Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

martes, 16 de diciembre de 2014

Pienso, luego como piedras

Ilustración: The Onyx Susón Aguilera
Cuando entró el primer saco del nuevo pienso compuesto en la granja a todos se nos iluminó la cara. Por fin íbamos a poder desterrar la máquina choricera de pienso semi húmedo, por fin íbamos a descartar el pescado congelado, por fin íbamos a conseguir que todos los peces comiesen igual y de forma equilibrada. Por fin.
No es que se produjese una gran desilusión cuando lanzamos unos pocos granos del saco recién abierto y a un pez casi le sacamos un ojo cuando uno de los granos impactó con él. No es que ver rebotar los granos en el suelo como si tirásemos piedras a un estanque fuese lo que más nos gustase. No es que los animales huyesen en desbandada hacia las esquinas del estanque al sentirse atacados. No. Es que los pocos peces que se atrevieron a probarlo, la mitad lo escupieron y la otra mitad casi se ahoga al no poder tragarlo. Uf. No pintaba nada bien.
A los pocos días llegó el técnico en nutrición y nos dijo que lo hacíamos mal, hay que decir que lo miramos con recelo. Tal vez podía haber dicho que no lo usábamos adecuadamente o que venía para ayudarnos a implementar un proceso de distribución del alimento eficiente o tal vez que todo cambio requiere su proceso de ajuste y aprendizaje. Pero no, simplemente dijo que lo hacíamos muy mal. Uf, uf. Esto no pintaba bien. Del recelo pasamos al odio.
Para que los peces pudieran apreciar las verdaderas cualidades y características del maravilloso pienso que acaban de inventarse debíamos mantener este pienso sumergido en agua 24 horas antes de su administración a una temperatura tibia y sin luz.
Uf, uf, ufff. Esto no pintaba nada bien. Del odio pasamos a querer matarlo.
Continuó insistiendo. Que una vez lo haya degustado, en dos o tres semanas podemos bajar el tiempo en remojo a 12 horas y que al cabo de seis meses ya lo comerían tal cual. Eso sí, si quedaba alguno vivo. Explosión y expulsión a patadas. Hasta que no haya un pienso mejor ni se os ocurra venir, ¡capullo!
“¿Qué hacemos ahora con todo este pienso?” Tras lanzar la pregunta nos quedamos pensativos.
Pasaron unos segundos y dijo unos de los trabajadores de la granja: “Me voy a llevar una muestra y se la echo a los cerdos que esos se lo comen todo
Volvió risueño al día siguiente: “A los cerdos les encanta me lo llevo todo
Meses después tras la matanza: “Hay que ver lo bueno que ha salido el jamón. Tiene como un puntillo a… sí, a eso.”