Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

martes, 28 de octubre de 2014

Vacúnemelas de lo que sea

Ilustración: P.A.Dros y Z. Arza sucumben a Susón Aguilera
Hacía tiempo que el gin de Mahón servido en frascos para la obtención de muestras de orina (vamos de los de hacer pipí de toda la vida) se había convertido en la única manera de sobrellevar, más bien de soportar, la hecatombe que el brote de pasteurella nos estaba produciendo.
En poco más de una semana habíamos perdido el ochenta por ciento de la producción y era tan dolorosa la imagen de las larvas girando en torno a sí mismas, hacer una virulé y volver a girar para al cabo de unos segundos caer muertas al fondo del tanque, que empezamos a no querer verlo. Toda la ilusión del trabajo bien hecho se desvanecía en la nada más absoluta. Era tremendamente doloroso, pero lo peor era la impotencia y el desconocimiento de qué es lo que había provocado algo tan atroz.
Hasta tal punto dolía que decidimos aceptar nuestra ignorancia y recurrir a lo que fuese para parar la hemorragia. Apenas si nos quedaba sangre y empezábamos a notar una debilidad rayana en la anemia.
En realidad daba casi igual la causa o el posible error de procedimiento que había hecho que una instalación modélica como la nuestra, perfecta (bueno, casi perfecta, era obvio) en cuanto a gestión sanitaria, de golpe, sucumbiese al demoledor efecto de esta bacteria. Algo tan pequeño. Maldita sea.
De haber sido creyentes lo habríamos asociado con alguna de las plagas bíblicas, sólo que esta era real.

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