Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

viernes, 14 de marzo de 2014

La dificultad aérea del rodaballo

Ilustración: Susón Aguilera
Cuando una empresa es propiedad de un banco y éste no entiende que los peces no se pueden guardar en cajas acorazadas como el dinero en efectivo, o que aunque computen como asientos contables en un listado de activos requieren de algunos elementos esenciales para su vida, suele ser difícil hacer que ese activo llegue vivo a fin de mes.

El Banco Galego de Aforro había decidido conceder un crédito a la propuesta de negocio que apenas un año antes había presentado un grupo de accionistas de la empresa O Rodaballo Galego. El proyecto era muy atractivo y no era el primero. Varias plantas dedicadas al engorde y venta de rodaballo de crianza ya estaban funcionando con un éxito considerable. Este tipo de negocios eran los que constituían la base principal del mercado de crédito y el BGA no quería quedarse fuera del negocio. Las condiciones de entrada pactadas eran ventajosas y si las cosas iban mal, que todo podría ser, acabaría quedándose con la propiedad del activo, el verdadero valor de la inversión, el estoc de rodaballos.

El modelo de negocio elegido era el arrendamiento de una planta de producción que había empezado con buenas ideas pero que se había quedado ahí, sólo en las ideas, ya que apenas si contaba con las cuatro paredes necesarias, los tanques y los desagües, un entramado de tuberías y válvulas de dudosa distribución para hacer llegar el agua a cada uno de los embalses. El principal punto débil, más que débil crítico, era la toma de agua que junto con las tuberías de captación, el sistema de distribución general y transporte hasta su llegada a la planta de engorde dejaba mucho que desear.


La costa gallega es dura. La costa norte de la Ría de Osa es mucho más que eso, puede llegar a ser un infierno. Estamos acostumbrados a ver imágenes de temporales, vientos terribles y olas de una fuerza tremenda que son capaces de mover una piedra de varias toneladas de un sitio a otro como si de un corcho se tratase. Probablemente la persona que diseñó el sistema de captación no debía ser gallego, o más probable aún, es posible que nunca visitase la zona.

Ciento cincuenta metros de tubería semi sumergida hasta llegar a un bunker de dos por dos con “muertos” de cemento de apenas media tonelada. Un juguete, eso es lo que dijo Ramón Pombal al poco de llegar y darse cuenta que los problemas iban a ser muy pero que muy grandes. Debía añadirse el agravante de que la zona en cuestión es donde las laminarias (algas que poseen un tallo y unas hojas realmente duras) tendían a acumularse y todavía se complicaba más por el hecho que durante la bajamar la aspiración de la bomba quedaba al descubierto. Así que zona de acumulación de algas, aspiración descubierta, inestabilidad de las tuberías…, todo un portento de ingeniería a la contra que obligaba a parar dos veces al día durante un número considerable de horas hasta que de nuevo se recuperaba la cota de aspiración, eso sí habiendo tenido antes la precaución de limpiar adecuadamente un buen trozo de tubería.

¡Qué puñetera manía tiene la marea con subir y bajar un par de veces al día!

Es bastante probable que originariamente el diseño no fuera de esta manera, pero posiblemente el presupuesto original en bombas habría superado al de la construcción de toda la planta, casi seguro que se pensó que ya estaba bien así, total sólo era un poco más o menos de agua. Habían pasado seis meses y ya se habían estropeado dos veces las bombas y una de ellas se había tenido que cambiar por inservible, por no decir destrozada del todo. Los rodetes quedaban triturados por los tallos de las algas y no al revés como más o menos alguien debió pensar que sucedería.

Aunque el equipo de producción, mantenimiento, guardia… en realidad todo era el mismo, es decir cinco personas, había aprendido a sobrellevar estos, podría decirse, inconvenientes, la situación empezaba a ser insostenible. El depósito de cabecera apenas si daba para una hora en condiciones normales y ya hacía un par de meses que estas habían dejado de serlo. Empezaban a notar que los crecimientos no eran los esperados, obvio, las raciones de alimento eran la mitad de lo previsto, de no ser así el caos habría llegado mucho antes. Todavía no se estaban produciendo bajas,  ya que compensaban la baja calidad de agua con una distribución de los lotes usando el sentido común para que las densidades siempre estuviesen por debajo de lo que se consideraba crítico, que ni mucho menos estaban cercanas a las que el programa de producción establecía para hacer rentable la inversión. Sin embargo la situación preocupaba y mucho, sabían de casos en otras instalaciones en las que recientemente, empezaban a surgir problemas graves sanitarios y con condiciones de trabajo que ya quisieran ellos para si en estos momentos.

Más o menos este fue el resumen que se presentó en la reunión del consejo: “no se dispone de agua suficiente, el sistema de bombeo es inadecuado y está mal construido, el estoc sigue creciendo y la situación se hace cada vez más crítica, no se está alimentando como se debería, nos preocupa cada vez más las posibles consecuencias en la salud de los peces, ah, y no se está generando la biomasa que el programa establece”.

Aunque todos los presentes estaban de acuerdo en que efectivamente la situación era complicada, mucho más de lo que imaginaban, era inviable acometer la inversión de una nueva toma de agua, no se disponía de dinero, sin embargo sí que se aprobó la inversión para la instalación de un sistema de oxigenación para emergencias. Por más que se les explicó que la urgencia era extrema y que se vivía en una continua emergencia, el consejo dijo: “que eso era lo que había y que poco más se podía hacer, que con lo del oxígeno ya llegaba”. Vaya, no fue de gran ayuda.

El presupuesto dio para instalar un sistema de tuberías que conectado a un regulador general y este a su vez a una parrilla de cinco botellas de oxigeno podía distribuirlo mediante un difusor, que inventaron como pudieron para adecuarlo a las características del rodaballo, a cada uno de los tanques. Se decidió colocar una línea extra al tanque de cabecera y de esta manera intentar incrementar la cantidad de oxígeno que entraba disuelto.

Todas estas mejoras ayudaron a finalizar el primer ciclo de producción, más o menos se recuperaron los crecimientos ya que se pudo alimentar con cierta normalidad y aunque los periodos de carencia de agua seguían siendo los mismos, las condiciones habían mejorado puesto que se contaba con oxígeno y los peces no estaban tan estresados. Hay que decir que apenas si se estaba al 50% de capacidad de producción de la planta.

Es evidente que el consumo de oxígeno empezó a incrementarse y mucho, pasó de ser un gasto no previsto, al tercer coste de producción y como se ha dicho, no estaba previsto. Había quien empezaba a ponerse nervioso, especialmente el responsable designado por el BGA para el seguimiento de esta inversión.

Como casi siempre sucede, los males no vienen solos. Galicia había empezado a producir rodaballo con cierto éxito y la cantidad producida empezaba a ser superior a la que el mercado estaba dispuesto a absorber. ¿Por qué nadie piensa en esto?  Y por cosas de la economía, de eso que los expertos dicen la ley de la oferta y la demanda, los precios empezaron a bajar y bajaron hasta casi la mitad de lo que los planes de negocio soportaban.

Se convocó una reunión de urgencia en O Rodaballo Galego. Asistieron todos y con todos sus espadas, sonaba a aquello de “reunión de pastores…” Las explicaciones técnicas fueron correctas y bien estructuradas, con lo que había y con todas las limitaciones existentes, desde que el oxígeno estaba funcionando, se había recuperado la producción. Eso sí seguía siendo un 40% menos de lo previsto y el coste se había incrementado en casi un 30%. Trabajo sí, malabares no, más o menos es lo que dijo el equipo técnico. El hecho de que el precio se hubiese desplomado en más del 50% era algo que evidentemente ellos no podían controlar.

Ahora era el turno del “controler”, del financiero contratado y los asesores diversos, cinco en total. Auténticos maestros de las autopsias, habían equivocado su campo deberían haberse hecho forenses. El proyecto estaba muerto, ya no corría sangre por sus venas (dinero de caja) y el cerebro había dejado de emitir señales (mercado) y no había ninguna medicina paliativa (dinero procedente de nuevos inversionistas). Habían hecho muy bien su trabajo, el diagnóstico de la defunción era perfecto, o al menos así creían.

En la planta quedaban como unas cincuenta toneladas, de las que la mitad estaban en tamaño de mercado y que posibilitarían recuperar un porcentaje de lo invertido, los buitres acechaban. El resto estaba condenado a la venta como alevines, aunque no había ninguna otra sociedad interesada en ese momento, o al sacrifico.

El representante del banco acabó usando sus palabras mágicas para la toma de la decisión, “ni un duro más y que renunciaba la propiedad de los rodaballos, no así al dinero que se generase con su venta”. ¡Estos bancos!

Aquello cayó como un verdadero mazazo, después de todo lo trabajado, las noches sin dormir, los encajes para ajustar la producción, las mejoras, los primeros resultados… todo quedó en nada. Por respuesta y a modo de explicación les dijeron: “Es evidente que la coyuntura económica actual no acompaña, las previsiones de mercado han estado condicionadas por la volatilidad de los precios, vivimos una situación compleja condicionada por la caída de los créditos impuesta por los mercados bursátiles, especialmente el Dow Jones, la empresa no puede soportar la tensión de cash y el banco no afloja más pasta, cojones”. Tal vez esto último no lo dijeran, pero creyeron entenderlo así.

En menos de un mes se acababan los suministros esenciales, así que era necesario implementar un plan de venta para ir deshaciéndose del estoc que se encontraba en el peso adecuado para ser vendido directamente al mercado y otro plan de emergencia para el sacrificio del resto de la población. Por de pronto el corte de suministro eléctrico se produciría en una semana y se tenía otra semana adicional de gasoil para el grupo electrógeno, que apenas si servía para la iluminación y, finalmente, poco más que otra con el oxígeno que quedaba en el tanque criogénico.

Cuando el precio de venta es el que el mercado, ejem, está dispuesto a pagar no hay problema, se vendió todo en una semana, les quitaban el producto de las manos, desde luego que alguien ganó un dinero considerable en esta operación de venta relámpago.

Esta era ya la tercera ocasión en la que tocaba presentarse delante de la Jueza de Villajarcia de Osa. La primera vez había sido por una acusación de uso indebido de propiedad privada, en la segunda ocasión por hurto y en esta tercera la acusación era por delito ecológico. Uff esto sí que era grave. Pero, mejor ir por partes.

La situación estaba llegando a un punto crítico de no retorno, así que si en dos días no se tomaba una decisión todo iba a ser mucho peor. Se llamó al responsable de la Consellería para que informase de cómo proceder, no supo decir qué hacer, ¿tal vez el veterinario?. Se llamó al veterinario de plaza para que dijera qué hacer, no sabía qué es lo que había que hacer y que por qué no se llamaba a la Consellería. Se llamó al alcalde para que fuese consciente del asunto y si de alguna manera podía proponer alguna actuación o al menos aconsejar, no supo que decir aunque si alguien sabía de eso, dijo: “debería ser el veterinario o los de la Consellería, que esos saben mucho, ¿no?”.

Ante tal panorama se decidió que lo mejor era citarlos a todos dos días después, mediante notario y que el notario también asistiese para levantar acta, ¡ah! y al banco, verdadero propietario y al representante legal de la empresa, esto no era difícil, ya que se habían concedido, in extremis, poderes al jefe de producción para que pudiera hacer de todo, legal, claro.

Quinientos litros de lejía, dos toneladas de cal y una pala tractora estaban esperando. El notario levantó acta y firmaron el representante del banco, el representante de la administración, el alcalde, el veterinario de plaza y el jefe de producción. En el acta notarial se venía a decir que la situación era irreversible, que no era, bajo ningún modo, posible soltar los individuos al mar por el elevado riesgo biológico tanto para la fauna local como para los posibles pescadores y se añadió…

Es necesario hacer un inciso, apenas un par de semanas antes y muy cerca de dónde estaba la instalación se había hecho una campaña de repoblación a la que asistieron representantes de todo tipo de instituciones. Los rodaballos utilizados en la repoblación eran de cultivo, evidentemente, y ayudaron mucho a una planta de un señor muy importante que se encontraba con ciertos problemas de estoc y de circulante, porque la repoblación fue pagada muy generosamente. Salió en la prensa y era de un gran valor para la comunidad de pescadores y se hizo especial mención al efecto positivo que tendría en la recuperación de la economía local, ciertamente maltrecha.

…que por decencia y para evitar el sufrimiento indeseable de los animales se procedería a su sacrifico y entierro en la fosa que a tal fin se había procedido a excavar en la finca en el lugar indicado e indicando el lugar.

Los peces estaban débiles, la lejía hizo bien su trabajo y en apenas una hora, junto con la dificultad que tiene el rodaballo para la vida aérea, el sacrificio se había consumado. Unas veintidós toneladas, y aunque es curioso como mermó el estoc que teóricamente debía estar presente en la planta, casi tres toneladas en apenas cinco días, nadie preguntó nada.

Se acabó de acomodar a los rodaballos en la fosa, posteriormente se añadió la cal y el palista procedió a rellenar y tapar bien con la tierra y disimulando lo más posible. Fue un entierro digno y no hubo discursos.

La primera citación del juzgado llegó dos días después, se había invadido la finca de otro propietario. ¿Cómo? Pues debido al minifundio tan extensamente extendido en Galicia, a la dificultad de establecer las lindes, de hecho a veces pasan generaciones sin saberse exactamente qué propiedad es de cada quién, y a que los indicadores de propiedad no aparecían por ningún lugar, pues sí, era cierto, la fosa había invadido en algo más de dos metros la finca de otro propietario, que resultó hermano del dueño de la finca donde la planta estaba situada, además de tener posturas irreconciliables entre ambos precisamente por las lindes de la propia propiedad.

La solución fue abrir una nueva fosa totalmente dentro de la finca propiedad del primero. La verdad es que la cosa no era sencilla, por cuestiones de la orografía del terreno poco más podía hacerse, así que como se pudo se agrando por un lado y se trasladaron los rodaballos muertos de un sitio a otro. Ya no quedó tan bien como un par de semanas antes, pero poco más podía hacerse. Al acto de exhumación de los cadáveres no asistió nadie, posiblemente por que debieron pensar que el espectáculo no debía ser del todo agradable y que allí no se les había perdido nada. Se levantó acta del acto.

La segunda citación llegó a la semana siguiente, del mismo juzgado, por una causa distinta. El propietario de la instalación y arrendador, personaje de lo más curioso, basta decir que era descendiente directo de una de las familias más regias españolas, aunque por motivos diversos y complejos, no había podido ejercer como tal, o al menos como a él le hubiera gustado. Bien, este elemento presentó una demanda por hurto y apropiación de bienes ajenos, cosas que aunque parezcan lo mismo, no lo son y que aunque la jueza se esforzó en explicarlo detalladamente, tal vez sea por el escaso conocimiento de leyes, tal vez sea por el exceso de verborrea que se emplea en estos procedimientos, se decidió que lo mejor era dejarlo ahí.  La acusación era por haberle limpiado la planta, de arriba abajo, no en el sentido implícito de la palabra, sino en el de haberla dejado en las paredes peladas.

Desde luego era cierto que se había realizado un proceso de desmontaje, recuperación, embalaje y envío de cualquier equipo e instalación de valor y que fuera aplicable en otro sitio, es verdad. Y también era cierto que se había hecho ante notario y con un listado de bienes que con anterioridad al arrendamiento se había levantado, con bastante detalle por cierto, de lo que contenía la instalación en el momento de la firma de arrendamiento. No es posible dar fe, al ciento por ciento, de que algún que otro componente pudiera haber estado o no en la lista original y que efectivamente fuese, involuntariamente, sustraído. De todas formas, en uno de los muchos apartados del contrato se especificaba que por razones operativas, de mejora, de adecuación o adaptación, era factible realizar cambios en la instalación, aunque sin llegar a quedar claro quién era el propietario en tal situación. Sin embargo sí que quedaba constancia de las piezas, equipos e instalaciones cambiadas o modificadas y, según la jueza, “no había lugar”, por lo que la demanda no fue aceptada y además le tocó pagar las costas y cargas derivadas. Es más que probable que no quedara muy contento con la sentencia.

Y el hecho de que efectivamente no quedase muy contento se pudo apreciar con total claridad mes y medio después al recibir una nueva citación del mismo juzgado. En este caso la formulaban los dos hermanos propietarios de las fincas, la de la planta y el afectado con anterioridad por lo del agujero. La denuncia era por delito ecológico. Y eso que llevaban años sin hablarse, pero es posible que el olor putrefacto del rodaballo se pareciese al del dinero.

En Galicia llueve, llueve con bastante frecuencia y suele llover mucho, y es verdad que en las semanas siguientes al entierro, al segundo, llovió y mucho. Tanto que se formaron regatos de agua, tanto que estos regatos hicieron surcos, tanto que los surcos dieron lugar a canales y dio la circunstancia que la caída natural del agua de lluvia en estos canales pasaba justo por la zona del entierro. Ahora se entendía por qué aquella zona estaba tan pelada de vegetación.

Lo cierto era que la capa superior de rodaballos ya en etapa de descomposición final, con mezcla de cal, arena y agua quedaba a la vista, y es verdad que con la lluvia se había formado un pequeño regato de efluvios que arrastraba algo más que simple agua, y es cierto que esta agua iba directamente a un cúmulo de rocas y al mar, pero también es cierto que la cantidad de cangrejos y bichos similares que por allí pululaban, indicaban que el inminente desembarco acabaría en muy poco tiempo con todos los rodaballos enterrados, si es que llegaban a ellos. Alguna gaviota también participaba.

La jueza solicitó que se hicieran algunos análisis de agua, la jueza pidió que se volvieran a desenterrar y que se acomodasen mejor en la zona, a ser posible de forma “definitiva”, la jueza dijo que permitía hacer un agujero considerablemente más hondo o más largo, o lo que hiciera falta, la jueza le dijo al propietario que si lo sabía porque no había dicho nada, la jueza miró con condescendencia a todos los presentes y más o menos dijo, con una cara mezcla de “hasta el moño” y “a ver si se acaba esto”, ¡hágase!

Los análisis no aportaron nada, no se consideró que hubiera contaminación, no había lugar a aceptar la demanda por delito ecológico. Se produjo el tercer y definitivo entierro.

Así que hubo que desenterrar y volver a enterrar a los rodaballos sacrificados. El palista, que ya era como de la familia, dijo: “pero si en esta finca de la cona no hay sitio para hacer otro burato”. Con estas limitaciones cuando la pala empezó a escavar en la zona de al lado, pero del lado de un único propietario, encontró a apenas medio metro un estrato de piedra que impedía seguir excavando, así que en lugar de profundizar, avanzó a lo ancho y lo largo. Posteriormente lo tapó y aplastó como pudo intentando aplanarlo con cuidado, pero el peso de la máquina era superior al del calado de tierra y cada vez que entraba, los rodaballos salían por los lados. Demasiada presión ejercida por el peso de la pala que no era contenida por el medio metro de tierra. “Me cajo la cona”, dijo el palista cabreado al salir de aquel agujero con algunos rodaballos enganchados en las ruedas de sus pala. Un revuelo atronador de gaviotas lo seguía acusándolo de algo que no entendía y de lo que quería huir.

Al entierro asistió el notario por imposición y el equipo de producción por convicción. Nadie más. Esta vez sí que se hizo un entierro en condiciones. Dijeron que alguien puso algo así como “RIP BGA”.

Por cierto, casi todos los rodaballos eran albinos.