Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Higia populi, salus pecoris

Ilustración: The Huge Susón Aguilera

La campaña de Navidad venía calentita. Rosa Mari estaba a punto de declararse en huelga y amenazaba con no entrar, bajo ningún concepto, en esos baños asquerosos. Nos dio un ultimátum: “Yo no limpio eso”.

Con el objetivo de contribuir a calmar los ánimos, decidimos iniciar una campaña de concienciación y educación. Queríamos que fuese divertida y sensibilizadora pero al tiempo dura y directa. Resulta evidente que hay muchas maneras de hacer esto, pero ¿por qué no con poesía?

Con este reto y aprovechando la Navidad porque hay cierto relajo y permisividad empezamos la campaña: “Me gusta mear en seco ¿y a ti?” que consistió en colocar pequeños poemas a la altura de los ojos en los urinarios y de un tiempo de lectura aproximado a una meada estándar. El objetivo era que fuese obligatoria la lectura durante el proceso de aliviado y que sirviese de acto reflexivo. Para ilustrar a los lectores presentamos un ejemplo:

Vuelve... por Navidad
Como todos los años por estas fechas
recordamos a los participantes
que no estamos mejor que antes
y que hay que dejar las cosas bien hechas.
Existe y persiste el cruel empeño
de no imitar a los grandes tiradores
haciéndonos todos nosotros poco valedores
y al entrar en este lugar arrugar el ceño.
Del Parkinson pasamos a la demencia senil
del no apuntar, al quita que te doy
del que no limpio, al aparta que me voy
y del buen comportamiento, al comportamiento vil.
Y no es que se nos vaya en ello la dicha
seguramente no somos siquiera conscientes
seamos de este santo lugar buenos comparecientes
y que al apuntar no se nos mueva la picha.

Pasados un días detectamos cierta reducción de la miccionada errática y una considerable mejora en la comprensión lectora que contribuyó a incremento cultural y que a su vez (¡oh gloriosa literatura!) repercutió directamente en la actividad, sobre todo en cuanto a las notas que se dejaban en los partes de intercambio de turnos, cosa que era de merecer y por supuesto agradecer, que daba gusto leerlos:

“Sin novedades en el frente, nada está diferente. Da de comer a las larvitas, del siete, del ocho, del nueve y a las del diez se la quitas.
Cuidado con las puestas, vigila que no se escapen, que he visto un agujero en las cestas y no quiero que nos capen”

Lo dicho, glorioso. Pero, como no hay bien que dure cien años (o mal) y lo cierto es que era tan tremendo el asunto, aún y con la mejora detectada (imagínense lo que era aquello), tan necesitada se veía a Rosa Mari, a tal extremo llegaba la urgencia que hasta nos atrevimos con un endecasílabo (¡ojo! que esto ya son palabras mayores) para aquellos de meada corta y potente, de las de chorreón:

Deja en otro lado el canguelo
que es muy fácil mear en el suelo
no, no creas que está todo hecho
se un héroe y apunta al techo.
Disfruta de un momento divino
concéntrate en este arte fino
apunta con todo tu instrumento
no dejes que te afee el momento.

Y como no todo el mundo está hecho igual y hay quien requiere extras, probamos con la abstracción del mensaje tipo Haiku, ciertamente algo más cruel y directo, intensificando su esencia que no es otra que “cortar”… ideas. Estos poemillas se prodigaron durante un tiempo considerable, llegando algunos a impactar por la simpleza y claridad en el mensaje, como el celebrado:

“Meada fuera
la picha corta debe
tener su dueño”

Otros, sonoros y con doble intención, apuntaban directamente al autor del desaguisado pretendiendo despertar cierta conducta civilizada:

“Kapullo mira
apunta con atino
méate dentro”

Como vemos, mensajes directos que alentaban al pensamiento complejo y que para el buen entendimiento (que no siempre lo japonés se tiene por qué comprender a la primera) se acompañaron de artilugios a modo de prótesis pénicas, enderezantes, bombas de vacio, guías láser, hilo musical y otros aditamentos que ayudaban en el proceso para que… bueno, dejémoslo.
El caso es que tanta campaña e insistencia, menos mal porque ya se nos acababa la inventiva, tuvo un efecto positivo y al poco tiempo el “santo” lugar pasó a ser una zona inmaculada, excesivamente inmaculada, sospechosamente inmaculada. Tanto era así que descubrimos que el sacrosanto sitio estaba tan resplandeciente por un único y principal motivo, simplemente dejó de utilizarse. Vamos que no hubo usufructo.
¡Oh! ¿Entonces?
Sí, efectivamente se había producido un desplazamiento desde la zona señalada para este íntimo uso hacia lugares aparatados cerca de las esquinas y desagües remotos de la planta, donde el correr del agua de salida de los tanques y su alegre murmullo contribuía alegremente a la ayuda que, en ocasiones, se requería al tener las próstatas ya algo gastadas.
Por muy comprensible que este hecho sea y puede que hasta se pudiera sentir cierta piedad ante determinadas personas, que bien por edad o bien por tener apreturas descontroladas, era evidente que siguiendo la máxima veterinaria la salud de los animales empieza con la higiene de las personas y no al revés como dice el lema de los veterinarios (Higia pecoris, salus populi) es decir "La higiene del ganado, la salud del pueblo".
No, amigos. En los albores de la acuicultura industrial era al revés.
Reunión de urgencia. El Consejo aprueba por mayoría cierto dispendio extra para contratar a la AEAGG (Asociación Española Anti Grandes Guarros). Primera medida, sanciones y suspensiones de empleo y sueldo a aquellos (realmente no se dio ningún caso que justifique el uso de la tercera persona del plural del femenino, así que lo dejaremos) que pillados en el infraganti hecho referido y con las manos en la masa no tuvieran más remedio que admitir la evidencia. “Ahhh, ufff… un momentito que ahora no puedo girarme”. Hecho: suspensión de empleo y sueldo por una semana. Falta grave.
Segunda medida, ¡coño, pongamos más servicios mejor distribuidos y que sean de esos a prueba de botas, pienso, cacas de pez, agua y todo lo que un operario normal de planta lleva asociado a su habitual atuendo! Hecho y adicionalmente, ante el éxito de las medidas, se colocaron sistemas de limpieza de manos, unidades de desinfección, zonas de paso habilitadas, gestión de visitas, prohibición de fumar al tiempo que se trabajaba (que después la legislación ya se encargó de la suspensión total), hurgamiento de narices y tocamientos de partes sensibles.
El virtuosismo higiénico vino acompañado de grandes alegrías. Rosa Mari no volvió a quejarse del estado de los servicios. Los olores marinos volvieron a medrar con habitual naturalidad en todas las zonas de la instalación, incluso aquella más alejadas. El orden y la limpieza era habitual y rutinario, incluso apreciado y los peces fueron más felices que nunca.