Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

20 grandes éxitos patológicos

Ilustración: El bichoquevinodelpasado Susón Aguilera
En septiembre de 1981 Volkswagen lanzó al mercado su modelo Polo “Oxford”. Lo equipó con motores 1.0 que desplegaban unos extraordinarios 40 caballos capaces de hacer volar a este vehículo hasta los 135 km/h, un suicidio. Pero no importaba en demasía ya que fue una serie especial que, en cierta manera, rememoraba lo que podría ser un coche funerario para gente de talla media tirando a pequeña, vamos compacta. Por lo que venía preparado para cumplir la función adicional caso que el evento anteriormente referido, es decir la insensatez de probar si efectivamente el velocímetro llegaba a los 135 km, se diera y el fatal desenlace se produjera. Claro, caso que el coche quedase en condiciones adecuadas para el transporte digno de las exequias.
Disponía de un equipamiento de verdadero lujo. Asientos anatómicos (eso decían en la publicidad, aunque imagino que hacían referencia al muerto que se podía llevar detrás sin problemas, si los asientos hubiesen sido totalmente reclinables) recubiertos de una elegante tela “Príncipe de Gales”.
En su maravilloso interior destacaba un cuentakilómetros parcial que fue pionero, sistema de encendido de cigarrillos (un mechero convencional, vamos), reloj de cuarzo (qué pasada) y ah, eso sí que era equipamiento, un radiocasete Pioneer que hacía que la música sonase celestial a través de los dos altavoces delanteros, tal vez un tanto ronca y disonante, tal vez, pero ¿acaso se necesitaba algo más?