limpios. No sé cómo explicarlo pero era como si… no sé, como si algo mágico estuviese sucediendo. Johnny asintió y me di cuenta que también tenía la misma sensación. 

Nuestro aspecto era como de vuelta de una guerra. Entramos en el avión y de inmediato vimos a la misma auxiliar de vuelo. La saludamos y le saltaron lágrimas de la emoción.