Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

lunes, 18 de mayo de 2015

Las fuerzas aéreas

Ilustración: "A Piece of Monster" Susón Aguilera 
Yannis Pratzis estaba desesperado. Los malditos reproductores habían dejado de poner huevos. Ni un sólo puto huevo en tres semanas. Los nervios empezaban a aflorar y la tensión se mascaba. De seguir así el desastre estaría servido y el caos se apoderaría en breve del equipo. Aparecería el jodido descontento y el desánimo vendría a los pocos días. Alguien, algún cabrón desesperado, acabaría en el despacho del gerente hablando de la torpeza de su Director de Producción, contándole lo inepto que era y que con otro técnico estas cosas seguro que no habrían llegado a suceder.
Y el puto avión de los cojones que no paraba.

Estaban acostumbrados a las maniobras militares. Ayudaba el hecho que la planta se encontrase en terreno propiedad de la armada. Eso es algo que nunca llegó a explicarse ¿cómo era posible que el gilipollas de Katriboutzadikis tuviese tanta mamo con los del gobierno para conseguir lo que conseguía?
La instalación se encontraba en una zona privilegiada con una calidad de agua excepcional y sin nadie que los molestases en más de 50 millas a la redonda. Bueno, nadie, nadie... no es que fuese una expresión adecuada. Los aviones despegaban a apenas 300 metros y pasaban tan cerca del techo que hasta se movían los tejados. El reflejo de bajar la cabeza como si fuesen a despeinarlos se había convertido en un desagradable hábito, casi un tic irreprimible que se hacía de forma involuntaria. Por más que pasara varias veces al día, jamás se acostumbraban. Pero lo peor era el tremendo ruido de los motores a reacción en el momento de iniciar el despegue, cuando la potencia suministrada al aparato para elevarse era máxima.
Putos nuevos aviones suministrados por la OTAN para defender no sé qué coño de terreno de exclusión aérea.
Allí, que no había ni Dios y que la isla más cercana se encontraba a casi... Ni se acordaba. Perdida en dirección sureste. Allí, que lo más próximo al conflicto armado era cuando los pescadores locales protestaban con cara de mala hostia ante las autoridades militares cada vez que se iniciaban las maniobras y los echaban de la zona. Allí, dónde la llegada de los transportistas, una vez cada quince días, era el acontecimiento más importante. Allí, dónde de vez en cuando algunos de los militares de la patrulla de guardia se colaban en la planta para ver a los peces y preguntar si podían darles de comer. Allí, en aquel puto sitio.
Allí llevaban 5 años y nunca había pasado nada similar. En realidad nunca había  pasado nada.
Que ni él ni su equipo eran un ejemplo de organización era algo que se evidenciaba en cada detalle de la instalación. Vamos que la palabra desorden era la más amable que podría decirse y que si hubiera que utilizar un eufemismo adecuado pero nada exagerado “que era un puto caos”. Esta era la expresión más habitual que Yannis usaba cada mañana, tanto que nadie hacia caso.
-Buenos días. Joder que puto caos. Siempre igual. ¡Coño! Algún día habrá que hacer algo. Cojones. Ya veréis como…Venga, al menos ordenar un poco ese almacén, cagondiós. Esa artemia, sácala de ahí, no ves que le está cayendo agua encima. ¿Cómo? ¿Qué no es agua? No me jodas Kostas.
No es que Yannis fuese un maleducado y que careciese de la más elemental cortesía, al contrario tenía un postgrado en acuicultura y había completado dos másteres uno en gestión empresarial y otro en recursos humanos. Se le consideraba como uno de los mejores técnicos de su promoción. Cuatro años atrás, cuando el cabrón de Katriboutzadikis lo contrató, ofuscándole con un sueldo de mareo, era una de las mejores promesas de todo el Mediterráneo. Ganaba mucho dinero, cierto, pero no lo disfrutaba en absoluto. Tras todo ese tiempo en una parcela en mitad de la nada, con la pandilla de descerebrados, que según él, tenía y con los aviones sobrevolando día y noche, no había lugar para mariconadas, tal y como le gustaba decir. Ya habría ocasión para los placeres de la vida. Vida a la que él había renunciado.
Pero las cosas funcionaban relativamente bien. La producción había salido casi sin esfuerzo en los últimos cuatro años y como todo era tan fácil y placentero, para qué hacer más. Que las cosas (porque efectivamente ya eran más cosas que instalaciones) se habían ido deteriorando (se rió, estaban de puta pena) era evidente. Tampoco le extrañaba a nadie porque el efecto de la alta salinidad acompañado de la intemperie por no poder construir nada sólido en los terrenos propiedad del ejército, junto con la prohibición de colocar algo que pudiera distraer a los pilotos o que sirviese como indicativo a un posible ataque enemigo, impedían acometer mejoras.
Mejoras, ah. Una palabra que ya habían olvidado desde el día siguiente a la inauguración. Lo recordaba bien,  Katriboutzadikis (la única vez que había ido), el General responsable de la base y el cura ortodoxo que no tenía nada de esto último.  Nadie más. Sólo el equipo de producción. Quince almas perdidas.
Les dijeron, ahí lo tenéis, queremos que saquéis 10 millones de alevines todos los años. Dijeron que sí, que vale. Y la verdad es que los produjeron sin problemas. No tenían nada más que hacer.
Con aviones y sin aviones, con más o menos ruido, con más o menos maniobras militares, con más o menos soldados de guardia y con más que menos decrepitud en las instalaciones. Instalaciones que  en este quinto año empezaban a caerse a pedazos.
Pero qué más necesitan los peces para ser felices que una puta excelente agua de pozo natural a apenas 10 metros de la costa. Agua que manaba de un pozo perforado por la acción erosiva de ese mar maravilloso durante siglos y que se hundía en una falla efecto de una zona de acción geotérmica que hacía que la temperatura del agua estuviera constante en los 20ºC. Por más estudios que habían hecho y se hicieron muchos, el agua presentaba un equilibrio maravilloso de micronutrientes en un caldo donde hasta las bacterias que aparecían eran buenas, tanto que equilibraban de forma excepcional las condiciones del cultivo. A todas estas condiciones simpares le acompañaba un fenómeno natural que maravillaba a todo el que lo veía.
Una entrada natural al pozo, en forma de oquedad perpendicular, generaba un efecto venturi que aspiraba sin parar una cantidad ingente de aire que se mezclaba de forma inexplicable, posibilitando la oxigenación y consiguiendo niveles de saturación que ni el más sofisticado de los equipos de inyección de oxígeno proporcionaban. Tal era la eficiencia que tenía que estar controlando porque era habitual que el oxígeno suministrado fuese en exceso, jamás en defecto. Pero bastaba con abrir más o menos la llave de seguridad para evitar ningún desastre.
Era una ubicación única en el mundo. Era el paraíso del acuicultor. Era el lugar elegido de los dioses. Era el lugar en el que en Katriboutzadikis se había fijado y que seguramente había conseguido pelándose el culo en los diferentes ministerios. Puto Katriboutzadikis, jodido genio.
Se estaba forrando seguro.
Yannis no había conocido instalación que con menos inversión y esfuerzo consiguiese unos resultados tan espectaculares. Era como tener un puto mar inmaculado a tu disposición sin ningún depredador ni contaminante.
Era tan rica que el fitoplancton crecía solo. Era tan rico que echando un par de rotíferos en uno de los tanques a los pocos días tenían un superbloom de calidad sin igual, era tan rico que...
Putos reproductores. Por qué coño ahora les había dado por parar de poner. Si estaban de cojones. Si tenían un agua tan buena que tan sólo con beberla engordaban. Si es que era tan buena que hasta era capaz de reducir las heces. Si es que...
Putos aviones otra vez.
Yannis hizo el gesto habitual de agachar la cabeza y casi se da con el muro del tanque de los reproductores, casi de deja un par de dientes. De hecho se sorprendió ya que ni sabía que esos tanques fuesen de obra civil, se sorprendió tanto porque era la primera vez que iba a esa zona en los cinco años que estaba en la instalación.
Y se sorprendió, sobre todo, por el desastre con el que se topó. Allí donde una vez hubo paredes ahora sólo quedaban unos ladrillos, allí donde hubo una estructura sólida ahora salían chorros de agua que se iban tapando con una brea que probablemente fuese desecho de alguna aplicación de la base. Allí donde una vez hubo un techado de plástico, con malla anti pájaros y reforzada para evitar la terrible insolación, ahora había cuatro alambres herrumbrosos en los que se veía una procesión de tétanos.
Pero sobre todo allí donde había unos reproductores lustrosos, magníficos, con una coloración y aspecto que habría hecho las delicias de cualquier centro de mejora genética y que eran la envidia de todos los técnicos que los visitaban, se encontró con unos peces ennegrecidos, nerviosos, tremendamente estresados y con heridas en cola y lomo.
El puto avión de nuevo. Les pasó rozando, se movieron hasta los alambre oxidados, de nuevo el acto reflejo de bajar la cabeza y pudo ver la larga sombra de la aeronave proyectada atravesando el tanque. Los peces salieron disparados hacia todos los lados, huyendo de ese espectro tenebroso. Chocaron unos contra otros, chocaron contra las paredes, hasta saltaron fuera del agua y se golpearon con los alambres. Uno volvió a entrar en el agua con un hilillo de sangre que manaba de su aleta dorsal.
Pasaron unos segundos, pasaron unos minutos y los peces seguían en la parte más profunda del tanque apretujados unos contra otros. Inmóviles pero respirando profusamente y con cierta aceleración. Los arcos branquiales se desplegaban como si estuviesen a punto de exhalar su último aliento.
Yannis, no se lo pensó dos veces. Llamó a gritos a los de su equipo que remoloneaban alrededor de la planta. Vinieron, esa vez sí, como si el diablo les persiguiese. Yannis les indicó que fuesen a buscar los toldos de camuflaje que tenían los de la nave para tapar a los aviones en caso de emergencia, les decían. ¿Qué más emergencia que esa?
Rápidamente habilitaron una estructura en forma de haima y desplazaron con cuidado el toldo por encima de este tanque y de los cuatro que más allá había. Estaban desentrenados, llevaban mucho tiempo sin hacer nada de provecho, pero donde hubo quedó y Kostas, al mando de la panda de desarrapados, hizo un trabajo digno de la mejor brigada de zapadores de cualquier ejército.
Pasaron un par de horas y los peces fueron volviendo poco a poco a la normalidad. Empezaron a desplegarse por todo el tanque y la natación se volvió circular y animada.
Pasó otro puto avión. Se movió el todo. Los peces ni se inmutaron. La sobra espectral no atravesó el toldo y no hubo histeria ni estrés.
Pasó una semana y los peces empezaron a comer con normalidad. Más bien con ansia. En unos días habían recuperado su aspecto lustroso. Pasó otra semana y aparecieron de nuevo los primeros huevos. Cristalinos, brillantes, perfectamente fecundados.
Y los putos aviones seguían pasando.
Ese día por la mañana, Yannis no hablo de caos, dijo:
-Chicos, hoy  nos metemos con el almacén, mañana…
El equipo se levantó de un brinco y sonrieron al unísono. Por fin actividad de la buena.