Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

jueves, 11 de septiembre de 2014

A contar “rotíceros” (The son’s version). Historia escrita por Miguel Aguilera.

Ilustración: El Inmenso Susón Aguilera
Es en general objeto de admiración la credibilidad del autor del blog, que goza la mayoría de veces de gran precisión en datos, fechas, etc. consiguiendo recrear una historia considerablemente fidedigna a lo que fue la situación real (eso sí, siempre viciada a causa de la común costumbre de entrecruzar subjetividad y verdad, a medida que pasan los años).

Pero, me duele confesarles queridos lectores que en esta última historia han sido engañados. Me duele, y mucho, pues no es mi intención aquí atacar al autor ni desilusionar a sus seguidores. 

Pero ¿Qué tan amarga es la sensación de ser conocedor de la verdad y ver como a tu alrededor ésta es maltratada y deformada? Sin duda ustedes la conocerán, pues presumo (dada la ilustre posición del blog) que la mayoría de lectores aquí congregados pertenecen a las más altas cúpulas en los campos de la ciencia y la economía. Sin duda son ustedes propicios a sentir que todo el mundo se equivoca excepto uno mismo. Como comprenden mi sentimiento y no me gustaría dejarles con el amargor de desconocer la versión real, me dispongo inmediatamente a explicar los acontecimientos sucedidos hace tanto tiempo pero que, sin embargo, continúan en mi cabeza tal como los presencié en aquel momento.

Yo era por entonces un niño de 5 años, flacucho y miedoso, pero con una intuición y un intelecto más evolucionados que los otros niños de mi edad. No sé bien la razón por la que mi padre precisara mi ayuda a aquél día, pero seguramente sería debido a que algún técnico especializado había sufrido una indisposición y necesitaban urgentemente a alguien con capacidades excepcionales que pudiera realizar algún trabajo tremendamente complicado.

Mientras viajaba en el coche, imaginé la reunión del comité directivo. Seguramente se reunirían en una mesa gigante, en una sala enorme en lo más alto de un rascacielos. ¡Un momento, en Tinamenor no hay rascacielos, ni tampoco salas enormes! No recordaba ningún espacio que a mí me pareciera apropiado para convocar una reunión del comité directivo. ¿Quizás en un tanque? Si lo vaciaban y ponían una mesa redonda podría servir. Decidí que sería sin duda el mejor lugar para hacer la reunión. Entonces coloqué al comité directivo en el tanque, con traje y chanclas, rodeando a una mesa de plástico (la madera no soporta bien la humedad). Seguramente estuvieron discutiendo alarmados sobre el destino de la producción si no eran capaces de cubrir el puesto vacante inmediatamente. Entonces, en el momento álgido de la discusión, imaginaba como se levantaba mi padre y sentenciaba rotundamente “Yo tengo la solución”.

Así que por una reunión así o algo similar estaba yo sentado en el coche a punto de llegar a la piscifactoría. Al entrar, aparcamos y saludamos a mucha gente, la mayoría ya me conocían, pero yo nunca he sido bueno con las caras, así que me quedaba bien quieto, serio y aguantaba fijamente la mirada. Sabía mi responsabilidad aquél día y no quería que los demás trabajadores dudaran de mi capacidad.

Después de bastantes saludos, alguna comprobación en el ordenador y muchas quejas de mi padre a nosequién por olvidarse de alimentar al tanque de los rodaballos y a nosecual por confundir el termostato de una piscina con el aire acondicionado (siempre contestada con un sonoro “coño que es fin de semana”) nos dirigimos hacia el laboratorio. Sin duda aquí empezaría mi trabajo. Subimos por una escalera de caracol hasta el último piso para llegar a una sala llena de microscopios y ordenadores.

Mi padre me llevó hasta el más complejo y sofisticado microscopio de la sala, con luces, ruedas, botones y muchos números, lo que me hizo convencerme una vez más de la importancia de la persona que substituía. Apreté mil veces los infinitos botones del microscopio para ver como las diferentes luces iluminaban. Algunas enfocaban desde abajo y otras desde arriba, todas ellas regulables con ruedecitas que jugaban con la intensidad. Una vez analizado mi nuevo microscopio y puesto a punto por mi padre, éste me comunicó los detalles de mi trabajo.

La tarea que me fue encomendada consistía en contar rotíceros. Para los que no sepan lo que son (vergüenza debería darles), os explico que se trata de una especie de chuchería que los acuicultores utilizan para alimentar a los peces. Pero todo niño sabe que las golosinas, por muy deliciosas que sean, se tienen que comer sin abusar, ya que pueden producir tantos problemas dentales, estomacales o los temidos gusanos, que ocupan sin permiso ni contrato nuestro desván. Así que el control de estas diminutas gominolas era mi deber y para ello hacía falta contar exactamente la cantidad que tenían en Tinamenor, de manera que pudieran alimentar con la cantidad adecuada cada uno de los tanques.

Era sin duda un trabajo importantísimo y complejísimo. Mi padre seguía hablando, explicando cosas de playa y castillos de arena (debía añorar las vacaciones), así que decidí interrumpirle para ponernos manos a la obra. Me dio una piscinita llena de rotíceros y con mi magnífico microscopio empecé a contarlos. ¡Era increíble, había muchísimos! Brillaban como fogonazos de luz y se movían cada vez que giraba las ruedas del microscopio, corriendo de un lado a otro de la piscinita haciendo muy difícil contarlos a todo. Saltaban y bailaban escapando de mi vista, corriendo de la lente del microscopio, escondiéndose de mí. ¿Quizá eran conocedores del infame destino al cual serían confinados?

De todas maneras, no era esta la cuestión que más me escamaba, sino cómo era posible que tantísimos rotíceros pudieran caber dentro de una piscinita tan pequeña. Le trasladé la cuestión a mi padre, que una vez acabado el recuento me intentó dar una explicación.

Para que yo entendiera el misterio de los rotíceros, cogió un poquito de arena (de verdad que añoraba la playa) y la pesó. Me explicó que en aquella arena había tantos granos como niños había en mi colegio. Después, con un trozo de piscina de rotíceros en la mano, me dijo que allí había muchísimos más granos, como tantos niños había en los colegios de allí a Barcelona. Resoplé, mi padre debería añorar sin duda la playa, pero yo de sólo pensar en el colegio me ponía enfermo.

Decidí reconducir la conversación y dejar de hablar de  colegios, así que le pregunté sobre la cantidad de peces que alimentaríamos con tantas gominolas. Me dijo que sólo un tanque. ¡Sólo un tanque! En Tinamenor debía haber como cuarenta tanques en total. Debía pensar en alguna solución, no podía permitir que la producción de ese fin de semana se echara a perder. La situación era mucho más complicada de lo que creía. Apuntó el número de rotíceros en una hoja y me comunicó que serían suficientes para alimentar a la mitad de los peces del mar. La verdad es que eso me alivió bastante, pero mis alarmas se dispararon de nuevo cuando me percaté que no me había preguntado cuantos rotíceros había contado yo. Mi padre sólo había apuntado los suyos. Cogí su lápiz e hice una rápida suma, era sencilla y con tan sólo añadir dos ceros al número de la hoja se corregía el problema. Había salvado la producción, ahora sí que los acuicultores conocían el número exacto de gominolas y podían darle las necesarias a los peces sin empacharlas. Y no sólo eso, dado que el número real era mucho mayor de lo que creía mi padre, no sólo habría suficiente comida para alimentar a la mitad de los peces del mar. ¡Todos los peces del mar podrían conseguir su ración de golosinas ese fin de semana!.