jueves, 24 de abril de 2014

Nada como una madre

Ilustración: Susón Aguilera
-¡Siguienteee…!
-Yo, yo misma, que la señora Petra ya está atendida.
-Buenos días señora Antonia, ¿qué le pongo?
-Buenos días Patro. Ya sabes, lo de siempre, de las de mi hijo.
-Reina, ¿has visto que bacaladillas?
-No, Patro, de esas, de las que hace mi hijo.
-¿Y los jureles, señora Antonia? Mire, que parece que acaban de salir del mar.
-Que no Patro, que quiero de las de mi hijo, que yo no me fio, que yo sé que es lo que él hace y es una maravilla, que lo he visto. ¿Serán frescas, verdad?
-Sí, eso sí reina, frescas sí que son que me llegaron esta misma mañana de Noruega.
-Pero Patro, si mi hijo trabaja en Santander, ¿cómo van a venir las doradas de Noruega?

La Patro había confundido las etiquetas. Tampoco es que tuviese mucho cuidado, sabía que las cajas solían tener pegados un montón de papeles, la mayoría decían cosas que casi no entendía y eso que llevaba más de veinte años en la pescadería del mercado del barrio. Había empezado con su madre, de bien pequeña. No había tradición marinera en su familia, sin embargo y por los vaivenes que tiene la vida, su vecina, Pepita, mujer de pescador y ya mayor, sin hijos y con pocas fuerzas para seguir tirando adelante con la pescadería le dijo a su madre, Patrocinio, que el pescado siempre era un buen negocio, que por una u otra razón la gente siempre lo comparaba y que daba para vivir, no para hacerse rica, pero sí para vivir confortablemente, que si le interesaba le traspasaba el negocio.

Su madre, que se veía que con cuatro hijos y un marido en la obra, se dijo que si no tomaba la iniciativa poco iban a tener y le dijo que sí, pero que no entendía de pescado. Pepita le dijo que eso se aprende, como todo en la vida, que se viniese con ella unos meses y que para cuando fuese el traspaso ya habría aprendido todo lo de la pescadería. Además el proveedor era un amigo de su cuñado, un hombre de fiar.

Sigue en…


Esta historia ha sido posible gracias a mi madre, sin duda alguna la mejor publicista de la historia de la acuicultura y también gracias a mis colegas del CREDA (Cristina y Chema) por la multitud de ideas aportadas a través de su estudio. Gracias.

viernes, 11 de abril de 2014

El síndrome del puto calamar

Ilustración: Susón Aguilera
Despuntaba el alba a doscientas millas de la costa argentina muy cerca de las Islas Malvinas y justo en el límite de su zona de exclusión económica. En ese mismo instante y bajo una luz intensa y cegadora, unas trescientas embarcaciones “poteras” se encuentran a la espera de lanzar sus artes de pesca. Miles de líneas cargadas con centenares de anzuelos, dispuestos ordenadamente, para la captura de una gran parte de las casi cincuenta mil toneladas de calamar que esperan coger en esta campaña.

Es tan intensa la luz que desprende esta congregación de barcos que, ese punto concreto del océano, se puede distinguir perfectamente desde el satélite que la NASA tiene rondando por la zona. Las malas lenguas dicen que está operativo desde lo de la guerra con Inglaterra, allá por el ochenta y dos. Aunque cada año es lo mismo, llegado el momento, vuelven a enfocar la zona, como si no se fiasen.

Esta actividad pesquera es de una importancia vital para la comunidad local ya que proporciona unos de los mayores beneficios económicos, sino el que más, de toda la temporada.


El calamar tiene muy buen precio y el mercado mundial no se sacia, de hecho, demanda cada vez más, lo que hace que la presión sobre su pesquería aumente y aumente. La mayoría de las toneladas que se capturan se ultracongelan directamente en alta mar y pasan, de forma inmediata, a los barcos congeladores industriales, de ahí a los distribuidores frigoríficos y a los pocos días, a los mercados de medio mundo.