Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

jueves, 18 de septiembre de 2014

A contar “rotíceros” (The director’s cut)

Ilustración: The big one Susón Aguilera
Me duele confesarles queridos lectores que en esta última historia han sido engañados, por mucho que se empeñen en hacer uso de la palabra responsabilidad y de que no existiese obligación, bla, bla, bla…

Me duele, y mucho, pues no es mi intención aquí atacar al autor ni desilusionar a sus seguidores. Pero ¿Qué tan amarga es la sensación de ser conocedor de la verdad y ver como a tu alrededor ésta es maltratada y deformada? Aunque la realidad fuese otra y esta era que la familia tenía que adaptarse a las necesidades, porque es que realmente teníamos mucha responsabilidad. Que ya lo he dicho antes, pero que es cierto.

Como comprenden mi sentimiento y no me gustaría dejarles con el amargor de desconocer la versión real, me dispongo inmediatamente a explicar los acontecimientos sucedidos hace tanto tiempo pero que, sin embargo, continúan en mi cabeza tal como los presencié en aquel momento. Tanto tiempo, tanto tiempo, si apenas han pasado 15 años. 
Bien, prosigamos. Fue así como mi hijo Miguel, con cinco años recién cumplidos, pasó a formar parte de mi equipo de Control de Calidad. No sé bien la razón por la que mi padre precisara mi ayuda a aquél día, pero seguramente sería debido a que algún técnico especializado había sufrido una indisposición y necesitaban urgentemente a alguien con capacidades excepcionales que pudiera realizar algún trabajo tremendamente complicado. Tocaba guardia de fin de semana, estábamos en pleno proceso de producción, el alimento vivo era lo más delicado y en un par de días podíamos llegar a perder todo el trabajo realizado entre semana. No hay margen de maniobra cuando tienes unos cuantos millones de larvas nadando en los tanques y necesitan comer. 

Así, por lo que fuese, estaba yo sentado en el coche a punto de llegar a la piscifactoría. Al entrar, aparcamos y saludamos a mucha gente, la mayoría ya me conocían, pero yo nunca he sido bueno con las caras, así que me quedaba bien quieto, serio y aguantaba fijamente la mirada. Sabía mi responsabilidad aquél día y no quería que los demás trabajadores dudaran de mi capacidad. Ajá, así que es verdad lo de la responsabilidad ¿eh? Pero como fuera que debía acompañarme y que debía pasar esas horas conmigo encontré la forma de hacer que su estancia fuera una diversión, encontré la forma que cada castillo de arena fuese diferente, encontré la forma de que disfrutase haciendo castillos de… “rotíceros”.

La tarea que me fue encomendada consistía en contra rotíceros. Para los que no sepan lo que son (vergüenza debería darles), os explico que se trata de una especie de chuchería que los acuicultores utilizan para alimentar a los peces. Le expliqué que los rotíferos eran como gominolas pero en muy pequeño y que a los peces les encantaban, que se los comían como golosinas y que de la misma manera que pasaba con las golosinas si se les daban muchas se empachaban, por eso que era tan importante saber cómo estaban y cómo dárselas.

Así que el control de estas diminutas gominolas era mi deber y para ello hacía falta contar exactamente la cantidad que tenían en Tinamenor, de manera que pudieran alimentar con la cantidad adecuada cada uno de los tanques. Era sin duda un trabajo importantísimo y complejísimo. Esta rutina pasó a ser algo parecido a que si lo hubiésemos puesto al frente del departamento de innovación de Lego. Así que le restauré un viejo microscopio ruso, una reliquia de años pasados, y le dije que era de su propiedad.

Mi padre me llevó hasta el más complejo y sofisticado microscopio de la sala, con luces, ruedas, botones y muchos números, lo que me hizo convencerme una vez más de la importancia de la persona que substituía. Apreté mil veces los infinitos botones del microscopio para ver como las diferentes luces iluminaban. Coloqué la aplicación para convertirlo en binocular y le puse dos tubos con aumento de 10x y 3,5x, de esta forma era mucho más fácil su uso y, por supuesto, más que suficiente para el fin que perseguía. Mantenerlo ocupado un par de horas.

Era sin duda un trabajo importantísimo y complejísimo. Mi padre seguía hablando, explicando cosas de playa y castillos de arena (debía añorar las vacaciones), así que decidí interrumpirle para ponernos manos a la obra. Me dio una piscinita llena de rotíceros y con mi magnífico microscopio empecé a contarlos. ¡Era increíble, había muchísimos! Le dije que un montón de rotíferos es como un montón de arena de playa, multitud de granos que a veces ni se ven y que juntos forman las playas y que en cada gramo… Para que yo entendiera el misterio de los rotíceros, cogió un poquito de arena (de verdad que añoraba la playa) y la pesó. Me explicó que en aquella arena había tantos granos como niños había en mi colegio. Cogimos un poco de arena y la llevamos a una balanza de precisión donde pesamos un gramo y le dije como mucho habría unos doscientos granos, más o menos, tanto como todos los compañeros del cole de primaria.

Decidí reconducir la conversación y dejar de hablar de colegios, así que le pregunté sobre la cantidad de peces que alimentaríamos con tantas gominolas. Le miré y le dije que apenas si nos daba para la primera ceba de un tanque y él sabía que teníamos cuarenta. Yo le dije que en cada uno había más de medio millón de peces, que para darles de comer a todos necesitábamos muchos gramos y que por eso era tan importante lo que hacíamos. Me dijo que sólo un tanque. ¡Sólo un tanque! En Tinamenor debía haber como cuarenta tanques en total. Debía pensar en alguna solución, no podía permitir que la producción de ese fin de semana se echara a perder. La situación era mucho más complicada de lo que creía.

Mientras él hacía como que miraba, creo que seguía dándoles vueltas a lo de las cantidades, completé los registros con los conteos, ajusté la cantidad de alimento para este día y el siguiente y puse las cantidades que debías cosecharse para alimentar a las larvas. Apuntó el número de rotíceros en una hoja y me comunicó que serían suficientes para alimentar a la mitad de los peces del mar. La verdad es que eso me alivió bastante, pero mis alarmas se dispararon de nuevo cuando me percaté que no me había preguntado cuantos rotíceros había contado yo. Mi padre sólo había apuntado los suyos. Le di la hoja para que se la llevase a Luisón. Posiblemente en un momento de descuido, la verdad es que no sé cómo ni cuándo, mi hijo debió coger el lápiz y garabateó algo al lado de dónde había visto que yo había puesto la cifra que le dije que era comida. Cogí su lápiz e hice una rápida suma, era sencilla y con tan sólo añadir dos ceros al número de la hoja se corregía el problema.

Su cara me decía que no entendía nada, en su mundo todo era poco o mucho, o en todo caso mucho muchísimo, se me ocurrió decirle que con lo que íbamos a preparar hoy casi le podríamos dar de comer a la mitad de los peces del mar, pero a los pequeños, eh. Había salvado la producción, ahora sí que los acuicultores conocían el número exacto de gominolas y podían darle las necesarias a los peces sin empacharlas. Y no sólo eso, dado que el número real era mucho mayor de lo que creía mi padre, no sólo habría suficiente comida para alimentar a la mitad de los peces del mar, sino que... Luisón revisó el registro y me preguntó que qué quería decir con aquello. Eran dos redondas, como ceros. Miré a mi hijo y nos dijo, sorprendiéndonos… ¡Todos los peces del mar tendrán su ración de golosinas este fin de semana!