Bienvenido a Historias Acuícolas

Empiezo a olvidar aquellas cosas que en un momento determinado constituyeron un hecho relevante en mi vida, mi memoria ya no es lo que era y no quisiera perder todo lo que se ha ido almacenando en mí en forma de recuerdos. No sé cuánto de lo que recuerdo es real o es ficticio, he olvidado si es una experiencia propia o inventada, si me pasó a mí o si me lo contaron, lo que sí que creo es que es importante.

martes, 11 de febrero de 2014

La levadura prodigiosa

Ilustración: Jesús Aguilera
Habíamos conseguido producir más de cinco millones de juveniles de rodaballo, pero, había un problema, todos eran albinos. Que los engordadores se empecinasen en que no servían era pura cabezonería, ¿qué era eso de que el mercado no los quería?  ¿Acaso había alguien que  hubiera visto tal cantidad de rodaballos producidos en un criadero? ¿Qué sabían en Barcelona o Madrid? Pura charlatanería. La verdad es que fuera de cuatro expertos del norte, muy pocos sabían a qué nos dedicábamos.

Sin embargo el Consejo de Administración no pensaba así y puesto que no era así como pensaba teníamos un problema: qué hacer con cinco millones de juveniles de rodaballo de un tamaño que iba desde los cinco hasta casi los doscientos gramos. Evidentemente era imposible pigmentarlos, a los que ya eran grandes, quiero decir, ni siquiera hoy en día lo hemos podido conseguir. Tampoco era una opción el utilizarlos como alimento para otras especies de peces o transformarlos en harinas para piensos de mascotas. Era demasiado el esfuerzo realizado y el valor que tenían, y no era lo más recomendable deshacerse de ellos sin más y empezar de nuevo, no había ninguna garantía que no volviese a suceder lo mismo.


Puesto que el asunto podía considerarse importante y revestía una gravedad considerable, más que nada por la urgencia que demandaba el mercado, propusimos organizar una gran sesión de brainstorming con el objetivo de ver cómo podíamos ser capaces de transformar lo que sin duda era un éxito fracasado en un fracaso exitoso. La reunión se celebraría en nuestra sede central en Galicia, tierra de rodaballos y de pioneros en el cultivo. Estaban convocados todos los que en ese momento tenían algo que decir, es decir Johnny Dust y yo.

La fecha convenida fue mediados de mayo, así podríamos preparar la siguiente temporada con tiempo, ya que hasta agosto no teníamos previsto empezar con un nuevo lote de producción. Pasamos un par de jornadas intensas, reeditamos los diversos protocolos que habíamos ensayado, desde bien el principio, varios años atrás, y los comparamos con lo que conocíamos de la competencia, por entonces más colegas que competidores. Revisamos la cantidad de alimento vivo suministrado, el modo de enriquecimiento y los tiempos empleados, así como los diversos sistemas de cultivo. Comprobamos el origen de los reproductores, los cruces y la frecuencia de uso de machos y hembras, tamaño de huevo, su fertilidad y fecundidad, la correcta formación del embrión, las temperaturas de incubación y las densidades, la aireación y el oxígeno y si se desinfectaron o no.

Repasamos los tipos de tanques, tamaño y forma, sus colores, las luces empleadas y la intensidad, la altura de las luminarias a la superficie del agua de cultivo, los luxes y la refracción, todo ello junto con el potencial efecto que podía producir la cantidad de fitoplancton suministrado y su diversa composición. Por supuesto la frecuencia de alimentación, los horarios y las personas implicadas en el proceso. Qué decir de la marca y tipo de alimento, su composición, tamaño e inicio del destete. Claro está, el agua, su calidad, características bacteriológicas… hasta la frecuencia con la que se limpiaba la superficie y los skimmers.

Pero a lo que le dedicamos un tiempo especialmente importante fue a la levadura y los rotíferos, que si Lessafre, que si L’Hirondelle, que si Royal, que si fresca o seca, que si en polvo o líquida, que si activada con azúcar o en emulsión con agua caliente, que si medio gramo o un gramo por millón de rotíferos, que si a esta o aquella densidad, con qué microalga, en qué momento… Después de revisar con detalle toda la información llegamos a la conclusión que, sin duda alguna, sabíamos como producir muchos rodaballos, lo que seguíamos sin saber era por qué todos nos salían albinos. Si al menos un pequeño porcentaje hubiese salido totalmente pigmentado, algo, lo que fuese, hubiésemos tenido un hilo desde el que tirar, una pequeña ilusión que perseguir, un inicio de solución. No iba a ser ese día.

Lo que sí fuimos capaces de demostrar era que los albinos crecían al mismo ritmo que los que estaban perfectamente pigmentados, transformaban igual el alimento y soportaban las mismas densidades. Lo que fuese que lo causase no afectaba a su capacidad de crecer y si esto era así, por qué no pensar en un nuevo producto, algo distinto e innovador, el rodaballo blanco. Marca de la casa. Nada, que aquello no funcionaba, que el mercado no lo admitía y que nuestro gozo en un pozo, nuestro conocimiento técnico y nuestra capacidad empezaban a estar en entredicho, por decir algo.

Como dije antes, estábamos en mayo, concretamente veinte de mayo de 1992, ese día era especial, se juagaba la trigesimoséptima final de la Copa de Europa, se enfrentaban el F.C. Barcelona y la U.C. Sampdoria, en Wembley, Londres. Johnny es inglés y de Londres y además un forofo del fútbol, reconozco que a mí también me hacía una gran ilusión.

Fuese por el partido, fuese por la asociación de ideas entre la levadura y la cerveza, decidimos acabar un poco antes, total tampoco íbamos a avanzar mucho más y ya continuaríamos al día siguiente. Nos apetecía tomarnos unas cervezas para relajarnos y encarar bien el partido, de hecho ya llevábamos un rato salivando, desde lo de la asociación entre levadura y los rotíferos. Cerveza y Johnny eran, creo que lo siguen siendo, un binomio inseparable, eso sí siempre después de las doce del medio día. El pre partido fue consistente, no sé bien, pero al menos cuatro o cinco cervezas para mi y posiblemente el doble para Johnny, medianas, Estrella de Galicia, con algo de pulpo y pan. Realmente bueno.

Bien puestos y con el puntillo de la alegría nos íbamos acercando a la hora del partido. Decidimos ir a verlo a un pub cercano, famoso por su barcelonismo en Galicia, cosa no sorprendente, siempre se encuentra lo que esperas y lo contrario en cualquier lugar, como el Ying y el Yang. Además era famoso por la algarabía que solía montarse en días así, posteriormente lo fue por razones ajenas al deporte, el narco gallego decidió montar allí su sede social, pero ésta es otra historia.

Efectivamente estaba lleno y se respiraba una intensidad y emoción considerable. Nos acomodamos en la barra, en unos taburetes que imitaban a unos pantalones vaqueros a medio hacer. Venga, otra cervecita. Sucede que los partidos duran cuarenta y cinco minutos por parte y tienen dos, más unos quince minutos de intermedio, más o menos casi dos horas. Las cervezas duraban alrededor de quince minutos, bien no hay que ser un lince para tener una idea aproximada de las cantidades. Además hubo prórroga, hasta que Koeman no marcó de falta directa en el minuto ciento doce… El Barça salió coronado por primera vez en su historia campeón de la Copa de Europa, nosotros también nos coronamos, los reyes de la Estrella de Galicia. La celebración se alargó unas cuantas cervezas más, era un momento histórico. Jamás en mi vida bebí tantas, jamás he vuelto a repetirlo, no sabría decir si volveré a hacerlo.

No fue fácil llegar hasta casa, no fue fácil acertar con la llave en la cerradura del portal, no fue fácil hacer que el ascensor llegase hasta nosotros, no fue fácil abrir la puerta, fue un milagro que acertásemos con la cama.

Amaneció cómo pudo, que no es poco, la ducha y el café obraron verdaderos milagros, evito comentarios acerca de lo que llegué a mear, mejor lo dejamos aquí. Era un buen día, por todo, por lo del Barça, porque después de lo trabajado en los días anteriores éramos conscientes de que tal vez estábamos cerca de solucionar nuestros problemas con la puñetera pigmentación y porque si.

Dedicamos otro par de días a trabajar intensamente, llegamos a estructurar un buen protocolo de producción, realmente bueno, ya que nos permitió en los siguientes lotes llegar hasta más de un noventa por ciento de pigmentación, no hubo tanta superveniencia, cierto, pero a veces hay que perder un algo para ganar un mucho.

Nos despedimos, y por eso de las circunstancias y muchos otros impedimentos no volvimos a coincidir hasta pasada una década, en una cena con la familia y otros colegas, tranquila, sin tantas cervezas, por supuesto, pero que sirvió para ponerlos al día de lo mucho pasado. En un momento de aquella cena, rememoramos el trabajo tan intenso para poner a punto el protocolo larvario del rodaballo y recordamos aquella noche en Galicia, bueno mejor dicho Sharon, la mujer de Johnny, nos lo recordó.

Pero, ¿cómo es posible que sucediese aquello? Es que no me lo puedo ni imaginar –dijo Sharon. ¿Suceder qué? ¿Imaginar qué? –pregunté yo-.

Realmente no sabía a qué se refería, de lo que yo recordaba, unas cervezas, un partido intenso y una gran alegría por la victoria y mucho trabajo compartido.

Nooo, lo que llegó a hacer Johnny –insistió Sharon- ¿Y? –pregunté-  ¿Acaso no lo sabes? -volvio a preguntar Sharon-. Pues, no, la verdad es que no sé de qué hablas. Me tienes en ascuas -dije un tanto atónito-.

Yo me imaginaba lo peor, apenas recordaba la tremenda dificultad que tuvimos para llegar a casa y poco más. Bien, Sharon nos ilustró y empezó diciendo: Johnny me comentó, y yo no me lo acababa de creer, que aquel había sido uno de los días, que el recordase, que en peores condiciones había llegado después de unas, ejem, cervezas. No era capaz de recordar las que llegó a beberse, cree que posiblemente una veintena que si lo multiplicamos por el tercio de cada botella… ufff mejor no hacerlo. Bien, el caso es que llegó en un estado tremendo, apenas recuerda meterse en la cama y quedarse en estado comatoso. Un par de horas después, deberían ser como las tres de la madrugada, se despertó con unas ganas de mear salvajes, realmente era hasta doloroso, como pudo se incorporó y salío de la habitación en busca del baño, empezó a abrir puertas, a ir de un sitio a otro sin encontrar donde aliviarse, las ganas le apretaban y pensaba que o bien lo encontraba o se lo hacía encima. Pero por más puertas que abría y miraba, el baño no aparecía, sin embargo sí que vio la puerta de la calle, fue directo, en calzoncillos y camiseta, descalzo pero con calcetines. Me dijo que era incapaz de hacer funcionar el ascensor, así que bajo cuatro pisos, enfiló el pasillo de salida, hasta que llegó a la puerta del portal, antes tropezó con dos macetas y tiró una de ellas al suelo, chocó con la esquina de la sala de limpieza o con los buzones, eso no lo recuerda bien. Total que llegó a la salida, como la puerta era pesada y tenía un cierre de los de presión, vio que era imposible mantenerla abierta, se cerraría sin duda si la soltaba, y claro, ¿llaves, coger llaves? Como si acaso fuera consciente de lo que eran unas llaves. Sharon dio un supiro, miró a Johnny que asentía sin parar, con una sonrisa de media vergüenza en la cara, aunque tampoco demasiado. -Continuó contando-.

Las ganas que tenía ya eran insoportables, así que con su pie izquierdo atrancó la puerta, sacó medio cuerpo fuera y… je, je, je, empezó a sentir el mayor de los alivios. No sé, me dijo que si estuvo cinco minutos meando. Le creo. Dios, cómo bebe este hombre. Aliviado, muy aliviado, se dio la vuelta, recompuso la maceta que había caído. Volvió a subir los cuatro pisos, por fortuna había dejado la puerta de casa abierta, así que no fue necesario llamar, ni nada. Atinó con el cuarto, todavía no me locreo, y se fue directo a la cama. Así hasta el día siguiente.-Ahí acabó su relato-.

Yo me quedé atónito, no me enteré de nada, no escuché nada, no oí nada en absoluto. Por cierto el baño estaba puerta con puerta con la habitación de Johnny y el piso apenas tenía cuatro habitaciones, posiblemente estuvo abriendo y cerrando la misma puerta varias veces. Tan sólo mantengo un ligero recuerdo de lo que soñé, yo era un rotífero que vivía feliz en una botella de cerveza, Estrella de Galicia, por supuesto. Esa botella fue a caer en manos de alguien que la vertió en un tanque de cultivo con unos cientos de miles de larvas de rodaballo, una de ellas me atrapó y en ese mismo momento se produjo una gran explosión que hizo que me transformase en miles de células pigmentarias.

Fuera por lo que fuese, tal vez por la elevada activación neuronal que causó la levadura de cerveza en nuestro cerebro, ese año conseguimos la mejor producción de todas las que en los próximos años realizamos, con las mayores tasas de pigmentación y una calidad de alevines magnífica.