Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

jueves, 5 de febrero de 2015

Un minuto

Ilustración: El Colosal Susón Aguilera
Suena el teléfono de empresa. Nada bueno. Es sábado por la tarde. La piel se me eriza y un escalofrío me recorre el espinazo. Las piernas me flaquean. Empiezan las sudoraciones y un temblor digital que hace que sea difícil acertar con la tecla del símbolo del teléfono verde alzado.
-¿Si? Pregunto contestando. Suena falso y tembloroso, se nota.
-Ha sido un minuto, no ha pasado ni un minuto, no sé cómo en un minuto puede pasar todo esto, yo… acababa de ver la alarma y… un minuto, nada más que un minuto.
   Al otro lado, alguien, a quien todavía no distingo, más que hablar balbuceaba. Solo me llegaba con claridad una palabra: minuto.
-Calma, calma. Vamos a ver, ¿eres Carlos verdad?
-Sí….
-Bueno. Dime ¿qué es lo que ha pasado en un minuto? Tranquilo
-Mejor vienes, pero no hace falta que corras. No hay nada que hacer. Maldito minuto.
-Joder con el minutito. Venga, ya voy. ¿Llamamos a alguien más?
-Si, al del seguro y al jefe, bueno y tal vez a un par más para que nos ayuden.
-¿Seguro? ¿Al seguro? ¿Y al jefe? ¿Y a más…?
Temblor generalizado. Convulsiones. Sábado tarde. Seguro. Jefe. Más claro agua. ¿Cuántos peces acabábamos de perder? Que no fuesen los que ya estaban preparados para el cargue del lunes a primera hora. No, esos no… Imposible. Los pequeños, sí, esos, que todavía no hemos incurrido en mucho gasto y se pueden recuperar rápido. Uf, cómo hayan sido los del mes que viene.
Voy por un tramo de carretera a 16o km/h y con las pulsaciones por encima de la barrera de mi capacidad fisiológica. Noto cierto ahogo. Noto una extraña presión y el golpetear de la sangre en las sienes.
Pensamientos profundos: Ha dicho que no hay prisa, que no hay nada que hacer ¿por qué corro tanto? Veo a mi mujer en la puerta del garaje: “Tranquilo. No corras. No te preocupes. Ya me llamarás. Solo d…” Creo que no la escucho. No estoy tranquilo. Voy corriendo. Estoy preocupado. Pienso que ya la llamaré. ¿Qué?
Llego a la planta y ya están allí dos de los compañeros que viven al lado. Apenas si han tardado un minuto en llegar. ¡Maldita sea! Yo vivo a casi 15 minutos. ¿Cómo es posible vivir tan lejos de tu puesto de trabajo? Dejo la pregunta en el aire. Ahora no es el momento de responderla. Anulo el incipiente atisbo de culpa.
Caras de preocupación. Nada bueno. Pienso: “Seguro, seguro, seguro que son los del lunes, los del transporte. O no peor, los del mes que viene. O no peor todavía, todos”
Ángel se acerca. Carlos está detrás, cabizbajo, mirando unos papeles. Parece el registro de algo. El de las alarmas. Dani aparece a mi espalda, dice: “Y todo por un minuto. Si lo pillamos antes, nada de nada. Pero…”
Desconcertado intento tomar el mando. Pregunto y me responden. Pido ver y me muestran. Gesticulo y me imitan. Ando y me siguen. Miro y nos miramos. Me desconsuelo y nos desconsolamos. Nos consolamos. Lloramos.
Sólo ha pasado un minuto.