domingo, 30 de marzo de 2014

El mejor amigo de Serafín

Ilustración: Susón Aguilera
Dejó caer con suavidad la pierna izquierda sobre el bordillo. El pie se encajó en el hueco exacto que apenas unos segundos antes había sido dejado por su mano izquierda, que ahora se alzaba quedando suspendida en el aire, etérea, unos centímetros más adelante. Se quedó clavado, inmóvil, sin un solo músculo relajado, era pura  tensión, el nivel de adrenalina disparado, la piel erizada. Pasaron unos segundos y la mano izquierda se apoyó sobre el suelo mientras la pierna derecha se levantaba lentamente, suavemente.

El espectáculo ante sus ojos adaptados a la penumbra era tentador, casi no podía contenerse. Su instinto le pedía a gritos lanzarse al agua y atrapar alguna de las apetitosas doradas que nadaban como locas en el tanque. Percibía que su presencia las alteraba y este hecho provocaba que nadasen muy rápido, frenéticas, con un punto de peligrosidad que las hacía inalcanzables, además, eran demasiado grandes para su tamaño. Esta situación se venía repitiendo noche tras noche durante las últimas dos semanas. 

Esa noche iba a ser diferente.

Nada más llegar y cambiarse, sin apenas decir buenos días a sus compañeros, Ramón fue directo al tanque de reproductores, sabía que algo pasaba con este lote y estaba francamente preocupado. Apenas hacía un mes que había empezado su período de puestas y estaban comportándose de maravilla, sin problemas, hasta que de repente habían dejado de poner, hacía ahora ocho días.

No dio crédito a lo que vio al abrir la puerta, todos los peces estaban muertos. Atónito miró a un lado y a otro como esperando encontrar una respuesta pero estaba solo. Se oía el dulce caer del agua en la superficie, monótona y tranquila. Había un silencio extraño, era el silencio de la muerte. La sonda marcaba 100% de saturación en la pantalla del controlador. Ni siquiera había pasado el tiempo suficiente como para que la alarma sonase.

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