viernes, 11 de abril de 2014

El síndrome del puto calamar

Ilustración: Susón Aguilera
Despuntaba el alba a doscientas millas de la costa argentina muy cerca de las Islas Malvinas y justo en el límite de su zona de exclusión económica. En ese mismo instante y bajo una luz intensa y cegadora, unas trescientas embarcaciones “poteras” se encuentran a la espera de lanzar sus artes de pesca. Miles de líneas cargadas con centenares de anzuelos, dispuestos ordenadamente, para la captura de una gran parte de las casi cincuenta mil toneladas de calamar que esperan coger en esta campaña.

Es tan intensa la luz que desprende esta congregación de barcos que, ese punto concreto del océano, se puede distinguir perfectamente desde el satélite que la NASA tiene rondando por la zona. Las malas lenguas dicen que está operativo desde lo de la guerra con Inglaterra, allá por el ochenta y dos. Aunque cada año es lo mismo, llegado el momento, vuelven a enfocar la zona, como si no se fiasen.

Esta actividad pesquera es de una importancia vital para la comunidad local ya que proporciona unos de los mayores beneficios económicos, sino el que más, de toda la temporada.


El calamar tiene muy buen precio y el mercado mundial no se sacia, de hecho, demanda cada vez más, lo que hace que la presión sobre su pesquería aumente y aumente. La mayoría de las toneladas que se capturan se ultracongelan directamente en alta mar y pasan, de forma inmediata, a los barcos congeladores industriales, de ahí a los distribuidores frigoríficos y a los pocos días, a los mercados de medio mundo.


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