Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

martes, 8 de julio de 2014

La tortura del fin de semana

Ilustración: Susón Aguilera
Cuando en 1949 Edward A. Murphy Jr. harto de fracasar con sus cohetes dijo aquello “si algo puede salir mal, saldrá mal”, se olvidó de añadir que fuera lo que fuese que sucediese este hecho se produciría, inexorablemente, en fin de semana o víspera de fiesta de guardar. Que iba a suceder, lo sabíamos. No es que tuviésemos una actitud pesimista es que nos habíamos resignado a que pasase y vaya si pasaba. Lo que nunca podíamos ni imaginar era lo que iba a suceder. 

Eran las 17:00 horas del viernes, estábamos recogiendo para marchar a casa y disfrutar de lo que prometía ser un fin de semana tranquilo tras una semana intensa pero muy fructífera. Desde la oficina, Titina nos llamó con urgencia. Acababa de entrar un fax procedente de la Consejería. Malo, nadie en la Consejería trabajaba un viernes por la tarde, a no ser que…

En su encabezado se indicaba: “Muy urgente” y se especificaba que al día siguiente, a las 9:00 de la mañana, nos iban a realizar una inspección de urgencia junto con las autoridades sanitarias y otros organismos de ámbito nacional.

El motivo de la inspección era una alerta que había salido desde la oficina de la Agencia Española de la Seguridad Alimentaria, pero que venía directamente de la Red de Alerta Comunitaria Europea y que afectaba al pienso fabricado por una empresa muy conocida (GÜEWOS) de la que éramos clientes. A las autoridades les constaba y así era, que habíamos adquirido varios lotes. Cierto, eso siempre se especificaba en los documentos de importación y además era de declaración obligatoria. Buena trazabilidad.

La alerta indicaba que, en las muestras de pienso analizadas el día anterior en un laboratorio belga, se habían encontrado niveles de cadmio que estaban por encima de lo permitido. Realmente extraordinario el sistema de alerta y muy eficaz.

Sin embargo, el fax no acababa ahí, sino que continuaba: “(…) por lo que se deben arbitrar medidas para asegurar el precintado y aislamiento de todo el pienso procedente de dicha empresa, así como la identificación, confinamiento e inmovilización de todos los peces que lo hayan comido”. Tras varios párrafos confusos de explicaciones respecto a los diversos reglamentos y legislaciones a los que afectaba, hay que ver lo buenos que son los funcionarios europeos, finalizaba diciendo: “(…) y para que todo se haga como se debe el SEPRONA se personará de inmediato en la instalación para certificar que, de forma veraz y efectiva, se han arbitrado las medidas reglamentarias y solicitar y requerir la documentación necesaria para la inspección del día siguiente”.

Enrique dijo: “pero qué coñ…”.

Ringggg…

El SEPRONA estaba en la puerta.

Eran dos guardias civiles de magnífica crianza. Venían con un gran portafolio y con un rollo de cinta plástica verde y blanca (colores corporativos de la Guardia Civil) con el susodicho nombre impreso. Se presentaron. Nos presentamos.

Viendo que los representados allí disponían de la autoridad competente, procedieron con el expediente, que venía a decir:

“En el día de autos, o sea hoy, a las 17:37 horas de la tarde (obvio usaban el formato de 24 horas) y ante la presencia de los señores Enrique Faro (Enrique siempre estaba, fuese la hora que fuese, del día o de la noche. Nadie sabía cómo, pero siempre estaba) y Juan Gacirría (lo pillaron por los pelos, pues ya estaba montado en su coche para marchar, pero le picó la curiosidad y, ya se sabe, la curiosidad mató al gato… ¿o fue Treto?, bueno, continuemos) se procede a instruir las diligencias oportunas contra (¿cómo contra?) la empresa TODOPESCAO, S.A. como consecuencia de la medida cautelar promulgada por el señor juez instructor del Juzgado de Instrucción número 1 a estancias de la Agencia Española de la Seguridad Alimentaria (todo esto ya lo traían escrito, eh), para que se proceda a la identificación, inmovilización y aislamiento de los piensos que de la empresa GÜEWOS y de fechas (tal, tal y tal), así como de los peces que hayan comido de los susodichos piensos. Y para que conste…

Nada más y nada menos que millón y medio, unos veinte tanques vamos. La mitad de la producción. Los más pequeños apenas medio gramo, los más mayores algo más de cinco gramos.

A Enrique le empezó a cambiar el color de la cara, la mala hostia que le estaba viniendo era sólo comparable con los arrebatos de mala hostia que habitualmente le venían y cuando le venían, mejor no estar cerca. Todo el mundo era conocedor de ello. Los guardias civiles, no.

“¡Pero qué coño, con perdón, pero qué recoño! Cómo vamos a aislar e inmovilizar a todos estos peces. Lo del pienso, pase, en el almacén ya habilitaremos algo, que sitio hay de sobras, pero lo de los peces… me temo que como no se queden a dormir aquí y vigilar hasta mañana a las 9:00 no hay nada que hacer. Y yo no me voy a quedar atado a los tanques, no señores”.

Los guardias civiles se miraron uno al otro. Sus órdenes estaban claras, debían identificar, inmovilizar y aislar pienso y peces. Efectivamente lo del pienso lo vieron claro, pero lo de los peces… A uno le iba a tocar quedarse de guardia toda la noche y hacer honor al epíteto de la descripción de su cuerpo. Dicho y hecho, lo echaron a suertes y le tocó al de siempre. Este guardia pensó y aunque no lo dijo no hizo falta porque se le veía claramente en la cara: “¿Cómo coño lo hará?”.

Como media de urgencia se habilitó uno de los espacios del almacén y allí se trasladó todo el pienso que teníamos en ese momento de la empresa GÜEWOS. Hubo que hacer una batida por la instalación e ir retirando todo aquel que estaba en los comederos. Aunque estaba bien identificado en la orden diaria de alimentación, ¡joder! ya eran casi las 20:00 horas del viernes. Total que, bien organizados, en apenas una hora todo había quedado perfectamente identificado, inmovilizado y aislado. ¿Todo? No. Evidentemente faltaban los peces.

Se inició una discusión sobre cómo podría ser la mejor manera de realizar el proceso. Un guardia dijo: ¿Por qué no los juntamos todos? Hubo que retener entre cuatro a Enrique  que ya estaba forcejeando con el otro guardia civil para quitarle la pistola. No sabemos qué hubiera pasado si llega a conseguirlo. De su boca salieron unos cuantos improperios, algunos de ellos tenían que ver con la madre del guardia, otros con el cuerpo al que servía y algunos otros hacían referencia a un elevado conocimiento del santoral. No éramos conscientes de esa faceta piadosa suya.

Mejor lo dejamos” dijo el que estaba apurado viendo que su autoridad se había puesto en entre dicho, incluso aunque llevara pistola, y más que posiblemente impresionado por las veleidades que acababa de escuchar. “Vamos a calmarnos, que el que se va a quedar aquí soy yo. Así que ponemos un trozo de nuestra cinta en la entrada y con eso ya vale”. “Con eso ya vale”, asentimos todos. Y así fue.

A las 9:00 en punto de la mañana del día siguiente se personaron las autoridades. Todas y cada una de las autoridades. Era un asunto inusual y veníamos de un periodo en el que se habían sucedido demasiadas alertas sanitarias. A la peste porcina, le siguió la gripe aviar y al poco tiempo el tema de las vacas locas, para de nuevo volver a resurgir un caso de peste porcina. Evidentemente no era para dejarlo correr y hemos de admitir que la seriedad con la que se tomaron este asunto sorprendió a todo el mundo.

A la orden” fue el saludo de unos de los guardias civiles ante en que aparentaba ser el representante de mayor rango. Sin embargo resultó ser el funcionario de sanidad de la comunidad encargado de levantar acta. El guardia miró a quien lo acompañaba y como disculpándose volvió a saludar, “a la orden”. Este dijo que en realidad era el cuñado del anterior pero que como era sábado lo había acompañado para no dejarlo solo y que en cuanto acabasen se iban a pasar el fin de semana con la familia.

Atónito y no viendo a quién más presentarse a la orden, no se dio cuenta que por detrás suya aparecía todo un séquito de funcionarios que, armados de papeles y documentos, venían de la oficina de seguridad alimentaria, de la agencia de consumidores, de centro nacional de toxicología, de la agencia de productos alimentarios para destino animal, de la oficina para la vida digna de los peces y de la agencia no gubernamental pienso sin fronteras. Eso sí todos acompañados de sus respectivos cuñados y algún que otro familiar. En apenas unos minutos casi veinte personas se habían presenciado.

Los guardias ofrecieron un “a sus órdenes” general e indiferenciado y mirando de reojo a Enrique, que estaba al borde de mandar a la mierda a todo el mundo y cagarse en lo que fuera posible, decidieron asumir el mando y poner orden. “Sólo los funcionarios” dijeron intentando hacer ver que eran los que mandaban. Los familiares directos y los cuñados protestaron pero nos les quedó más remedio que aceptar. Enrique daba miedo.

En tropel se dirigieron al almacén. Cada uno de ellos quiso coger una muestra del pienso para analizarlo, casi vaciaron un saco de 25 kilos. Arrancaron una de las etiquetas, en total siete, si contamos con la que ya habían cogido los guardias. Pidieron copia del documento de importación, de la agencia de la aduana, de la entrada en planta, de la anotación en el registro interno y hubo una gran pelea por ver quien se hacía cargo de la consulta en el ordenador. Afortunadamente la copia en un lápiz USB pasó a constituir una prueba que custodiaría el SEPRONA y que pondría a disposición del Sr. Juez. Que si alguno de los presentes requería de ella que se dirigiesen al juzgado y que procediesen a la solicitud reglamentaria. Protestaron. No se admitió la protesta.

Todos verificaron que el pienso estaba perfectamente identificado, inmovilizado y aislado y que las cintas, verdiblancas y reglamentarias, de la guardia civil delimitaban el perímetro perfectamente. Sacaron multitud de fotos. Anotaron escrupulosamente en sus dosieres, adjuntando y numerando cada uno de los documentos entregados, para que una vez verificados Enrique les firmase conforme todo lo allí expuesto era lo correcto.

Hay que destacar que cada organización tenía un procedimiento diferente de anotación. Un sistema de nomenclatura particular que habían transformado de manera que el nombre y la documentación aportada se ordenaba según un código propio y que hacía que la validación de la asignación de los códigos de los documentos originales fuese arduo y complicado. La hostia de complicado. De hecho la mitad se habían confundido y la otra mitad estaba confundida. En el ambiente se olía a sangre. Sangre de funcionario.

Finalmente y tras llegar a un acuerdo y aceptar, a regañadientes, un pacto para que la nomenclatura fuera uniforme, se procedió a la firma. Enrique recibió siete copias firmadas por cada uno de los funcionarios y se dio por finiquitado el asunto en cuanto a los piensos.

Eso sí, bajo ningún concepto podían ser utilizados hasta recibir la analítica del laboratorio al que se enviarían y tras determinar cómo debería procederse según el reglamento interno de cada uno de los organismos. Debemos recalcar que nos llamó la atención un hecho particular, las siete muestras iban a ser enviadas al mismo laboratorio y… para ello utilizaron exactamente el mismo documento.

Tranquilo, Enrique, tranquilo. Son las doce del sábado” alguien dijo.

Nos dirigimos hacia el invernadero en el que se encontraban los peces. El guardia de guardia seguía en la puerta y nos alzó la cinta que impedía el paso para que pudiéramos pasar. Podría decirse que emitió un suspiro de alivio. Pero no fue así, sobre todo cuando vio lo que se le venía encima.

Como la noche había sido larga y aburrida no se le ocurrió otra idea que precintar todos y cada uno de los tanques con la reglamentaria verdiblanca cinta. Lo había hecho con primor y elegancia de tal forma que el impacto que causaba ver los veinte tanques “empaquetados” era curioso al tiempo que llamativo, por decir algo.

La hostia puta” comentó conmocionado Enrique, “pero qué cojones ha hecho este tío” añadió aun con más emoción. El guardia, que no lo había oído, hacía las veces de sacar pecho como diciendo: “¿Qué? Ahí es ná”.

No hubo comentarios, bueno, tal vez un “por dios, por dios, por dios” pero muy por lo bajo, sólo audible por el propio Enrique.

Todos los funcionarios felicitaron efusivamente al guardia de guardia por el extraordinario trabajo de identificación, inmovilización y aislamiento realizado, agregando lo mucho que ese procedimiento iba a ayudar a la realización del suyo.

El guardia de guardia se cuadró y ahora sí, exhaló el hondo suspiro de relax y satisfacción. Hizo un gesto gentil con la mano invitando a todos a acceder a la zona.

A lo lejos se oyó a algún familiar, posiblemente un cuñado, gritar a pleno pulmón “espabila que son cerca de la una y que no vamos a llegar, que la comida es a las dos”. Decir eso, ser sentido, y un run run estomacal se disparó entre los presentes. Era como si una manada de leones hambrientos hubiera detectado una presa en la llanura del Serengueti. Se apreció de inmediato un cierto frenesí ansioso entre los funcionarios y con la velocidad del rayo se pusieron de acuerdo para distribuirse los tanques, levantar acta  e intercambiarse documentos. Que tampoco tenía por qué ser en ese mismo instante que ya estaba bien que fuese el lunes por fax, que tampoco era tan importante que fuesen originales que con la firma de Enrique ya bastaba.

¡La que estuvo a punto de armarse! Enrique pegó un grito que dejó a todos callados, mirándose unos a otros y como si el mismísimo diablo se les hubiera aparecido para quitarles la presa, con lo que ya babeaban. Tragaron saliva y pararon de inmediato los runrunes de los estómagos. Hasta al cuñado gritón se le quitó el hambre.

“De aquí no se va ni dios hasta que no se haya hecho todo. Así que a documentar uno a uno todo lo que hay y sólo voy a firmar cuando todo esté hecho”. Dijo Enrique, sin necesidad de levantar la voz, estaba claro quién mandaba, aunque el hecho de tener los ojos inyectados en sangre y que la boca le espumase, ayudaba.

Los guardias comentaron entre ellos “qué gran número que se ha perdido para el cuerpo, seguro que habría llegado a mando y de los gordos”. El guardia de guardia, como alumno aplicado que entrega los deberes ante un profesor exigente, mostró a Enrique los documentos completados con el número de tanque, peces, tamaño, origen y alimento consumido. Enrique dio el visto bueno y le comentó “si te cansas de la guardia civil igual tenemos un hueco para ti”. El guardia se empavonó, que a uno le reconocieran el trabajo bien hecho era algo a lo que no estaba acostumbrado, más bien lo contrario. Cosas del cuerpo. ¡Qué mal cuerpo se le quedó! De hecho estuvo un rato pensando si las palabras de Enrique eran ciertas. Enrique que se percató, le alentó a que activase a los funcionarios dotándole de cierta severidad y autoridad. El guardia se creció y les dijo: “vamos señores que es para hoy, a mí sólo me ha llevado una noche”. Se produjo un gran silencio. Podía cortarse con un cuchillo.

Los funcionarios, cada uno por su lado, empezaron a registrar en sus expedientes los datos requeridos por sus procedimientos. Se movían como alma que lleva el diablo. Es curioso, todos tenían el mismo documento, todos rellenaban los mismos datos, todos, todos. Hasta el de la ONG. Eso sí los membretes eran diferentes. ¿Acaso esto no podía haber sucedido con el pienso? Enrique, pulso a 230, aletas de las narices dilatadas, venas de cuello a punto de explotar, puños apretados color carmesí y con un hilillo de sangre que le manaba de entre los dedos de clavarse las uñas, suspiró y contó hasta 300. Evidentemente con 100 no bastaba. Lo consiguió y sus pulsaciones quedaron estables en 180. Todo un logro de contención.

Cerca de las 15:00 horas se estaba acabando de firmar el último de los expedientes y nuevamente siete copias iban a parar a manos de Enrique. A este paso la documentación habría que transportarla en carretilla.

Si todo iba como estaba previsto, entre unas cosas y otras, hasta dentro de un mes no se tendrían los resultados de las analíticas y en un par de semanas más las autorizaciones de cómo proceder. Pero, eso sí, que bajo ningún concepto podían moverse los peces, que debían permanecer identificados, inmovilizados y aislados.

Entonces sí que se armó.

Enrique explotó. Pero no fue una explosión de las habituales, a las que ya estábamos acostumbrados. Era como si de pronto se hubiera abierto la caja de los truenos, el Armagedón se quedó corto. Como si las trompetas del juicio final parecieron simples flautas afónicas. Todo ello acompañado de una profusión de espumarajos y babas que salpicaron a la mayoría de los presentes.

 Hasta los guardias civiles, acostumbrados a ciertos disturbios y broncas de sus superiores, se acojonaron. Todos se acojonaron. “Cagondiós y to lo que se menea. ¿Pero es que todos son tontos? ¿Acaso sólo les han enseñado a pensar con el culo? ¿Se creen que esto es una vaca, un ternero, un pollo, un chón? No señores, de aquí no se van hasta que me aseguren que en una semana está todo solucionado. No se pueden ni imaginar el tremendo problema que nos causan si nos inmovilizan los peces seis semanas. Un millón y medio creciendo a veinte grados, comiendo cada día, con densidades cada vez mayores, sin espacio. Nooo, o me firman que se responsabilizan de todas y cada una de las bajas que se produzcan o me dan los resultados en una semana o me autorizan a mover los peces para procurarles el mejor de los bienestares o monto un pollo que…”

Reunión de emergencia. Ya eran cerca de las 17:00 horas. Los funcionarios llegaron a la conclusión de que la cena era salvable, así que se pusieron de acuerdo para autorizar un procedimiento pactado de modo que era posible mover, clasificar y mezclar los peces siempre y cuando fuese entre ellos y se especificase el origen, día y hora del movimiento, destino y confirmación de la nueva identificación, inmovilización y aislamiento resultante. Y que para dar fe de ello, dos días a la semana se pasarían los guardias para certificarlo.

Los guardias, ya como de la familia, dijeron que bien pero que la autorización debía venir de su superior, siempre y cuando el señor Enrique diese su visto bueno, por supuesto. Los funcionarios dijeron que, claro, claro y que por supuesto si el señor Enrique no tenía nada en contra, faltaría más.

El señor Enrique sabía que las cosas se habían hecho como debían hacerse, que no había quedado nada pendiente y que en fondo el procedimiento había funcionado y en cierta manera se maravillaba con lo que la alerta había conseguido. Sin embargo no se fue contento a casa, en absoluto.

Le duró el cabreo y el pesar exactamente trece días, lo que se tardó en recibir siete notificaciones acompañadas del mismo documento del laboratorio de análisis y de un exhorto de casi cinco páginas en cada uno. Se mencionaba que las cantidades de cadmio encontradas en el pienso, teniendo en cuenta la alimentación proporcionada a los peces, su tamaño y el hecho de que faltase más de un año para que llegase al consumidor, no representaban ningún problema de salud pública y que por tanto podía procederse a levantar la identificación, inmovilización y aislamiento de los peces y del pienso.

Ese mismo día, un viernes, y ya bien entrada la tarde, nos tomamos un “pelotazo” doble de gin de Mahón. El de las ocasiones especiales. Respiramos profundamente. Enrique se relajó. Al menos por el momento. Las pulsaciones se le acomodaron a un extraordinario valor de 154, por debajo de su valor normal. Era un hombre tranquilo. Le esperaba un fin de semana placentero… ¿o no?