Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

viernes, 25 de julio de 2014

Viajes milagrosos (Forin' guan)

Quedaban apenas unos 10 mililitros de benzocaína, el potente anestésico que usábamos para mantener a los peces sedados y así hacer que el consumo de oxígeno bajase. Sólo quedaba medio ranger. Apenas 12 horas de suministro. Estábamos a mitad de camino con destino Madeira y si todo iba bien al menos necesitaríamos unas 20 horas.

Ilustración: Susón Aguilera
Luismi, atónito, miraba el desastre. Por fortuna había salido ileso del percance. El camión volcado en mitad de la carretera cerca de Luarca. Cien mil rodaballos esparcidos por el suelo. La Guardia Civil intentaba componer el tráfico y algunas decenas de personas se agolpaban ante el espectáculo.

1460 peces vivos. Ese era el recuento final de los más de 140.000 que habían empezado el viaje a Canarias. El perito del seguro miraba de arriba abajo al compresor instalado en la parte baja del camión atado con unas fuertes poleas. Miraba el humo que salía, lo olía, parecía que no acabase de creerse que ahí estuviese la causa del desastre.

Las hermanas Ellinikes estaban intentando explicar a su padre, el Sr. Ellinikes, que los peces eran demasiado pequeños, que la idea de llevar más de un millón y medio, aunque supusiese un extraordinario ahorro en el coste de transporte, en realidad, no iba a suponer una gran mejora. Demasiados peces en la misma cesta. 

La idea de la benzocaína había sido excelente. Realmente se notaba un efecto tremendo en la tasa de consumo y aunque se había previsto que se dispondría de suficiente para llegar a Madeira sin problemas, nadie pensó que el capullo de aduanas se empeñase en saber qué era eso que había en ese bote y que tenía un nombre tan “sospechoso”. Por mucho que se explicó que era un anestésico de uso habitual en animales acuáticos y que disponíamos de autorización veterinaria, bueno autorización, autorización… no es que fuese, pero no dejaba de ser un papel firmado y con sello oficial del colegio de veterinarios. Aquel capullo no acababa de creérselo.

El volantazo consecuencia del desplazamiento de la carga de agua del camión era algo que se veía venir. La verdad es que transformar una cetárea con ruedas en un sistema de transporte con tanques de 2000 litros atados con poco más que cinchas de toldo de camión, era poco más que una quimera. Luismi dijo que no había nada más seguro que su camión en toda la Península. Probablemente tenía razón. Sólo que la seguridad, estaba claro, no afectaba a los peces que transportaba. El ir a poco más de 60 km a la hora había ayudado a que los daños personales y a terceros fuesen casi inexistentes, sin embargo, la inercia de la carga ante el frenazo consecuencia del perro que se cruzó en la carretera, no


Ilustración: Susón Aguilera

La idea de montar un sistema de recirculación en el camión con filtros de acuario conectados a un compresor instalado en la caja de las herramientas del camión nos había parecido peregrina pero original e innovadora. No se dispuso de mucho tiempo para adquirir un buen compresor así que el Honda de oferta era una buena elección, sobre todo si tenemos en cuenta que, si funcionaba, igual revolucionábamos el sistema de transporte. Uno tras otro, los últimos transportes a Canarias, había sido un fracaso y ya se acumulaban pérdidas de más de un millón de peces, entre doradas y lubinas. Habíamos decidido que no se iba a perder ni un solo pez más.

El empeño del Sr. Ellinikes en ahorrar, como fuese, en la compra de los alevines le había hecho apostar por algo a todas luces muy arriesgado. Sin embargo cuando vio el precio al que le salían los peces de medio gramo, no se lo pensó. Dijo que quería un millón y medio y que él se encargaba. Que enviaría a su chófer de confianza y a una de sus hijas para que se hicieran cargo de todo. Aunque insistimos que debería reconsiderar su decisión y que por mucho que se ahorrase, tanto por el riesgo del transporte como por el hecho de tener que adaptar su sistema de cultivo a peces tan pequeños, al final existía una elevada posibilidad de que no fuese tanto.

Nos encontrábamos desesperados. El tiempo pasaba y no acabábamos de dar con la tecla que desbloquease las dudas del aduanero. En un momento determinado pensamos que lo que estaba esperando es que de alguna manera de invitásemos a probar aquel elixir, que si servía para los peces, qué no haría en humanos. La tentación era elevada, tanto como para gastar unos cuantos de los preciados mililitros que atesorábamos en aquel pedazo de estúpido. No nos lo podíamos permitir, así que decidimos contraatacar. Sacamos la billetera, mostramos unos euros frescos y, milagrosamente, el producto pasó a estar reconocido por las principales autoridades mundiales de salud, la sociedad porteña para el encumbramiento del fado como patrimonio de la humanidad y la asociación de hijos huérfanos de ex futbolistas de Coímbra, amén de no sé cuántas otras organizaciones. Lo cierto es que excelso gesto nos abrió de inmediato la posibilidad de embarcar en el ferri que estaba a punto de salir para Madeira. Sin embargo, no siempre el dinero trae consigo la felicidad y resultó que, el capullo del aduanero, se había olvidado de lo esencial y principal, solicitar la autorización de transporte interinsular. Por supuesto que no teníamos ni idea de lo que eso era, pero era evidente que fuese lo que fuese, no lo teníamos. Y el tiempo pasaba y apremiaba cada vez más.

Ilustración: Susón Aguilera
Cuando consiguió recuperar la compostura, la consciencia nunca llegó a perderla, y fue capaz de darse cuenta de la magnitud del desastre, se sentó sobre la cuneta. Tranquilamente miró a un lado y otro. Los rodaballitos daban saltos en los charcos de agua que se habían formado por toda la carretera, por las cunetas y los muchos socavones de la zona. Dos niños removían con un palo uno de estos socavones. Empujaban a un montón de rodaballos que luchaban por enterrarse unos a otros. Otros tres se los estaban lanzando directamente a la cabeza unos a otros y otro corría, con uno en cada mano, detrás de unas niñas que huían espantadas. Se daba la circunstancia que el camión había volcado en frente del colegio y era la hora del patio. Luismi, sentado y tranquilo miraba a los niños. La Guardia Civil intentaba derivar el tráfico y gritaba a los maestros para que controlasen a los niños, que todavía se produciría una desgracia. Los profesores lo intentaban. Los dos del palo, ahora intentaban pisarlos metidos en el charco casi hasta los tobillos. Los que se los estaban tirando a la cabeza unos a otros venían con tres rodaballos en la boca. Las niñas habían dejado de correr y gritar y como eran más y más listas estaban rodeando al energúmeno que las perseguía y le estaban llenando los pantalones y los calzoncillos de rodaballos. Lloraba a moco tendido. Luismi solo miraba.

El montaje en sí no era especialmente complicado. El motor Honda activaba una bomba de medio caballo que se había instalado en el primer tanque, el que se encontraba al lado de la cabina del conductor. En este tanque se había hecho un compartimento con varias cajas de plástico (de las de fruta y verdura) que mantenían la bomba aislada de los sacos llenos de concha de ostra que haría las funciones de filtro. De la bomba salía una manguera flexible que conectaba directamente con las tuberías de llenado de los tanques, de esta manera hacíamos llegar el agua a cada uno de los once tanques restantes con alevines. Utilizamos el canal de desagüe inferior como sistema de recogida de agua y así, mediante otra tubería devolver el agua al tanque de cabecera, del lado de los sacos con concha de ostra. El plástico que protegía al compresor de las salpicaduras era fuerte y estaba perfectamente atado a los cuatro picos del compartimento. Se había dejado un respiradero para que los gases de la combustión saliesen expulsados y el intercambio de aire limpio fuese lo suficientemente bueno como para que el motor trabajase satisfactoriamente. Llevábamos recambios de las piezas principales, es decir una bujía y un manguito. Había suficiente combustible. Todo estaba bajo control y funcionaba. Evidentemente no tenía por qué pasar nada.

Estaba empeñado en conseguirlo, así que les dijo al chófer y a su hija que nada de perder el tiempo. Que cargasen muy rápido, que se olvidasen de cambiar agua y acomodar el camión. Que el tiempo era oro. Cuando el chófer le dijo que debería pararse a descansar tras conducir lo que el reglamento marcaba, porque si llegaban a pararles y le leían el tacógrafo podrían llegar a tener un grave problema, el Sr. Ellinikes lo miró a los ojos unos segundos. No fue necesario continuar la discusión. Quedaba todo claro. Sabía que su segunda hija, junto con un chófer de recambio, estaría esperándolos a mitad de camino para hacer el cambio. No pararon ni a comer. Ya tendrían tiempo. Ni siquiera miraron los peces una sola vez. Si iba bien, iba bien y si no, ya lo sabrían al llegar. No fueron en ferri. Atravesaron todo la costa norte del Mediterráneo. Pasaron a través de siete países (España, Francia, Italia, Croacia, Bosnia, Montenegro y Albania) hasta llegar a Grecia. Sobornaron a tres o cuatro aduaneros. Se encararon con otros tantos policías. En Albania, en la SH8, cerca de Sarandë y camino de la frontera de Konispol, casi atropellan a una familia que iba en carro tirado por dos burros. El susto fue tremendo.

Gerardo, un hombre de recursos ilimitados, se acercó a nosotros con un extraño personaje. Decía ser el patrón de una embarcación bichero. Son esas que se utilizan para mantener el cebo vivo mientras se realiza la pesca. Tenía previsto salir de inmediato hacia Madeira y unos de sus tanques estaba libre y en condiciones de ser utilizado. Nos miramos, nos miró, nos miramos todos y en un plis-plas ya estábamos montando la logística para pasar todos los peces del camión al tanque del cebo. Desmontamos los dos ranger y con manguera de riego de uso casero, a la que empalmamos unos cuantos difusores, conseguimos montar un sistema de extraordinaria eficiencia y sofisticación.

Uno de los Guardias Civiles se acercó a Luismi y le preguntó si se encontraba bien. Ya se sabe los golpes son muy traicioneros y a aunque no se veía nada… Tal vez la cabeza, tal vez una costilla. Luismi se palpó la cabeza y las costillas y le hizo saber que todo estaba bien. Que no se preocupase. Que mejor se dedicaba al tráfico y a controlar a los niños. Que igual se acababa produciendo una desgracia. Que con lo que había pasado ya tenía bastante. Estaba llegando la grúa. Al acercarse un considerable número de rodaballos fue crujiendo bajo sus ruedas. Charquitos de sangre empezaban a vislumbrarse en mitad del agua. Habían pasado más de dos horas y casi no se había dado cuenta.

El primer golpe de mar que recibió el barco hizo que uno de los camiones de al lado y que no se había anclado bien, se desplazase. Con en segundo golpe de mar uno de los aros de enganche de las cuerdas del toldo se adentró rompiendo el plástico que protegía al compresor. El tercer golpe de mar devolvió el camión a su sitio llevándose consigo prácticamente todo el plástico. El compresor quedó a descubierto. El cuarto golpe de mar, todavía mucho más violento, hizo que el agua salpicada llegase hasta el compresor. Se oyó un “chieffffff, flufffff, graaagg, grag, crac”. El compresor se paró de golpe y una pequeña llama apareció de entre su parte interior. Extintor. Urgencia. Adiós agua.

Después de más de 52 horas de viaje, 3.700 km por todo tipo de carreteras y casi 1.000 litros de combustible llegaban a su destino, unos 75 km al norte de Atenas, Styra. Una población de algo más de 3.000 habitantes en la isla de Euboea. Un lugar paradisíaco mencionado en la Ilíada por Homero, seguramente por algo relacionado con sus famosas naves e intrépidos navegantes. Desde luego que no era infundado visto la proeza que acaban de realizar los dos chóferes y las dos hermanas Ellinikes. La mitad de la población los estaba esperando. La expectación al llegar al puerto de Nea Styra era extraordinaria. El Sr. Ellinikes y su familia los esperaba. No sonreía.

Ilustración: Susón Aguilera
Llegamos a Madeira en tiempo record, la embarcación resultó ser mucho más rápida y eficiente que el ferri y se pudo descargar directamente desde el tanque de cebo vivo a la jaula que nos esperaba en el puerto. Cuando el último pez pasó a la jaula tan solo pudimos sonreír y exhalar una bocanada de aire. Los milagros existen.

Enderezaron el camión. No había sufrido daños mayores, más allá de un par de golpes y rasguños. Se acordaba de que había caído casi a cámara lenta. Ahora veía claramente al perro cruzarse y se acordó de cómo una de las cinchas transversales petó. Acababa de darse cuenta que no había sido una buena idea. Los milagros no existen.

No había suficiente oxígeno, no había agua, no había nada que hacer. Sólo un perito atónito que acercaba su nariz al hilo de humo que todavía salía del compresor totalmente quemado. Certificó que las causas fortuitas habían determinado que el motor se quemase y que el seguro se haría cargo de los peces muertos. Milagro o no, así fue.

Descargaron los peces casi 60 horas después de haber realizado el cargue, no pararon más que para poner gasoil y comprar los suministros necesarios, aparte de las negociaciones en las diversas fronteras, las peleas con los policías y el percance con el carro. Llegaron vivos un millón de peces. Realmente los milagros existen.

(Gracias a Enrique Haro y Fernando Torrent por hacerme recordar algunos "pequeños" detalles. Un poco de esta Historia se lo debo a ellos, pero sin duda alguna el protagonista, el verdadero protagonista es Gerardo Ceballos, maestro de maestros. Pionero y genio del transporte de peces en Europa)