Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

lunes, 3 de marzo de 2014

Mi primera vez

Ilustración: Susón Aguilera
El Mediterráneo hervía, era mitad de los años noventa y nuevas empresas acuícolas surgían por doquier. Era una locura. Especialmente en Grecia.

Para el departamento de producción, una bendición, ya que casi el cincuenta por ciento se exportaba y nos pedían peces pequeños, de medio a un gramo como mucho. Las condiciones de las costas griegas posibilitaban trabajar con estos tamaños con total tranquilidad. Para el equipo de transporte una verdadera tortura. De promedio más de medio millón por camión y una semana de duración. En el mejor de los casos un noventa por ciento de supervivencia, aunque fueron muchos los casos de mortandades masivas, de camiones totalmente perdidos. Había que mejorar, ya que seguían pidiéndonos alevines y teníamos fama de ser los mejores, tanto en la calidad de lo que producíamos como en la seguridad de nuestros transportes. Resultaba evidente que necesitábamos conocer qué pasaba para proponer soluciones.



Todos los camiones estaban ocupados, bien viajando dentro el país, bien a las islas, bien a otros lugares. Por eso decidimos contratar a Le Courboussier, una empresa bretona con prestigio y una buena flota, moderna y bien preparada. Su llegada a nuestra instalación, el día convenido, fue espectacular, llevándose por delante el cartel de anuncio de bienvenidos a la granja. No lo vieron, como tampoco vieron los dos estanques con agua preparados para el cargue y que había justo al lado del sitio habilitado para el aparcamiento. Se diría que venían discutiendo. Eso sólo era el principio.

Los dos chóferes, algo así como el gordo y el flaco, sólo que este flaco le sacaba más de una cabeza al gordo, eran las antípodas uno del otro, no sólo físicamente, también en su carácter y en la forma de comportarse y proceder. Excepto por una curiosa coincidencia doble. La primera era que ambos calzaban unos zuecos de suela de madera y piel de cabritillo, que en esa época debía de causar furor entre todos los chóferes de Europa ya que vi que eran de uso generalizado. ¿Tal vez por su ergonomía? No llegué a saberlo.

Estos zuecos albergaban sus pies y ahí era donde se daba la segunda y última coincidencia, las uñas de ambos eran como mejillones, pero de los de tamaño extra con balanos y poliquetos incrustados. No puedo ni quiero imaginarme qué es lo que había bajo las uñas. Desde luego nada bueno, nada que no fuese algo así como el cincuenta por ciento de la flora bacteriana existente en un cuerpo humano. Tal vez me quedo corto.

Michel y George, que así se llamaban, aparte de esas pequeñas cosas, véase la entrada y el suceso cartelario y la estampada contra los tanques de agua cosilla, eran la eficiencia personificada, conocían su oficio y la verdad es que lo dominaban al dedillo, con una profesionalidad exquisita. Bueno, digamos que efectivamente sabían apañárselas. Poco después de llegar ya estaban cargando agua, ajustando el oxígeno, echando un vistazo a los tanques y a los peces, preguntando si había otros tanques de repuesto para el agua, ah y qué hacían con el cartel de bienvenida.

Decidí viajar con ellos, quería seguir todo el proceso, coger datos y obtener información que nos sirviese para mejorar el transporte. Tal vez vigilarlos. No pusieron pegas, bueno, que uno conducía y el otro dormía en la litera, así que yo debería adaptarme a las condiciones del viaje, asiento o litera, en función de sus necesidades. Bien, sin problema. Decidimos que el idioma para comunicarnos sería algo así como una versión bretona del esperanto, al cabo de una hora era como si nos hubiésemos criado juntos, a gritos y sin entendernos, lo habitual en las familias bien avenidas que con una mirada basta.

La preparación, el cargue, la puesta a punto y la salida se produjeron sin contratiempos. Directos a la frontera con Francia, el camino prometía. Montpellier, Nimes, Cannes, Mónaco, Génova, Módena, Bologna, Pescara, Foggia, Bari y Bríndisi. Espera en el puerto para coger el ferri y rumbo a Patras. Pasar la aduana, un puro trámite, y otros quinientos kilómetros hasta la granja destino. Si todo iba como debía ser tardaríamos unos siete u ocho días en llegar a nuestro destino. Es cierto que dependía de la aduana y de los aduaneros, pero este viaje ya se había hecho en multitud de ocasiones y no era factible que nada se saliera de la norma. La meteorología nos iba a acompañar, incluso durante la travesía, bueno así creíamos.

Iniciamos la toma de datos, lo normal, esto y aquello, tal vez lo de más allá, tampoco importa. Los primeros cientos de kilómetros pasaron tranquilos. El primer inconveniente se produjo nada más pasar la frontera italiana, apenas unos kilómetros después, en el nudo de Ventimiglia, camino de la A10 a Génova, en una zona habitual, Michel, el criador flaco de mejillones, ya nos lo había adelantado. Los carabinieri, dos para ser exactos, de negro impoluto y con sus características rayas rojas laterales, brazos en jarras, pantalón bombacho y gorra calada. Mano en alto, nos daban precisamente eso: el alto.

Nos apartamos. Tranquilos toda la documentación está correcta, no pasa nada, “ne sont que des bâtards”, oí decir a George, el criador gordo de mejillones, y creo que medio lo entendí. “Cosa ti porti nel camion?”, preguntó uno de los carabinieri, el que tenía cara de “bâtard”, algo más que el otro. “Pesci, pesci vivi”, dije alardeando de mi italiano de libro de sistemática de tercero de carrera. “Humm, pesci vivi, sono buoni da mangiare?”, dijo el otro carabinieri que parecía menos “bâtard”, pero que no lo era. “No, no, piccolo, non mangiare”, continué alardeando y ahí se acabó mi conocimiento idiomático. George, el criador gordo de mejillones, que dominaba mucho más que yo el idioma (¡qué buenos libros de sistemática tienen en Bretaña!) intervino, “sono molto piccole e hanno portato la Grecia al grasso, fino a due anni non mangeranno”. “Beh, e servito per l'acquario dei miei figli?”, dijo el…, bueno, uno de los dos carabinieris. Aquello no iba bien, el empeño era creciente y ahora querían verlos. Aunque insistimos en que no era buena idea, por lo del estrés, la luz, que si llevaban mucho tiempo sin comer.

Les daba lo mismo.

Finalmente y cuando comprobaron, tras una salabrada, que efectivamente eran unas doraditas de medio gramo, acabaron reconociendo, con malestar y pesar, ya que presumían no iban a pescar nada, que vale, que todo estaba bien y que no corriésemos y que respetásemos todas la señales, que los accidentes con camiones eran los peores. Les dijimos adiós con un suspiro de alivio, Michel y George, los criadores de mejillones, se miraron como diciendo, nos hemos ahorrado una pasta. Pasta italiana que poco después nos comimos con ganas.

Avanzamos como estaba previsto y llegamos con tiempo suficiente al puerto de Bríndisi. Buscamos un buen lugar para aparcar, cerca del malecón y no lejos del embarcadero para aprovechar y cambiar agua. Era un sitio ya conocido, donde apenas si se veía ningún tipo de suciedad y alejado de cualquier vertido portuario. Mis socios dijeron que se encargaban de todo, les pasé los registros para que los completasen con los datos que quería y tras comprobar que todo estaba bien, nada de bajas, ninguna alteración significativa, me quedé dormido como un auténtico tronco, creo que apenas si había dormido una hora en las últimas veinticuatro o treinta y efectivamente tengo mis limitaciones.

Me despertaron apenas pasadas dos horas, ¡qué cabreo!, eso no se hace, hombre. No, sucedía que el tiempo había cambiado bruscamente, se preveía un gran temporal en el estrecho y desde el ferri nos habían pedido adelantar el embarque para evitar salir en el peor de los momentos. Yo alucinaba, entonces el peor de los momentos lo íbamos a pasar en plena alta mar. Por supuesto, allí es donde el barco es más estable y todo está bajo control, nos dijo el encargado del embarque, un maltés, con bastantes capas de piel sobre su esqueleto, o de mugre, la verdad es que no lo distinguía.

Acabamos de llenar los tanques con el agua del embarcadero, buena temperatura unos quince grados, cerramos las tapas superiores, acabamos de ajustar el nivel de oxígeno y adentro. Habíamos pedido permiso para que nos dejaran estar cerca de la zona de la sentina donde había una conexión a una bomba que podía chupar agua directamente del mar, nos lo concedieron y el camión quedó en mitad de la zona más profunda de la bodega pero sin estar demasiado rodeado de camiones, tal vez no querían correr el riesgo de que toda el agua que llevábamos acabara en sus cabinas.

No soy un lobo de mar, pero para mí que aquel movimiento no era nada normal, no habíamos salido del puerto y los vaivenes no hacían más que mover el agua de los tanques yendo de un lado a otro, hasta se llegaba a perder algo por las tapas superiores y eso que eran casi herméticas. Miré a mis colegas, nos encogimos de hombros, algo se dijo en bretón que no entendí y empezamos a amarrar como nos había dicho el contramaestre de carga y así es como atamos el camión a la estructura del suelo, por lo de la seguridad, vamos. Empezaba a anochecer, no es que tuviese una certeza exacta, ya que en la bodega no entraba nada de luz, por lo que decidí salir a cubierta. Mejor no haberlo hecho.

Las caras que vi en el resto del pasaje, camioneros y marineros básicamente, no era de las que se ven en un crucero de placer. Más bien de las que presagian catástrofe. Fuerte bocinazo anunciando nuestra salida. La  verdad es que no distinguía el movimiento del mar del ferri al desplazarse, pero así debía ser. Poco podíamos hacer, todo estaba en condiciones, los peces bien, bien movidos, más bien batidos, bien batidos, sí. El camión anclado y seguro, así que nos fuimos hasta la cantina. Hombre, aquello no era el bar del Ritz, no hay que engañar a nadie, ni el restaurante de carretera donde nos habíamos tomado una meritoria pasta, tampoco. Aquello era el inframundo.

La cena y el desayuno iban incluidos en el pasaje de carga. Viendo el lugar y el movimiento del barco, la dificultad que debía suponer el intentar comer algo entre cuarenta y cinco y sesenta grados de inclinación basculante iba a ser insuperable, aquella noche iban a ahorrar bastante. Pedimos unas cervezas, por fortuna no tenían.

Bueno, pues a los camarotes. La verdad es que estábamos, quiero decir yo al menos, realmente muerto y la idea de estirarme e intentar dormir algo no me parecía mal. Repartimos los turnos de guardia para ir a ver los peces, comprobar niveles, ajustar y tomar notas. Me tocó la primera. Directamente y sin pasar por el camarote, fui directo al camión, linterna en mano. Revisión de rigor, niveles de oxígeno en cada tanque, intensidad de la aireación, pH y revisión de amonio. Nada anormal. Como pude, el movimiento no sé si iba a más pero era del todo considerable, abrí una tapa. Choafff… agua y algunos peces sobre mí, sí, pude vez que aleteaban, así que al menos seguían vivos, no me pareció buena idea continuar. Fui a la cabina y me senté para intentar secarme algo y apuntar, bastante complicado. En todo esto habían pasado más de dos horas y era cerca de la una de la madrugada, consideré que ya había hecho suficiente, así que me fui para el camarote.

El camarote, ay, el camarote. Como en la película de los hermanos Marx pero hecho una lobera, cosas por el suelo, sillas patas arriba, un conductor danés, transportaba Legos, con cara de haber vomitado todo lo que había comido en los últimos quince días. Era curioso, mareado sí que me sentía sin embargo no tenía ninguna sensación de que fuese a vomitar. Me acerqué a mi cama, bueno he de decir que ciertamente estaba limpia, eso sí que es cierto y que las tres cinchas de la cruzaban impedían que las mantas y sábanas se moviesen, eran previsores. Desperté a Michel, el criador flaco de mejillones, y le dije que me iba a la cama, el dijo que en breve iría a dar una vuelta, creo que le dije que no hacía falta que podía esperar algo más.

Me metí en la cama, en el proceso me di cinco o seis golpes en la cabeza y pisé alguna que no era la mía, me até bien fuerte, con las tres correas y… me quedé dormido como un ceporro, estaba destrozado. Dormí seis horas de un tirón, no me enteré de nada, no escuche nada, no sentí nada, para mí que el vaivén me sirvió de arrullo, como a los bebes en los balancines. Por la mañana, me despertaron, cerca de las ocho. No hacía falta el parte de guerra, se veía, en cómo estaba el camarote, en cómo estaban las caras de las personas. Me miraron y más o menos me vinieron a decir, que era un egoísta y que tenía que haber repartido de esa maravillosa droga que debía haber usado para pasar la noche.

Michel y George, los criadores de mejillones, me contaron que tuvieron que pasarse toda la noche en el camión, que más o menos a partir de la dos de la madrugada  aquello se puso pero que muy mal, que algunos de los amarres se habían soltado y que el camión incluso peligraba. Que hicieron un intento de despertarme, pero que nada de nada. Pero, ¿y los peces? Bajas había, desde luego, cuántas, no lo sabían, pero que ahora estaba todo en calma y que nada más se podía hacer hasta desembarcar. Que mejor ir a tomar un café y algo de desayuno, si es que se podía. No les iba a decir yo que no.

El café estaba caliente, lo del desayuno, ¡hay que ver lo que hace el hambre!, todo delicioso, aunque no sabría decir qué era. Aprovechamos para hablar un poco de la logística, faltaban como unas dos horas para llegar a puerto, al salir valoraríamos la situación y dependiendo de lo que nos encontrásemos tomaríamos la decisión. Llegamos sin contratiempo, como estaba previsto, el desembarco se efectuó con normalidad, parecía increíble pero no hubo ningún daño mayor. El día estaba radiante, con ese color de la luz que sólo se ve en el Mediterráneo y esa transparencia que parece que puedes tocar cosas que están a varios kilómetros. Desde luego nada que ver con la noche anterior y la travesía.

Aparcamos a la salida, antes de la aduana, en una zona reservada para los camiones, abrimos las tapas, la espuma y el color del agua hacían presagiar lo peor. Sobre la espuma algunos peces muertos, malo. Empezamos a limpiar y mirar con más detalle y sorpresa, sorpresa, sorpresón, apenas si había un centenar en cada tanque, en total no llegaban a los dos mil y llevábamos más de medio millón, magnífico. Nos dimos un abrazo, era para dárselo. Con la emoción del reencuentro por una situación inesperada, nos activamos enseguida, de nuevo a tomar datos para el registro, los de siempre. Mientras lo hacía pensaba, de qué sirve esto si después de lo que ha pasado lo normal es que no quedase uno vivo, ¿acaso quiere decir que para ir con seguridad había que saber escoger la tormenta del siglo? Obviamente no, pero tampoco tenía ningún otro argumento.

Visto lo visto y ante el buen estado de los peces y de los parámetros que tomamos del agua decidimos que mejor no hacer nada, así que de camino a nuestro destino, faltaban unos cuantos cientos de kilómetros y cuanto antes nos pusiésemos en macha, mejor. Enfilamos la salida del puerto, nos adentramos en la parte vieja portuaria de Patras, había que continuar por la carretera que iba pegada a la costa pero nos equivocamos y entramos en la zona de las casas colindantes al puerto, estrechas y mal indicadas. Tras un giro bastante forzado oímos un crujido considerable y un caer de cascotes, acabábamos de cargarnos un saliente de un balcón con la parte superior de la caja del camión y nos habíamos quedado atascados. Conducía George, el criador gordo de mejillones. Aquello debían ser maldiciones, eso es algo que independientemente del idioma se entiende sin problemas. Por suerte era temprano y no parecía haber nadie, ni en la casa ni en la calle, sólo un par de coches mal aparcados y otros circulando. Nos bajamos y miramos el destrozo, en el camión nada, el poliéster reforzado es realmente duro, el balcón, bueno, del balcón quedaba poco. Michel, el criador flaco de mejillones, paró el tráfico y empezamos a recular con cuidado, yo me puse en el otro lado e iba indicando para que no se produjera el mismo efecto en la casa de enfrente, sin embargo, creo que no debo ser bueno indicando a un conductor de camión como debe salir de una calle estrecha marcha atrás, de hecho, creo que debo ser bastante pésimo, porque se oyó otro crujido considerable y de nuevo cascotes. Ejem, sin comentarios. Por suerte salimos del atasco. El destrozo era considerable, pero sólo afectaba a la estructura de las dos casas.

Salir de allí no fue lo más complicado, cuando de verdad se puso negro, negro, fue cuando al continuar marcha atrás para poder recuperar la carretera principal, había que hacer como unos doscientos metros, George, el criador gordo de mejillones, se llevó por delante, quiero decir mejor por detrás a un coche que estaba aparcado y con la mala suerte que dentro estaba el propietario.

Hay que ver lo que llegar a gritar los griegos. Y sobre todo si sólo hablan en griego y no se les entiende nada, o poco o más bien casi todo, porque estaba bastante claro lo que decía aunque no se le entendiese.

¡Ιερά σκατά μου, έχω μαντάρα το αυτοκίνητο! ¡Cabrones! Esta segunda palabra es traducción libre, de la primera frase no doy fe. Así que mejor me tomo ciertas licencias y hago una traducción adaptada, ¡me habéis jodido el coche! Que si no tenéis ojos, que si veis con el culo, que españoles tenéis que ser, que si estos extranjeros, que si nos creemos los amos del mundo, que si… George, el criador gordo de mejillones, que de inmediato se hizo dueño de la situación, empezó a decirle, en ese esperanto nuestro con dejes de bretón, que no había problema que tenía un seguro cojonudo que lo cubría todo, que sacase el parte internacional de accidentes amistoso y que allí mismo lo rellenábamos y punto, que nos responsabilizábamos de todo.

Más o menos, lo mismo el griego para nosotros, que nosotros para el griego. La cara indicaba que no se enteraba de nada, así que al ponerle los documentos en el capó de su coche y un bolígrafo al lado, su cara cambió. Era más que evidente que no tenía seguro o que si lo tenía hacía como que no, que lo que esperaba era que le soltásemos la pasta para arreglar el coche y punto, punto final.

Aquello empezaba a complicarse, entre unas cosas y otras llevábamos más de medio día perdido, ya casi deberíamos haber llegado a dónde nos esperaban, había que cambiar agua, aclimatar los peces, trasladarlos a las jaulas, ver que todo quedaba bien y volver. Uf.

Sin problema dijo Michel, el criador flaco de mejillones, llamamos a la “αστυνομία” y que se encargue de todo. No, no, nada de “αστυνομία”, dijo el griego, que eso lo arreglamos con unos “δραχμές y en el mismo papel del seguro, sobre el capó, puso la cantidad. Es posible que fuese efecto de la inflación, bastante disparada en Grecia en esos momentos, tal vez que el cambio a peseta-franco lo dificultaba, pero la cifra aquella representaba como del doble del valor del coche, caso que este hubiera sido, como posiblemente hace quince años lo fue, nuevo.

Nous sommes avec les grecs des couilles”, uno de los dos criadores de mejillones dijo, yo dije que sí, que tenía razón. Pero ellos eran hombres experimentados, de anchas espaldas y de muchas situaciones similares vividas en varios países del continente, así que empezó el regateo. El regateo se prolongó, a veces, gritaba más el griego, otras veces el bretón, yo no gritaba, asistía atónito al espectáculo. Se empezó a congregar gente, por los gestos y la manera de asentir se diría que apoyaban a su compatriota, aunque tampoco podría asegurarlo. Ninguno de ellos era policía, posiblemente fue lo mejor que nos pudo pasar. Finalmente y no sin esfuerzo, tras tal vez hora y media, se llegó a un acuerdo y la cifra final parecía haber satisfecho a ambas partes.

Michel, el criador flaco de mejillones, miró a su compañero, el otro criador, y vino a decirle, ¿qué, llegaremos? Más o menos entendí como respuesta “…prendre par cul…” debía ser bretón.

Llegamos a Mesologgi, nos esperaban, lo celebramos, ahora sí que nos bebimos unas cervezas. Que los peces vivieran y que apenas llegásemos a perder un dos por ciento de todo el camión fue lo de menos. Decidí no sacar conclusiones, no de ese mi primer viaje.