jueves, 4 de septiembre de 2014

A contar “rotíceros” (The father’s version)

Ilustración: El Gran Susón Aguilera
Aunque no existía una obligación implícita y no estaba estipulado en nuestro contrato nos podía la responsabilidad. No sólo porque en ese momento estuviésemos en plena etapa de producción, no sólo porque nos estuviésemos jugando parte de la temporada del próximo año, no sólo porque de nuestro trabajo dependía el de otros muchos, no sólo porque todo el trabajo de una semana pudiera llegar a perderse en un par de días. Sólo era fin de semana y tocaba guardia. Nos podía la responsabilidad.

Cuando esto pasaba y pasaba a menudo era posible que los días se sucedieran uno tras otro, semana tras semana e incluso puede que mes tras mes. No es que la dedicación fuese absoluta, ni mucho menos, pero un par de horas de sábado y de domingo solían ser de lo más habitual y eran más que suficientes como para tener que adaptar el trabajo a la familia. La realidad era otra, al final siempre acababa siendo la familia la que se adaptaba y poco a poco pasaba a formar parte de ese espíritu de responsabilidad bien llevada.

Fue así como mi hijo Miguel, con cinco años recién cumplidos, pasó a formar parte de mi equipo de Control de Calidad.

Normalmente la organización del fin de semana solía empezar con el cambio de turno de los viernes por la tarde. Por delante algo más de dos días de trabajo en la que el personal disponible mermaba considerablemente pero no así las necesidades esenciales de una planta de producción tan compleja como la nuestra. En términos absolutos un fin de semana equivale al treinta y cinco por ciento de una jornada laboral completa semanal y si se compara con la cantidad de cosas que hay que hacer la fuerza humana desplegada apenas da para cubrir la mitad. Lo que es un merecidísimo y necesario descanso es una tortura a la hora de establecer una adecuada organización y cumplir con el convenio laboral.


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