Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Mariví

Ilustración: El fastuoso Susón Aguilera. 
Mariví era la niña de nuestros ojos. Una rodaballa de 20 kilos de peso y cerca de 25 años de edad. Es posible que incluso fuera más vieja ya que a los 15 años del registro oficial de la planta había que añadirle unos 4 o 5 pasados en un vivero al que llegó contando ya con unos hermosos 8 kilos de peso. De haber dispuesto de escamas, cosa de la que carece esta especie, tal vez podríamos haber hecho una aproximación más exacta. Descartamos la obtención de su otolito ya que no era tanto el valor real de su edad como el hecho de mantenerla vivita y coleando y vaya si coleaba.
Mariví era una rodaballa excepcional. En los últimos 10 años no había dejado, ni un solo año, de poner huevos de una calidad excelente y con una predisposición y regularidad que ya quisieran los vendedores de relojes suizos para promocionarse.
Mariví era una rodaballa estelar. Era la estrella de un gran proyecto de investigación europeo que tenía como objetivo la regeneración del estoc de reproductores existente en las plantas de producción y de esta forma ayudar a sentar las bases de la consolidación industrial de la producción de rodaballo.
Mariví era una rodaballa única. Porque no existía en toda Europa otra similar en cuanto a tamaño, color, capacidad ponedora, disciplina, solvencia, mansedumbre… y porque la teníamos nosotros.
Mariví era una rodaballa preciosa. Tenía unos ojazos...

El proyecto europeo dio en titularse GmYED, acrónimo de “Give me Your Eggs, Darling” y participaban seis de los más reputados centros de investigación en genética de peces marinos. Verdaderos expertos en la asignación de parentesco y revolucionarios en cuanto al uso de nuevas tecnologías como las sondas de ADN.
Nuestro socio en el proyecto era el Servicio de Diagnóstico Genético de la Facultad de Medicina de la Universidad de Uvieurias.
Nosotros no creíamos que fuese posible asignar parentesco con los niveles de acierto que nos aseguraban. Decidimos engañarlos.
No es que en nuestro espíritu estuviese el engañarlos sin más por afán de fastidio o dejar en entredicho a un grupo de reputados investigadores, ni mucho menos, sencillamente no teníamos ni idea y estábamos seguros que ellos tampoco. Algo así como el síndrome del que lo cree saber todo y apenas si sabe lo que sabe aunque cree que es el que más sabe. Cosas de la juventud que en la mayoría de las ocasiones acaba curándose con el tiempo.
Como hemos dicho teníamos poca idea de qué iba esto. Así que contactamos con el responsable del proyecto en la Universidad de Uvieurias y con la excusa de definir adecuadamente los objetivos del proyecto, no fuera el caso que por un malentendido la liásemos, que ya se sabe cómo somos los piscicultores cuando de ciencia se trata, que ya se sabe, le pedimos una reunión. En realidad íbamos con el objetivo de aprender lo máximo en el menor tiempo posible, cosa del todo imposible pero que por probar no quedase.
Resulta del todo revelador, y chocante para los científicos, que la industria vaya a la puerta de la universidad a decir que no sabe y que por favor se le enseñe. Es posible que esta declaración de finales, ya que principios no hubo, tenga un efecto multiplicador en el ego de los científicos que, tras años de intentar adoctrinar a cazurros estudiantes, ven recompensada su existencia con este acto de humildad. ¡Si hubieran hecho caso!
Este regalo divino debe aprovecharse y vaya si se aprovechó. No sabemos quién lo disfrutó más pero las cerca de seis horas de clase magistral impartida a título privado, y tal vez con algo de revanchismo por los muchos años esperando una oportunidad así, fueron realmente eso, magistrales.
No podemos decir que saliéramos hechos unos expertos genetistas. El dolor de cabeza era tal que nos hacía del todo inviable ser capaces de ligar un par de conceptos y encontrar sentido a la unión de los conocimientos recién adquiridos. Pero lo cierto es que donde hubo algo quedó y rascando, rascando y con ayuda del “maestro O’zæntonio” acabamos componiendo una idea etérea y un tanto desestructurada de lo que se esperaba de este proyecto.
Resultaba evidente que con la ayuda de Mariví lo conseguiríamos.
El objetivo primordial era la validación de una nueva técnica de asignación parental basada en la recolección de material genético procedente de los huevos. De los de los peces, claro. De esta forma se podría determinar y estructurar la manera en la que los reproductores contribuían a la generación de cohortes, esto… que quién participaba y quién no. Y no sólo eso, se pretendía realizar un mapa de la conformación y origen de los lotes de reproductores de rodaballo existentes en las principales granjas europeas.
Cada una de las empresas participantes tenía que establecer un grupo de reproductores “top ten” que debía estar constituido por los que consideraban sus mejores “donantes” y realizar cruces individuales de forma que cada macho fecundase una puesta de cada hembra. Vamos un proyecto orgiástico donde los haya. Ya quisiera la industria del porno disponer de una cantera similar. Igual sí que la tiene. Bah.
Qué mejor que Mariví.
Hagamos un alto. Seis horas no es que sean gran cosa, cierto. Pero desde luego tuvieron un efecto mayor que el curso completo de genética que hacía más de diez años que habíamos hecho y que había quedado en el olvido. Los conceptos proporcionados nos ayudaron a entender que debíamos ser especialmente cautos y descreídos, que esta gente debía ganarse nuestra confianza a pulso y demostrarnos que la ciencia no era ficción. Parece que finalmente no es que nos convenciesen demasiado, ya. A lo mejor es que tampoco lo entendimos porque llegamos a la conclusión que si nuestro “top ten” estaba constituido por Mariví y el resto de machos comparsa, qué mejor que hacer un grupo único y cruzar a nuestra estrella con todos los machos disponibles. Total, si era lo que siempre pasaba.
Volvamos a encauzar la historia. En el mundo de la contribución masculina, de la que ya se ha hablado cumplidamente en otras Historias, sea por inapetencia, sea por cansancio, sea por vergüenza, sea porque la Viagra todavía no era una realidad comercial, sea por lo que fuere, el día elegido nos encontramos con que sólo uno de los machos, un jovenzuelo precoz y por lo tanto necesitado, quiso contribuir y lo hizo alegremente, con abundancia, sin recato ni reparo. Puesto que Mariví había hecho lo propio, no podía esperarse otra cosa, nos encontramos con casi un litro de huevos de calidad excepcional y esperma para fecundar a media población mundial de rodaballos.
Lo que habíamos entendido y lo que sin duda era lo que tenía que pasar.
Total que hicimos diversos grupos con los ovocitos y fuimos fecundándolos con el único esperma disponible. Como no todo era ponerlo fácil, que ya lo hemos dicho, utilizamos una numeración correlativa y totalmente inventada como si de varias hembras y machos se tratase. Por si acaso.
Aplicamos el procedimiento de conservación que nos habían facilitado y preparamos el paquete para ser enviado. Con un par.
Gracias a Mariví y el generoso contribuyente inesperado salvamos una compleja situación quedando como verdaderos profesionales.
Desde la universidad nos dieron las gracias por la magnífica contribución y que ya nos informarían de los progresos, que así daba gusto.
Pasaron unos meses.
Una llamada telefónica.
-        De la Universidad de Uvieurias, un tal “maestro O’zæntonio”. De genética.
-        Ah, vale. Ya lo atiendo ¿me lo pasas?
-        ¿Sí?
-        Veamos cómo lo explico…
Mal empezamos, pensamos.
-        … que vemos cosas raras en las muestras que nos habéis enviado para el proyecto GmYED.
-        Ya, ¿y?
-        Que lo que sale es muy raro.
-        Ya, ¿y?
-        Que no lo entendemos.
-        Ya, ¿y…? ¿Qué es lo que no entendéis?
-        Los resultados
Muy mal continuamos, afirmamos.
-        Pues… respecto a los resultados poco os podemos ayudar.
-        No, estooo, sí, que sí que ya lo sabemos que no nos podéis ayudar, pero al menos si nos explicáis un poco cómo lo habéis hecho, al menos…
-        Pues… como nos dijisteis.
-        ¿Tal cual?
-        Sí, tal cual.
-        ¿Igual, igual?
-        Un macho y una hembra, uno a una.
-        Uno a una. Ya. ¿seguros?
-        Y tan seguros.
-        Pero…
-        ¿Qué?
-        Que todos salen que son los mismos. No, quiero decir que todos salen que son hermanos de padre y madre. Pero esto no puede ser porque…
-        Esto…
-        ¿Qué?
-        Que a lo mejor sí que puede ser.
-        ¿Cómo?
-        Que sí que puede ser.
-        Pero, ¿cómo?
-        Pues que pasa cuando todos son hermanos.
¡Joder! ¡Qué buenos que son estos tíos! Pensamos pero no lo dijimos.
-        Eso ya lo sabemos, pero es que no puede ser porque…
-        Que sí, que es así.
-        ¿Esto…? No acabamos de entender nada.
Se lo explicamos con detalle. Tras unos segundos de silencio se oyó al otro lado del teléfono…
-        ¡Serán cabrones!
Lo éramos.