Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

viernes, 3 de abril de 2015

Una humilde historia de un humilde pez

Ilustración: La transmutación de Raúl por Susón Aguilera
UNA HUMILDE HISTORIA DE UN HUMILDE PEZ
(Una colaboración de Raúl Jiménez para Historias acuícolas)
Publicada 03/04/2015

Las historias hasta ahora siempre han sido escritas por personas y para personas (o al menos eso creo). En esta ocasión los acontecimientos ocurrirán bajo el agua y el protagonista será un pez que para mí, guarda un valor muy especial ya que fue este el que me enseñó la palabra “acuicultura”. Les invito a que me acompañen por esta pequeña andadura por las tierras andaluzas, les invito a que conozcan conmigo al Esturión del Guadalquivir, señoras y señores el prehistórico, majestuoso e increíble “Acipenser naccarii”.
Antes, mucho antes de que España ganara el mundial de Fútbol, mucho antes del supuesto efecto 2000 e incluso mucho antes de la muerte de Franco, cuando la palabra acuicultura solo estaba presente en los libros satánicos y era considerada como un pecado, por las aguas de un rio del sur de España nadaban verdaderos dinosaurios vivientes. Andalucía no solo es conocida por su Semana Santa, sus gazpachos/salmorejos, sus playas (Cádiz ejem) o por su “gente con mucho arte”, esta zona fue y es una de las principales tierras productoras de productos primarios (y cuando digo productoras digo también “cazadoras”), pero dejando un poco a un lado el contexto histórico, creo que ya es hora de que miremos bajo el agua y leamos lo que en sus fondos escrito está…
La temperatura es cálida, el ambiente es ambarino y el sonido pasa por un tamiz estanco que lo transforma en una melodía que me relaja y me consigue calmar. Al volver a abrir los ojos siento como mi cuerpo aprieta las paredes de aquello que me envuelve, la presión aumenta y un estímulo nervioso recorre mi cuerpo empujándome en apenas unas decimas de segundo hacia un nuevo mundo. Todo ha cambiado, ahora me rodea un entorno de colores más diversos, la temperatura es inferior, algo fresco y transparente entra por mi boca y calma una extraña angustia que durante un momento he llegado a experimentar. Ahora soy capaz de estirar mi alargado cuerpo y a pesar de ser costoso, desplazarme a distancias cortas limitado por una gran y plástica esfera unida a mi vientre. Aunque lo parezca, no me encuentro solo, a pocos centímetros de mi, cientos y cientos de individuos muy similares me rodean, y parecen tener el mismo problema para iniciar un camino que tanto la corriente como mi cuerpo desean con cierta necesidad.
Al cabo de un par de días, aquella enorme masa roja de mi vientre se ha reducido notablemente y ahora puedo nadar con comodidad, además, más de la mitad de los individuos que me rodeaban han desaparecido del lugar reforzando aun más el deseo de seguir el camino. A medida que mi cuerpo avanza un instinto se despierta y me obliga a ingerir zooplacton para conseguir saciarlo hasta el punto de tener que buscar este tipo de organismos insistentemente como si estuviera controlado como un títere. Los días pasan, el alimento en las aguas continentales del Guadalquivir comienzan a escasear y mi cuerpo, que ya apreciable, me obliga a emprender un duro viaje rio abajo hasta aguas mas salobres y ricas en alimentos. Tengo la sensación de que he de irme del lugar que me vio nacer para encontrar la tan preciada nutrición, un futuro en el que prosperar, la pena me invade ya que la comodidad que siento en este momento es inmensa, pero la vida sigue, o eso dicen.
Armándome de valor y de una energía tal que la corriente parece que dejo atrás, nado insistente hacia el mar que tantos alimentos promete albergar. Ahora soy apreciable, ahora soy un gran juvenil, ahora soy visible para cualquier otra criatura que desee que forme parte de él. A lo largo de todo este tiempo he aprendido muchas cosas, nada es lo que parece, el agua, a veces clara y a veces turbia, esconde una gran cantidad de peligros que convergen entre sí para de esta forma evitar el indeseado final. Aquí todos son tiburones, ahora comienzo a comprender el funcionamiento de lo que me rodea y puedo actuar en causa ya que mi biología y la evolución me prepararon para ello, el fondo será mi medio y mi camino por el que viajar. Bajo las sombras y la turbidez del estrato que habito la visibilidad que en un momento me comenzó a preocupar ahora se diluye al igual que la sensación de hambre gracias a la forma de mi boca que me permite el fondo rastrear. Aquí el alimento no sobra, pero es suficiente y la competencia se reduce hasta prácticamente no encontrar.
El sabor a sal es mucho más fuerte, mis branquias lo comienzan a percibir y siento como en ellas se inicia un cambio, algo en mi mente empieza a repetirse como un eco insistente… ión, ción, ficación, esmoltificación. Mi cuerpo ha crecido, mi peso ha aumentado y a los laterales se ha desarrollado una cadena de fuertes y resistentes placas que me confieren un escudo muy útil si algo me desea cazar. El agua salada baña mis escamas y acaricia mis aletas de una forma muy peculiar, aquí todo es diferente…
Han pasado una década y parece que fue ayer cuando comencé este viaje. La promesa de un largo y duro viaje para encontrar alimento, para encontrar un futuro parece que se ha materializado y se ha hecho realidad. Ahora soy un esturión adulto curtido en mil batallas y que surca la plataforma continental mediterránea y atlántica con bravura y descaro, se podría decir que el mar ha sido mi maestro, necesitaba este viaje para ser yo, para encontrarme a mi mismo. El mar es muy rico y variado, la diversidad (al menos a estas alturas) es enorme, pero he de reconocer que ejemplares de mi especie prácticamente desde mi nacimiento no logro encontrar.
¿Qué es la felicidad?, ¿Qué es el bienestar? Se podría decir que lo tenía todo, muy pocos depredadores, alimento, espacio donde nadar y una salud y tranquilidad de la que gozar que aparentemente me diferenciaba de otros parientes como las doradas, las cuales veía continuamente como una gran sábana perforada las extraían de nuestro mar para jamás volver a nadar. Pobres desgraciadas, por los arrecifes se comentaba que su carne era muy apreciada por una especie de seres superiores que eran capaces de controlar nuestra posición y movimiento, ya algunos individuos que consiguieron escapar de algún ataque sufrido lo conseguía contar, y es que no solo ocurre con las doradas, los titanes del mar, los majestuosos atunes rojos eran perseguidos y corrían el mismo destino por la misma razón. El ambiente parecía estar caldeado, en vuelta de unos pocos años, estas desapariciones masivas comenzaban a ser más frecuentes, la vida bajo el mar parecía estar cambiando.
En medio de todo este ambiente y ya con una cierta edad (dentro yo de mi relativa felicidad), otro nuevo instinto que nunca antes había experimentado comenzaba a despertar. Normalmente veía como todos los años, la mayoría de las especies mantenían esta especie de actividad cíclica a la que ellos llamaban “el origen de la vida”, algo extenuante por cierto. Cuanta pereza, con lo bien que se está tranquilo por las costas y con suficiente alimento, ¿merece la pena semejante esfuerzo y desgaste? No importa el planteamiento, no importa la distancia, el instinto me llama y al igual que me llevó al mar, se que si le obedezco nada malo me puede pasar.
Nadé y nadé hacia el lugar que me vio nacer orientado por mi memoria, que a pesar de ser de pez, os sorprendería lo que podría llegar a hacer. Dentro del delta, el dulce del agua comienza a percibirse, “ya huele a feria” como dice la canción, ya huele a alpechín, sé que me encuentro en mi tierra, sé que me encuentro en mi hogar, sé que algo bueno me espera así que curso rio arriba sin miedo y con un paisaje entrañable por recordar.
Pasados los días, con el vientre algo abultado y con un hambre que ya se empieza a notar, mi nado sigue insistente aunque de vez en cuando necesite parar, este rio es enorme y su cauce a veces cuesta remontar. A medida que asciendo noto como todo ha cambiado, ahora el ambiente, la fauna y las características recuerdan a lo que podría ser una verdadera ría marina, el agua está más salobre de lo normal. Donde la soledad reinaba ahora una gran actividad de vida aflora algo perturbada y desconcertada, pese eso decido ignorarla y seguir mi camino rio arriba, al menos durante un par de días más, cuando al perder totalmente la orientación, di contra una enorme barrera que cortaba transversalmente el lugar. No me lo podía creer, ¿me había equivocado?, todo era diferente…. Días y días nadando en círculos hasta que de repente encuentro algo que hacía más de una década que no había visto antes, otro esturión, que al igual que yo, se encuentra aparentemente perdido buscando cualquier pista para recuperar su preciada orientación. Los dos nos encontramos asustados, y la desconfianza en el ambiente se pudo palpar, siento que este es mi sitio pero algo no termina de encajar.
A la mañana siguiente, una sombra contrastaba en la superficie del cauce, me resultaba familiar, pero no lo conseguía recordar (maldita memoria de pez), me mantuve tranquilo, y decidí acercarme para investigar. Mi objetivo pronto se ve frustrado cuando una red rápidamente me cubre y tira de mi cuerpo hacia la seca superficie sin apenas tener la posibilidad de luchar. Una vez fuera una luz incide en mi piel, y la seca y quema a una velocidad sorprendente, levantado por un gancho afilado, y que clavado en mi opérculo branquial izquierdo, tira con fuerza de todo mi cuerpo hasta una superficie dura, donde poderme lanzar. La boca me sabe a sangre, y nada parezco comprender, hasta que al cabo de unos minutos al llegar a la orilla, y aun con vida, esos mismos seres con algo afilado mi vientre abren con velocidad y cuidado, pudiendo finalmente ver y entender en mi último segundo de vida, aquello por lo que todos los de mi especie han desaparecido, y por lo que yo también voy a acabar, la extracción del tan preciado caviar…
Un alma más sobre nuestros estantes cual trofeo de cazador, posiblemente el último de una gran saga que en apenas varias décadas desapareció. Sin embargo todo no se ha acabado ¿Quién ha dicho que esto sea el final? Ahora somos nosotros (sí, sí, nosotros), los que en un momento extinguieron, los que gracias a la ilusión y a la ciencia quizás algún día podamos recuperar tal emblema andaluz que tristemente poco se le suele recordar. Pero ¿Cómo?, solo él lo sabe, o al menos es al que debemos escuchar.
¿Y si los peces algún día se pudiesen cultivar?, estás loco iluso, el mar jamás se podrá controlar… ¿o sí?

¿Quién es Raúl Jiménez?
Los peces siempre han jugado un papel importante en mi vida, crecí observando el acuario con Guppys de mi abuelo hasta que a los 14 años me inicié en la cría de peces ornamentales, y que hasta la actualidad pese a estudiar fuera de casa he seguido manteniendo.  En 2010 comencé mis estudios de veterinaria con muchas ganas y con la intención de hacer clínica de animales exóticos. Por aquel entonces ni me había planteado que mi futuro profesional dependiera de los peces, para mí los peces habían sido solo un hobby, nada más. Un día mi profesor de Producción Animal  nos pidió a la clase que hiciéramos un trabajo para la asignatura de tema libre. Ante mi desconocimiento, hice uso de una tutoría para conseguir orientación acerca del trabajo. Tras horas hablando sobre vacas y cerdos, aún no se cómo, salió el tema de la acuicultura, y pregunté “¿puedo hacerlo de peces?”, a lo que él me respondió “¿y por qué no?" A raíz de aquel día pude ser testigo de cómo en aquella isla en la que me encontraba atrapado y perdido comenzó a soplar un aire de inspiración, de fuerza y de energía, que me dio la confianza necesaria para construir con mis propias manos un barco para comenzar a navegar por la inmensidad del mar. Ese barco se llama SmarVet. Siempre observé el agua desde la orilla con una caña por bandera, pero ahora necesito saber como bailan las olas, como respiran las velas, como se corta el mar, porque para navegar ante la tempestad con este barco, primero debo aprender a ser marinero.